Mi versión favorita de Sherlock Holmes está en una película olvidada de los 80

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Sherlock Holmes es una fuente inagotable de proyectos para el cine y la televisión. El icónico detective creado por Sir Arthur Conan Doyle ha protagonizado numerosas películas y series a lo largo de la historia del medio audiovisual, pero en la última década, la obsesión por el personaje parece haberse disparado y las relecturas de su mito se han sucedido una detrás de otra.

Desde las taquilleras películas protagonizadas por Robert Downey Jr. y Jude Law hasta el fenómeno televisivo de la BBC Sherlock, pasando por la nueva saga Enola Holmes de Millie Bobby Brown o la fallida serie spin-off Los Irregulares, el universo victoriano de Sherlock ha adoptado muchas formas en la pantalla. Pero la que hoy me he propuesto reivindicar es mi versión favorita, una que precede a todas ellas y que, ya en los 80, reescribió libremente la historia del sabueso de la Calle Baker. Estoy hablando de esa joya olvidada que es El secreto de la pirámide.

Póster de 'El secreto de la pirámide' (Paramount Pictures)
Póster de 'El secreto de la pirámide' (Paramount Pictures)

Mucho antes de que Benedict Cumberbatch se hiciera famoso como Sherlock moderno, y de que Henry Cavill agarrara la lupa para ofrecernos su propia versión en Netflix, El secreto de la pirámide reinventaba de forma original la obra de Arthur Conan Doyle para el público de los 80, rejuveneciendo a Sherlock en la piel del actor escocés Nicholas Rowe. Titulada en inglés Young Sherlock Holmes (El joven Sherlock Holmes) y estrenada en 1985, la película seguía la estela de títulos emblemáticos de la misma década como Indiana Jones o Los Goonies -que vio la luz ese mismo año-, con los que compartía un estilo parecido de aventuras, acción y misterio con tintes oscuros.

Detrás de El secreto de la pirámide se escondían dos de los nombres clave del cine de los 80 y los 90. La película está dirigida por Barry Levinson (Good Morning Vietnam, Rain Man) y escrita por Chris Columbus, eminencia del cine familiar y de aventuras responsable de los guiones de clásicos como Gremlins, Los Goonies y Aventuras en la gran ciudad entre muchas otras, y más adelante realizador de las dos primeras entregas de Harry Potter -que, por cierto, beben bastante de ella. Y por si eso fuera poco, el film cuenta con el toque mágico del Rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg, que figura como productor ejecutivo junto a sus fieles Frank Marshall y Kathleen Kennedy. Es decir, la receta perfecta para el éxito. ¿O no?

El secreto de la pirámide es una historia de orígenes que sigue a un Sherlock adolescente investigando un misterio en un internado de Londres, junto a su mejor amigo, John Watson (Alan Cox). La película añade un componente romántico con la presencia de Elizabeth (Sophie Ward), la hija del mentor de Sherlock, de la que está profundamente enamorado. Pero aquí lo más importante es el caso que los ocupa, una oleada de asesinatos extraños y macabros que siembran el pánico en Londres y llevan al detective en ciernes y sus amigos a involucrarse en una oscura trama de alucinaciones pesadillescas, aparentes suicidios, sectas malignas y, como desvela el título spoiler en español, una pirámide egipcia oculta bajo la superficie de Londres.

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Aunque se basa en los personajes de Conan Doyle e incluye muchos elementos de su mitología (incluido el “Elemental”), El secreto de la pirámide es una historia original de Columbus, que usó los relatos como guía para crear un nuevo misterio, aun a riesgo de enfadar a los puristas del personaje. Precursora de versiones actuales como las mencionadas Enola Holmes, que se centra en la hermana pequeña del detective, y Los Irregulares, que sigue a un grupo de inadaptados que investigan casos sobrenaturales para el Dr. Watson., El secreto de la pirámide ya hizo lo mismo que ellas en los 80, presentar a Sherlock desde un punto de vista más juvenil y aventurero, en la inconfundible tradición de la factoría Spielberg y su Amblin Entertainment. Algo que, por cierto, repitieron unos años después con el arqueólogo de Lucasfilm en la serie Las aventuras del joven Indiana Jones.

Eso sí, como todo lo que se hacía en aquella década, esta película estaba lejos de ser un producto puramente infantil. Pese a estar catalogada como aventura para toda la familia, El secreto de la pirámide contenía imágenes muy siniestras, alucinaciones perturbadoras y criaturas monstruosas que la hermanaban con otros títulos de la época, muy dados a crear traumas a los más pequeños. Aunque no llegaba al nivel de Indiana Jones y el templo maldito, la cinta de Levinson tampoco escatimaba en momentos inquietantes, acercándose constantemente al terror.

Entre otras cosas, Elizabeth se imagina siendo atacada por muertos vivientes y enterrada viva por su tío, y Watson alucina con una legión de pasteles con vida que le obligan a comer. Y por supuesto, inolvidable es ese acto final en el interior de la pirámide en el que secuestran a Elizabeth y la preparan para ser sacrificada momificándola en vida, mientras los discípulos entonan cánticos infernales que se quedan grabados en la memoria para siempre, gracias a la excelsa banda sonora de Bruce Broughton; una escalofriante escena que guarda muchísimo parecido con el clímax de El templo maldito, aunque, eso sí, algo menos salvaje.

A pesar de contar con un equipo inigualable y los ingredientes principales para el éxito en los 80, El secreto de la pirámide fue un fracaso de taquilla, recaudando tan solo $19,7 millones (€17 millones; BoxOfficeMojo). Con un presupuesto no muy elevado de $18 millones, el estudio no perdió demasiado dinero, pero aun así, resultó ser una considerable decepción comercial, frustrando así cualquier plan para una secuela. De hecho, la película termina con una escena post-créditos en la que se desvelaba la identidad del archienemigo de Sherlock, Moriarty, apuntando a una continuación que nunca existió. Una pena.

El secreto de la pirámide consiguió destacar por sus pioneros efectos visuales, creados por Industrial Light & Magic y John Lasseter (futuro director de Pixar). Incluso la película, que incluye al primer personaje fotorrealista animado por ordenador (un caballero que cobra vida y sale de una vidriera), fue nominada al Oscar a Mejores efectos visuales en 1985. Y aunque es innegable que no ha envejecido muy bien, como la mayoría de películas fantásticas de la época, no se deben menoscabar sus importantes logros en ese departamento.

Por lo demás, El secreto de la pirámide se fue desvaneciendo de la memoria colectiva y cayó en el olvido a pesar de ser una gran película de aventuras. Aunque cuenta con sus fans, entre los que me incluyo, tengo mis dudas a la hora de catalogarla como uno de esos fracasos convertidos con el tiempo en clásicos de culto, aunque en mi opinión mereciera tal destino. Simplemente, no es lo suficientemente popular, ya que se quedó a la sombra de otros títulos similares que sí sobrevivieron al tiempo. Cabe señalar que en 2010, la figura del Sherlock adolescente fue recuperada en una serie de novelas juveniles escritas por Andrew Lane, pero dicha saga no estaba conectada con el film.

De espíritu revisionista, pero fiel al lore creado por Conan Doyle y con la imaginación desbordante propia de sus estimables autores, esta película fue pionera en eso de reinventar los clásicos para las nuevas generaciones, mucho antes de que los reboots, las secuelas y las precuelas invadieran Hollywood, y mucho antes de que Netflix adaptara su fértil universo usando el lenguaje de la Generación Z. En otras palabras, El secreto de la pirámide fue una adelantada a su tiempo y por eso merece la pena rescatarla (está disponible en Filmin) para darle una nueva oportunidad y seguir alimentando una sherlockmanía que sigue muy viva.

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