Hay una cosa de ‘Insiders’ en su regreso a Netflix que no me ha gustado ni chispa

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Este jueves 19 de mayo Netflix colgaba los tres primeros episodios de la segunda temporada de Insiders, el reality show presentado por Nawja Nimri donde nada es lo que parece, al menos, en principio. Tras una divertida primera edición, el concurso donde se ponen en juego 100.000 ha vuelto a encerrar a doce desconocidos (dos de ellos topos de la organización, exconcursantes del primer curso) y los han puesto a prueba con todo tipo de retos. Y uno de esos retos, en concreto, me ha enfadado bastante como espectador, pues en la actualidad, el entretenimiento audiovisual debería ir por otros derroteros. Si no has visto ya los tres capítulos, quizá no deberías seguir leyendo el siguiente artículo.

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Estoy hablando de la prueba que sucede en el segundo episodio. Para ver el aguante de los concursantes, se les propuso entrar en una cámara de cadáveres, donde entran con la pertinente etiqueta con su nombre atada al dedo gordo del pie. En principio, parece un reto destinado a aguantar la claustrofobia y el encierro, pero la prueba iba más allá.

A medida que pasaba el tiempo, a los concursantes les iban tirando más cosas en su nicho. Arena, hasta casi acabar enterrados, líquidos, hielo. Y también animales, insectos, gusanos, que provoquen asco entre los jóvenes aspirantes al premio. Para que los sientan caminar por sus piernas, brazos, estómago. Un plato que no es de buen gusto para prácticamente nadie, y menos, en un espacio tan reducido.

Me chocó que Netflix abogase por utilizar animales en este tipo de pruebas. Eso de echarle bichos a alguien encima solo para escuchar cómo grita pertenece a una televisión del pasado, en la que todo valía. No voy a decir que los bichos puedan morir durante la prueba, quizá en un manotazo mal dado, pero sin duda, no están remando a favor de obra para el bienestar animal.

Recordemos que en la primera temporada una de las pruebas consistía en dispararle a un conejo, únicamente para ver cuáles eran los límites que los concursantes estaban dispuestos a aguantar. Pero al mamífero, en realidad, no le sucedía nada, seguía vivo después de que el Insider de turno disparase el arma o no. Aquí la película es diferente, los gusanos y demás criaturas han recorrido hasta la cara de los ‘cadáveres’, han tenido que aguantar tierra y frío, y todo, para ver cómo reaccionan.

En la actualidad, todavía hay programas que hacen pruebas de ese corte, como Supervivientes. Pero estamos ya en pleno siglo XXI y deberíamos de dejar de utilizar animales para asustar, o para dar asco. La conciencia del bienestar animal hace impensable, por ejemplo, la vuelta del Grand Prix tal y como lo conocíamos, pero con los insectos y demás pequeños animales la cosa parece bien diferente.

Dicho esto, tengo que confesar que con Insiders 2 me he divertido de lo lindo. Es una nueva etapa en la que ya no hay que presentar toda la trastienda del formato, no se pierde el tiempo en explicar los parámetros que supuestamente se miden. Se va al meollo de la cuestión, a la convivencia, y es un deleite cómo todos muerden el anzuelo. Incluso los dos topos, Peter y Laura, entran al ajo de la convivencia, olvidan las cámaras y se cabrean y sufren como cualquier otro.

Uno de los puntos más interesantes de esta propuesta es que han apostado fuerte por el humor: han instalado un gimnasio en la casa Insiders, y allí les hacen entrenar con disparatados ejercicios que mejorarían su ego, su empatía o cualquier otro parámetro. Ejercicios que consisten en ponerse en cuclillas como si estuviesen defecando durante 20 minutos al día; otros tienen que gatear, o que andar despacio, como si fuesen un astronauta. O caminar haciendo la carretilla. He soltado muy buenas carcajadas en casa con esas estampas, pero a la vez me ha hecho preguntarme que hasta qué punto me creería todas esas milongas que les están contando, y de cómo tal ejercicio un tanto hilarante puede ser bueno para su desarrollo personal.

El número de Laura con la puerta, quedándose atrapada en el estudio de al lado donde se supone que hay más concursantes, también ha sido la mar de divertido, y también ese momento en el que todos tienen la sensación de estar en una sala de escapismo y se ponen a buscar en los techos o debajo de los sofás pistas que indiquen cómo conseguir la llave para un concurso que ellos no saben que ya ha empezado. Del mismo modo, ha sido demencial el momento en el que han enredado a Lorenzo para que le dé un código a Sofía para que abra una puerta antes de determinada hora. Él ha quedado de embustero, capaz de hacer cualquier cosa para ganar el premio, y ella, como una traidora cuando las cosas no le salen según lo previsto.

A diferencia de su primera temporada, Netflix ha divido la temporada en dos bloques; el primero de tres episodios, ya disponible, y una segunda tanda que se estrena el jueves de la semana que viene. Una estrategia que le permitirá jugar con el interés del público, generar más ruido en las redes sociales, y sobre todo, guardarse un poco las espaldas de posibles spoilers, ya que seguro que más de uno ayer se habría comido los siete capítulos de una sola tacada de haber podido. Esperaremos pues a ver qué nos ofrecen en las cuatro entregas restantes, y esperemos que esta vez dejen a un lado cualquier clase de prueba que tenga que ver con los animales.

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