Cómo una copia descarada se convirtió en un clásico imprescindible del terror

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Para triunfar en el cine hace falta dinero, talento y buenas ideas pero, sobre todo, mucha suerte. Y si no, que se lo digan a los creadores de Viernes 13. La que es una de las películas de terror más icónicas de todos los tiempos no las tenía todas consigo, pero contra todo pronóstico, se alzó como un imparable éxito de taquilla, dando lugar a una longeva saga de películas y un mito del cine de miedo que se resiste a morir.

Aunque actualmente se considere un clásico de culto incontestable y sea venerada por los amantes del horror, lo cierto es que en su día recibió críticas muy negativas y casi nadie en Hollywood daba un duro por ella. Cuatro décadas después de su estreno, sus responsables no dudan en reconocer su “inspiración” en La noche de Halloween, como tampoco el hecho de que tuvieron que improvisar la película sobre la marcha. Esta es la historia de cómo una copia descarada se convirtió accidentalmente en un clásico imprescindible del terror.

Cartel original de 'Viernes 13' (Paramount Pictures)
Cartel original de 'Viernes 13' (Paramount Pictures)

Todo comienza a finales de los 70 con el estreno de La noche de Halloween, de John Carpenter. Ante su enorme éxito en taquilla, el director Sean Cunningham, antiguo regidor de Broadway sin apenas experiencia en el cine, decidió seguir los pasos de Carpenter creando su propia variación de la misma historia. O lo que es lo mismo, plagiándola descaradamente. Y no, no estoy exagerando, él mismo lo admite sin ningún tipo de reparos.

No es que fuera un secreto hasta ahora, pero en la genial serie documental de Netflix The Movies That Made Us, el realizador y el equipo de la película se abren en canal (nunca mejor dicho) para narrar, sin pelos en la lengua, cómo se hizo este clásico de terror, reconociendo que Viernes 13 nació a rebufo de La noche de Halloween, para aprovechar el fenómeno y la nueva sed del público por historias de asesinos en serie matando brutalmente a adolescentes.

Después de dirigir su primera película, The Art of Marriage, Cunningham conoció al que acabaría convirtiéndose en uno de los directores de terror más visionarios e influyentes del cine, Wes Craven, con quien hizo La última casa a la izquierda (1972), la ópera prima como realizador de Craven. A partir de ahí, los dos aprendieron juntos a hacer películas y descubrieron las posibilidades del cine de explotación y violencia. Pero no fue hasta el estreno de La noche de Halloween cuando Cunningham se dio cuenta realmente del filón que había en el género.

Con un modesto presupuesto de 300.000 dólares, Halloween había recaudado 47 millones en la taquilla estadounidense, lo que llevó a que todos los productores de Hollywood de repente quisieran hacer cine de terror. Sin embargo, Cunningham acudió al productor de La noche de Halloween, Irwin Yablansi, para proponerle Viernes 13, pero este no estaba interesado en hacer otra película de terror tan pronto, por lo que Cunningham se las tuvo que arreglar él solo. Así, sin premisa ni guion, empezó a promocionar Viernes 13 en anuncios de la publicación de cine Variety como “la película más terrorífica jamás hecha”, lo cual llamó la atención de los inversores.

Cunningham no tenía ni idea de cuál era la historia, pero tenía claro que quería hacer una película de terror para subirse al carro de Halloween. Según el guionista, Victor Miller, Cunningham le dijo, textualmente, “Vamos a plagiar La noche de Halloween”, algo que el productor no parece negar en ningún momento. De esta manera, Miller replicó la fórmula de la cinta de Carpenter, con un asesino matando brutalmente a un grupo de adolescentes uno por uno, sentando así junto a Halloween las bases del slasher moderno.

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Sin embargo, para que Viernes 13 fuera algo más que una mera copia de La noche de Halloween, había que introducir algún elemento innovador que las diferenciase. En primer lugar, la película de Cunningham cambiaba el clásico suburbio norteamericano por un campamento de verano, el icónico Camp Crystal Lake, localización que en sí misma generó una infinidad de copias (en 2019, la serie antológica American Horror Story rindió homenaje a este subgénero de slashers ambientados en campamentos con su novena temporada, AHS: 1984). Y en segundo lugar, añadieron un elemento que, sorprendentemente, no aparecían en Halloween: sangre y gore.

Una de las características más llamativas de La noche de Halloween es que no hay apenas una gota de sangre en la película. Cunningham decidió que él sí iba a mostrar lo que Carpenter no había mostrado, y para ello, reclutó a Tom Savini, especialista en efectos especiales y maquillaje conocido por su trabajo en las películas de zombies de George A. Romero, que aportó su experiencia, aumentando el realismo con una nueva fórmula para la sangre falsa, a base de sirope de maíz, colorante y solución Kodak Photo-Flo para añadir viscosidad.

Cunningham tenía la idea y los efectos, pero todavía quedaba lo más importante: el guion y el reparto. Para el elenco, el director escogió a un grupo de jóvenes actores con experiencia en teatro, incluida Jeannine Taylor, a la que Cunningham tuvo que convencer asegurándole que nadie vería la película, y un por aquel entonces desconocido Kevin Bacon, que protagoniza una de las muertes más memorables del film. Pero el golpe maestro fue Betsy Palmer, una de las mujeres más queridas de Norteamérica, convertida aquí en una sanguinaria asesina. Y es que, como los amantes del terror bien saben, la figura de Jason Voorhees (con icónica su máscara de hockey) no está presente en la primera película, sino que es la Sra. Voorhees la verdadera responsable de las muertes en Camp Crystal Lake.

En cuanto al guion, no había un plan concreto. El rodaje comenzó en septiembre de 1979 y nadie tenía ni idea de cuál era la historia. Cunningham tuvo que trabajar sobre la marcha, confiando en la capacidad para improvisar de los actores, que aportaron sus propias ideas, lo cual ponía muy difícil la tarea del montador, que trabajaba sin una estructura fija - en este sentido, fue clave la aportación de Harry Manfredini, que con su composición musical aportaba cohesión y subrayaba la tensión de la película.

A esto se sumaron los problemas de financiación (su presupuesto era de apenas medio millón de dólares), que obligaron al equipo a hacer multitasking y estuvieron a punto de hundir el proyecto, así como algún que otro contratiempo con los efectos especiales, que acabó con uno de los actores, Harry Crosby, perdiendo la visión durante tres meses por culpa de la sangre falsa, que se le metió en el ojo durante la filmación de la escena de su muerte.

Milagrosamente y tras muchos cambios -incluido su memorable final con Jason emergiendo del lago, que fue una idea de última hora-, la película se terminó y Viernes 13 llegó a los cines. A pesar de un pase de prueba desastroso en el que faltaban bobinas de película, el estudio Paramount confió en ella y le dio un amplio estreno nacional en mayo de 1980, con más de mil salas (para hacernos una idea, La noche de Halloween tuvo que estrenarse en un solo cine, para ir ampliando número de salas paulatinamente, gracias al boca-oreja).

La crítica la masacró, pero el público la recibió con los brazos abiertos, recaudando 5,8 millones de dólares en su primer fin de semana, es decir, su presupuesto multiplicado por más de diez. Viernes 13 tuvo un gran impacto entre la audiencia, que respondió con entusiasmo a la propuesta y disfrutó siendo aterrorizado e impactado por las explícitas y macabras muertes que se mostraban en pantalla. Al final de su recorrido en taquilla acumuló casi 60 millones de dólares, convirtiéndose en una de las películas de terror más rentables de todos los tiempos.

Por supuesto, de ese éxito nació una franquicia con nueve películas, más el crossover Freddy vs. Jason (2003), con otro icono del terror, Freddy Krueger, el asesino de Pesadilla en Elm Street, una serie de televisión y un remake en 2009 dirigido por Marcus Nispel (a lo que se añade una infinidad de merchandising que atestigua su éxito duradero). Por no hablar por supuesto de los múltiples sucedáneos que inspiró -de la misma forma que Halloween la había inspirado a ella-, principalmente la saga Campamento sangriento (1983), dando así lugar a una época dorada para el cine exploitation de asesinos en serie.

Más de 40 años después, Viernes 13 permanece como una de las grandes instituciones del cine de terror. Lo que comenzó como una copia de otra película que la crítica detestó acabó erigiéndose como un clásico del slasher con voz propia. Ahora, es imposible no acordarse de Jason Voorhees cuando es viernes 13, por eso resulta increíble que en el origen de este emblemático título no hubiera ni Jason, ni un plan concreto, solo una idea “prestada”, confianza ciega y mucha, mucha suerte.

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