La vuelta de 'Sexo en Nueva York' y su lección de cómo lidiar con las canas y arrugas

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Con la misma alegría y taquicardia nostálgica que nos provoca el reencuentro con una vieja amiga, así arropamos con abrazo seriéfilo la vuelta de Sexo en Nueva York. Porque sí, ya es oficial, sus protagonistas han vuelto. Todas menos una. Tres de las estrellas del gran éxito de finales de los 90s (Carrie, Miranda y Charlotte, sin Samantha) llegan dispuestas a demostrar que a 17 años del final de la serie ni nada ni nadie las puede detener a la hora de seguir compartiendo historias desde la Gran Manzana. Y mucho menos el paso del tiempo.

And just like that... (cortesía de HBO)
And just like that... (cortesía de HBO)

Y es que And just like that… alberga una sorpresa para sus fans de siempre, una más especial de la que podríamos haber imaginado. Porque más allá de regresar a las historias edulcoradas apoyadas en el privilegio que rodea a cada una de sus protagonistas, el reboot apuesta por dar una lección a los estereotipos sociales, a los fóbicos de la edad y a Hollywood mismo. A diferencia del especial de Friends y el choque distorsionado del paso del tiempo que nos provocó a más de uno al verlos mayores o con excesivos retoques estéticos, este reboot abre las puertas a la era de las canas, las arrugas y la edad sin complejos. Y como ser humano que envejece como todos, no podía estar más agradecida.

El primer episodio de And just like that… tan solo dura 42 minutos pero son suficientes para dar razón de ser a su existencia. Básicamente porque deja claro que no se trata de un reboot que llega para exprimir nostalgia y remover historias pasadas por puro capricho comercial. No, los responsables de la serie saben a quién está dirigida, sin forzar historias para atraer a otras generaciones y siendo fieles a ese público de finales de los 90 y espectadores que fueron sumándose al fenómeno a lo largo de las últimas dos décadas. Es decir, un público que también ha ido creciendo y madurando bajo el yugo imbatible del paso del tiempo. Sin embargo, lo más importante es que la serie es fiel sobre todo a sus protagonistas: mujeres de su era, sin pelos en la lengua e independientes, que así como fueron roles femeninos empoderados en su individualidad en sus 30 y 40, ahora lo hacen pasados los 55.

Porque en esta continuación Carrie, Miranda y Charlotte son los roles que más representan a esos espectadores que las conocimos allá por 1998 y que, como ellas, también hemos somos testigos de las consecuencias inevitables de hacerse mayor. De esta manera, la serie no se esconde al hablar de las canas y las arrugas, pero tampoco del desajuste generacional poniendo en relieve la incomodidad que se palpita pasada cierta edad ante el miedo a decir algo equivocado y caer en la cancelación en pleno movimiento woke, así como las diferencias entre generaciones a la hora de exponer la individualidad sexual bajo etiquetas.

Cynthia Nixon en And just like that... (cortesía de HBO)
Cynthia Nixon en And just like that... (cortesía de HBO)

Desde el arranque de la serie enseguida ponen los puntos sobre las íes ante los asuntos más evidentes: explicar la ausencia de Samantha (Kim Cattrall) y tapar bocas ante el aspecto físico de sus actrices. Para la primera han recurrido a tomar prestada la realidad, rivalizando a Samantha con sus amigas al explicar que se enfadó cuando Carrie la despidió como su publicista. Carrie asegura que le ha escrito, que ha intentado arrimar diferencias, pero Samantha no responde. Más o menos lo mismo que se transmitió en prensa ante la negativa de Kim Cattrall de volver a la serie, enemistándose con Sarah Jessica Parker a golpe de declaraciones mientras la protagonista hacía comentarios amables. Para lo segundo simplemente han optado por un baño de realidad: que las canas y las arrugas son tan reales como la vida misma, que no hay por qué esconderlas ni taparlas bajo retoques y maquillajes excesivos.

De esta manera, vemos a Miranda (Cynthia Nixon) luciendo una melena gris, reflejando el estereotipo de la belleza femenina según las etiquetas sociales al cuestionarse si debería teñirse antes de comenzar un master en la universidad, donde se rodeará de estudiantes mucho más jóvenes que ella. Charlotte (Kristin Davis) señala que las canas la hacen parecer mayor y que por ello debería darles algo de color (algo que la gran mayoría de mujeres hacemos, ya sea por gusto o por evitar tener un espejo de nuestra edad en la cabeza), para más tarde colocar a Carrie como la voz del empoderamiento, al dejarle claro que así, como es, está “fabulosa”.

Se ríen de la edad, destacan que todas han pasado los 55 y no se esconden dejando en el aire el número que han cumplido (Sarah Jessica Parker cumplió 56 este año). Es cierto que todas parecen tener algún retoque en la frente y que Kristin Davis es la que aparenta haberse sometido a los tratamientos más evidentes, pero no por eso aparentan menos edad sino que son retoques estéticos que no fuerzan una apariencia juvenil. En todo caso normalizan que tampoco hay porqué estigmatizar algún que otro retoque o tratamiento si, al final, hace sentir bien a cada uno. Hablan de sus arrugas como mujeres de la vida real y se ríen del paso del tiempo, viviendo como siempre, sin detener sus vidas solo por hacerse mayores. Le dan la espalda, por completo, a las apariencias y el qué dirán.

Sarah Jessica Parker en And just like that... (cortesía de HBO)
Sarah Jessica Parker en And just like that... (cortesía de HBO)

Viendo el estreno no pude evitar la comparación recordando el choque visual que sentimos muchos espectadores al ver el episodio especial de Friends, donde el primer impacto fue ver a esos actores perennes más mayores y retocados en exceso por culpa de una serie que sigue presente en nuestras vidas bajo el retrato de la juventud de cada uno. En esta continuación de Sexo en Nueva York, la serie nos invita a tomar el testigo con la mayor dosis de realidad posible, hablando de la pandemia y los cambios sociales que impuso, abrazando también las consecuencias físicas que conlleva el simplemente estar vivo.

Y ese abrazo a la vida misma, al paso del tiempo, a la naturalidad de vivir siendo tal y como somos, sin dejar que las etiquetas nos juzguen -sobre todo a las mujeres que, como ellas, también hemos crecido con nuestras arrugas y canas incipientes- me provocó la sensación más cálida que he sentido en este año de series que está a punto de terminar. Porque verlas arropando la edad con carisma y dosis de verdad sirve para sentirnos más representados todavía, incluso entre el glamur y exageración visual con zapatos y ropa de diseñador que les rodea. Esa realidad de lo que supone crecer entre amigas, con canas y arrugas, sintiéndose única y fabulosa.

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