Las ventajas de ser una intensa

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Photo credit: Larry Busacca
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Dice la RAE que intenso es algo o alguien muy vehemente y vivo, y para mí lo que diga va a misa, pero no para todo el mundo. Recordad la que se armó con la tilde de ‘solo’. A veces he perseguido la superficie porque ahí todo parece mucho más sencillo. Sobre todo la he perseguido por miedo a que el otro se aleje cuando se ve con medio pie en el barro. Triunfa lo rápido, lo entretenido y lo desechable, y nada de eso se asocia a la intensidad. Te dicen que una persona es intensa, especialmente si esa persona es una mujer, y qué pereza todo ese exceso de emoción desbordante. Ya bastante tengo con lo mío.

Ser un ser humano en los tiempos que corren tiene muchísimos inconvenientes. Los minutos corren a ritmo vertiginoso y sentir cosas es un estorbo. Así que hemos diseñado una sociedad en la que uno puede perfectamente saltar de distracción en distracción sin sentir ni un poquito, pero las emociones se atrofian si no se usan y el desgaste acaba pasando factura. Por eso es este un buen momento para ejercer la intensidad. La vida es excesivamente líquida y la intensidad deja huella. Los intensos no pasamos por la vida, la atravesamos y dejamos que nos atraviese.

Es cierto que no abundan las medias tintas. Como buena intensa no estoy triste, estoy desolada. Las cosas no van mal, van fatal. Cualquier mínima preocupación es una fuente de angustia existencial y me roba alguna que otra hora de sueño, pero qué bien estamos los de este club cuando estamos bien. Cada pequeño triunfo –conseguir que un bizcocho vegano parezca un bizcocho y no un flan, por ejemplo– es una excusa para celebrar con amigos que no son amigos, son amiguísimos. ¿Los famosos flechazos? Los hemos experimentado. Somos de visualizar iniciales en toallas antes de la primera cita. Vivimos en una auténtica comedia romántica, le metemos más y más peso al corazón.

Desde que nací soy una intensa y sospecho que lo seré hasta que me muera. Sospecho que nunca dejaré de darle a las cosas una importancia supuestamente desproporcionada ni de encarar la vida como si fuese una epopeya. Me resigno ante mi naturaleza porque también sospecho –y espero– que cada vez tendré menos en cuenta a quienes salen corriendo en la dirección opuesta.

Ser un ser humano en los tiempos que corren tiene muchísimos inconvenientes, pero también un par de cosas buenas. Somos contradictorios y estamos llenos de recovecos. Sentimos y nos emocionamos, y por suerte cada vez hablamos más de ello. La humanidad ayuda a frenar y a tener en cuenta al de al lado, y el nivel de humanidad de una sociedad depende de la suma de la de todos sus individuos. Subámosle un grado a la intensidad y dejemos de lado la contención emocional. No se me ocurre mejor forma de ejercer la responsabilidad ciudadana.


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