Matar por una mascarilla, la nueva manzana de la discordia

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El 1 de mayo Calvin Munerlyn, de 43 años, murió al recibir un disparo en la cabeza. El motivo no pudo ser más trivial: como guardia de seguridad, advirtió a una madre que su hija no podía entrar sin mascarilla al centro comercial de Family Dollar en Flint, Michigan. La mujer lo insultó y escupió. Por desgracia, el incidente no terminó ahí. Veinte minutos más tarde su esposo e hijo volvieron, increparon a Munerlyn y lo mataron.

Las mascarillas parecen haberse convertido en la nueva manzana de la discordia. Hace poco se produjo una brutal agresión a un pasajero de Cercanías de Barcelona porque no llevaba puesta correctamente la mascarilla. Unos días antes, un joven que corría sin mascarilla en la ciudad italiana de Padua también fue insultado y agredido.

Las mascarillas, el emblema más visible de la lucha contra un enemigo invisible, el SARS-CoV-2, están generando una respuesta emocional profundamente visceral y altamente polarizada. Por una parte, hallamos a quienes se indignan y enfadan con aquellos que no las usan. Por otra parte, encontramos a quienes se indignan y enfadan porque les recuerdan que su uso es obligatorio.

¿Realmente estamos reaccionando así por una mascarilla o hay algo más recóndito?

La mascarilla como medio para recuperar el control perdido

Las mascarillas son un substituto del control perdido. [Foto: Getty Creative]

El coronavirus y el confinamiento nos han arrebatado la sensación de control arrojándonos a los brazos de la indefensión y la impotencia. Esas sensaciones no son agradables. No estamos acostumbrados a ellas. Por eso tenemos la tendencia a reestablecer el control perdido lo antes posible.

Las mascarillas representan - a nivel inconsciente - la posibilidad de recuperar ese control, o al menos una parte. Así han terminado convirtiéndose en un acto de reafirmación personal.

Quienes piensan que su uso es sensato y responsable se sienten más tranquilos usándolas. Recuperan el control de sus vidas porque sienten que pueden hacer algo para prevenir el contagio.

Quienes creen que no son necesarias recuperan la libertad perdida debido al confinamiento a través del “acto de rebeldía” que implica no usar las mascarillas.

Decisiones tan dispares en su origen en realidad tienen el mismo objetivo: tranquilizarnos psicológicamente devolviéndonos la sensación de control. El problema es que también ha polarizado la sociedad en un momento extremadamente delicado.

El mundo reducido a personas que usan mascarilla y personas que no la llevan

El mundo se ha dividido entre quienes defienden el uso de mascarillas y quienes las rechazan. [Foto: Getty Creative]

La mascarilla se ha convertido en el epítome de dos posturas antagónicas. Marca el confín entre las personas que se esfuerzan por seguir al pie de la letra las medidas de seguridad sanitaria y aquellas que minimizan el riesgo, entre quienes quieren protegerse y proteger a quienes les rodean y quienes piensan que son una medida para coartar su libertad.

De esta manera las mascarillas se han ideologizado. De hecho, un estudio realizado por psicólogos estadounidenses comprobó que la politización de la crisis del coronavirus ha terminado influyendo en nuestros comportamientos de prevención. Los partidarios de Trump, por ejemplo, suelan rechazar el uso de mascarillas y prefieren aplicar el distanciamiento social.

Esas personas creen que obligarles a usar mascarilla significa arrebatarles el último reducto de libertad que les queda. También piensan que quienes las usan obstaculizan el paso a la normalidad y, por ende, interfieren en su felicidad. En el otro extremo se encuentran quienes consideran que las personas que no usan mascarilla están amenazando seriamente su salud y retrasan la vuelta a la normalidad al aumentar el riesgo de que se produzcan nuevos brotes.

Así el mundo ha terminado dividido en dos grandes bloques: quienes piensan como nosotros y quienes están en nuestra contra. Eso significa que no reaccionamos únicamente al uso de la mascarilla sino a lo que eso significa y al “tipo de persona” que suponemos se encuentra detrás.

Realizamos inferencias. Nos precipitamos en sacar conclusiones. Y no tardamos mucho en empezar a ver a esa persona como nuestro “enemigo”. Porque cuando tenemos miedo y nos vemos obligados a enfrentar una situación desagradable tenemos la tendencia a buscar enemigos en los que podamos descargar nuestra frustración, ira, rabia e impotencia.

El estallido de la violencia autotélica

La violencia autotélica es un fin en sí mismo que permite liberar la ira acumulada. [Foto: Getty Creative]

Las reacciones exageradas y muchas veces agresivas respecto al uso de mascarillas son el resultado del periodo de tensión que estamos viviendo. El largo confinamiento al que nos hemos sometido, los cambios radicales en nuestras rutinas y la inestabilidad económica nos están afectando, generando una gran frustración.

La acumulación de ira y frustración suele reciclarse en estallidos de violencia, generalmente en forma de insultos, como el que protagonizaron clientes de un supermercado de Staten Island, en Estados Unidos, quienes increparon y echaron a una compradora sin mascarilla. En realidad, esos estallidos de ira son una forma de violencia autotélica en la que el único motivo y fin es liberar las emociones negativas acumuladas para obtener un alivio temporal.

La violencia autotélica puede funcionar como una especie de ‘válvula de escape’ que permite que el vapor ya acumulado se libere, pero hace poco o nada por impedir que vuelva a acumularse vapor otra vez y que alcance una densidad explosiva y un nivel crítico de presión”, como explicara Zygmunt Bauman. Y alerta además de que “la violencia sin sentido tiende a ser, pues, autopropagadora y autoamplificadora”. Y eso es precisamente lo que estamos comenzando a ver.

El enemigo es el virus, no las personas

No estamos luchando contra las personas, sino contra un virus. [Foto: Getty Creative]

Muchas personas están experimentando una fatiga mental considerable como resultado de la situación que estamos viviendo. Esa fatiga “desconecta” nuestra corteza prefrontal, la que nos permite evaluar las consecuencias de nuestros actos y tomar decisiones razonadas. Eso significa que aumenta nuestra tendencia a reaccionar de manera impulsiva.

Ser conscientes de que quizá no estamos siendo objetivos en nuestros juicios es el primer paso para evitar reacciones exageradas en medio de esta crisis. El miedo y la indignación pueden impulsarnos a la acción, pero es probable que no sean las acciones que necesitemos en estos momentos.

Debemos tener en cuenta que hay personas que están exentas de llevar mascarilla porque, por ejemplo, tienen problemas para respirar o pueden sufrir crisis de ansiedad. Por tanto, no podemos asumir que todo aquel que no lleve una mascarilla es simplemente un irresponsable.

Por otra parte, también debemos saber que el uso de mascarilla en los espacios públicos no es una cuestión de elección personal. Si eres reacio a usarla, analiza las creencias que se encuentran en la base de ese rechazo. Usar la mascarilla no es una cuestión política o ideológica, tampoco una oportunidad para reafirmar nuestra visión del mundo, es simplemente una necesidad sanitaria. Los estudios indican que las mascarillas son un medio de protección eficaz para evitar el contagio. Por tanto, es una manera de protegerte y proteger a quienes te rodean.

La violencia, en cualquiera de sus formas, nunca es la solución. Todos estamos asustados y preocupados. Todos queremos recuperar la normalidad lo antes posible. Todos tenemos una meta común y deberíamos luchar juntos por ella, en vez de acrecentar las diferencias que nos separan. Y eso se logra con sentido común.

 

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