El perfil psicológico de un agresor de violencia vicaria

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Cuando el objetivo del maltrato no eres tú, sino quienes más amas. [Foto: Getty Creative]
Cuando el objetivo del maltrato no eres tú, sino quienes más amas. [Foto: Getty Creative]

Ser testigos del sufrimiento de las personas que amamos es una de las experiencias más dolorosas que podemos vivir. Cuando se trata de un hijo, ese dolor es aún más lacerante. Sin paliativos. Quienes ejercen la violencia vicaria lo saben. Por eso golpean donde más duele.

Fue lo que hizo Tomás Gimeno cuando le arrebató sus pequeñas a su madre y María Cristina cuando le quitó la vida a su hija pequeña para vengarse de su ex marido. Por desgracia, detrás de cada caso que sale a la luz pública existen muchos más que se sufren en silencio, realidades crueles que se repiten día tras día causando un daño por partida doble.

De hecho, se estima que en España el 37,7% de los niños que se ven envueltos en casos de violencia intrafamiliar han sido víctimas de actos de violencia vicaria, según un estudio realizado en la Universidad Pablo de Olavide.

¿Qué es exactamente la violencia vicaria?

La violencia vicaria es aquella que se ejerce sobre una persona en sustitución de otra, que sería el verdadero objetivo de la ira. Es un tipo de violencia consciente en la que existen dos víctimas. Por una parte, se encuentra la víctima directa sobre la que se ejerce la violencia. Por otra parte, se halla la víctima secundaria que sufre las consecuencias de esa violencia debido a sus profundos vínculos emocionales con la víctima directa.

Vale aclarar que, aunque la violencia vicaria se suele asociar a la violencia de género, en realidad el término vicario hace alusión a una persona o cosa que toma el lugar de otra. Por tanto, la violencia vicaria se refiere a un castigo infringido a alguien para causar un daño “colateral” a otra persona, independientemente de su género.

En muchos casos este tipo de violencia se produce en las familias, de manera que los niños se convierten en el instrumento para hacer daño a la pareja o ex pareja. La madre o el padre se aprovecha de la fragilidad de los niños para lastimar al otro progenitor. No obstante, también se reconoce legalmente que la violencia vicaria se puede ejercer sobre personas mayores, con discapacidad o en situación de dependencia de la víctima secundaria.

La violencia vicaria tiene varios rostros. El más extremo consiste en causar daño físico, que incluso puede llegar a provocar la muerte de la víctima directa, pero no siempre se llega hasta ese punto. Lo más común es que este tipo de violencia se utilice como una amenaza o forma de coacción para controlar a la víctima secundaria.

El padre o la madre, por ejemplo, puede amenazar con llevarse a los niños e interrumpir la comunicación con el otro progenitor para lograr que ceda a su chantaje. También puede retrasar el momento del retorno del régimen de visitas para generar angustia en el otro progenitor o incluso privar a los niños de las necesidades básicas para demostrarle que tiene el control de la situación.

¿Cómo es el agresor?

En los casos de violencia vicaria existen diferentes detonantes de los ataques. Es habitual que los comportamientos violentos se agraven o desencadenen durante estados de intoxicación con alcohol o las drogas. También es relativamente común que se produzcan cuando la pareja decide separarse, como una forma de venganza contra el otro, para impedirle que rehaga su vida.

De hecho, un estudio realizado en Australia reveló que “los hombres de diferentes edades y orígenes socioeconómicos refirieron episodios en los que habían planeado, ejecutado o fantaseado con la violencia contra sus cónyuges en represalia por injusticias reales o percibidas relacionadas con la custodia, el apoyo y/o el acceso a los hijos”.

Sin embargo, independientemente de la gota que hace colmar el vaso, la mayoría de los agresores comparten el mismo perfil psicológico. Suele tratarse de personas con un profundo sentimiento de inferioridad y falta de autoestima, aunque algunos lo camuflan tras una personalidad narcisista, prepotente y manipuladora.

De hecho, la violencia vicaria es una estrategia que le permite compensar sus inseguridades ya que descarga su frustración sobre un tercero, normalmente más vulnerable, pero que le permite someter o castigar a la persona a la que realmente quiere controlar o hacer daño.

El agresor deshumaniza a su víctima directa, a quien ve como un mero instrumento para causar daño. [Foto: Fetty Creative]
El agresor deshumaniza a su víctima directa, a quien ve como un mero instrumento para causar daño. [Foto: Fetty Creative]

El agresor suele deshumanizar a su víctima directa, aunque se trate de sus hijos. Los ve como meros instrumentos para hacer daño a su pareja o ex pareja. A menudo se trata de personas muy posesivas que se creen con derecho a controlar la vida de su pareja e hijos.

En otros casos, el agresor incluso puede pensar que le está haciendo un bien a los niños. Construye una narrativa propia que justifica esa violencia por el “interés superior del menor”. Un agresor puede pensar, por ejemplo, que los niños no tendrían una vida feliz o adecuada con el otro progenitor o que este no se encuentra capacitado para educarlos, de manera que se siente empujado a “corregir” esa situación a través de métodos extremos.

Los terribles efectos de la violencia vicaria sobre los niños

La violencia vicaria puede causar daños psicológicos inmensos a los niños. [Foto: Getty Images]
La violencia vicaria puede causar daños psicológicos inmensos a los niños. [Foto: Getty Images]

Cuando la violencia vicaria llega al plano físico, las agresiones pueden tener consecuencias graves. En algunos casos pueden requerir hospitalización, provocar discapacidad o incluso la muerte. Las secuelas psicológicas también pueden afectar el desarrollo emocional infantil.

Se conoce que la exposición a la violencia aumenta los niveles de angustia en los niños generando sentimientos de tristeza y soledad que se acompañan de una pérdida de la vitalidad, apatía y embotamiento afectivo. Como regla general, se produce un deterioro de la capacidad de atención y concentración que conduce a una caída en el rendimiento académico.

Muchos niños pueden comenzar a sufrir estrés postraumático, con reminiscencias de la agresión y pesadillas. Otros tienen miedo a estar solos y presentan ansiedad de separación con el progenitor que representa su fuente de seguridad. Esa desconfianza en los demás termina afectando su capacidad para establecer relaciones interpersonales.

Dado que su autoestima y autoconcepto también se ven gravemente dañados como resultado de la violencia, estos niños pueden desarrollar conductas antisociales y violentas en un futuro. Algunos desarrollan un juego agresivo imitativo y realizan demostraciones de valentía contrafóbicas que terminan generando encontronazos con sus coetáneos.

De hecho, la probabilidad de que estos niños desarrollen comportamientos violentos hacia sus padres aumenta en un 71%, en comparación con los niños que no han sido víctimas de violencia, según reveló un estudio. Esto se debe a que han normalizado la violencia y es la única estrategia que conocen para lidiar con los problemas.

El dolor y la culpa de la víctima secundaria

Los efectos de la violencia vicaria se hacen sentir por partida doble. La víctima secundaria no solo experimenta un enorme dolor por el daño causado a la persona querida, sino que a menudo se siente culpable por no haber podido protegerla.

Se trata de un cóctel emocional altamente tóxico que nubla la razón dejando espacio únicamente para el sufrimiento y las recriminaciones. A menudo la víctima cae en un bucle de culpabilidad del que resulta muy difícil salir sin ayuda profesional. Se pregunta una y otra vez qué podría haber hecho de manera diferente para que las cosas no hubiesen tomado ese rumbo.

En otros casos, la víctima cede ante los chantajes del maltratador para evitar que lastime a las personas que ama. Calla, cede, tolera y sigue aguantando para evitar un mal mayor. Así cae en lo que se conoce como doble atadura psicológica ya que el intento de evitar el daño refuerza la situación de sometimiento y control, dando alas al maltratador.

Obviamente, cuando una persona está inmersa en un contexto de violencia vicaria, le resulta difícil ver la salida porque a menudo el maltratador cierra todas las puertas y cualquier intento de rebelión es castigado golpeando donde más duele.

¿Cómo romper el círculo de la violencia vicaria?

Las víctimas necesitan comprender que no es su culpa y pedir ayuda para salir del círculo de la violencia. [Foto: Getty Creative]
Las víctimas necesitan comprender que no es su culpa y pedir ayuda para salir del círculo de la violencia. [Foto: Getty Creative]

Si estás sufriendo violencia vicaria, es fundamental que comprendas que no eres culpable de esa situación y que no existe ninguna razón en el mundo que la justifique. Necesitas entender que no es tu culpa. El tratamiento psicológico te ayudará a lidiar con las consecuencias del maltrato y entender mejor lo que te ha ocurrido.

También es fundamental que pidas ayuda a otras personas. La violencia vicaria suele generar emociones muy intensas que te impiden pensar con claridad, por lo que necesitas romper el círculo del maltrato. El apoyo de familiares o amigos es esencial para atravesar esos momentos difíciles.

En España también existen diferentes recursos a disposición de las víctimas de la violencia de género, como el teléfono gratuito de información y asesoramiento jurídico 016, disponible las 24 horas del día en el que te atenderán profesionales que podrán orientarte y ayudarte con la máxima confidencialidad.

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