Un canto a la libertad

Esther Bedia Alonso

Para Javier Arias cantar es “algo natural”, algo que siempre le ha acompañado y que tras 25 años sobre los escenarios no puede definirse sino como una “forma de vida”, un sueño logrado a diario. Con razón este leonés especializado en espectáculos al estilo de los crooners de los 60, enraizado a su tierra y celoso de su libertad artística se considera una persona “muy feliz”.



Cuando era pequeño Javier tuvo la suerte de contar en su entorno familiar con su propio Fernando Argenta, el mítico presentador de El conciertazo de TVE: “Tenía un tío dibujante que, mientras trabajaba, escuchaba música clásica y me iba hablando de los compositores y explicando el significado de la música”. Él, por su parte, percibía que tenía memoria musical y oído, y, sobre todo, que aquello le gustaba. Con 14 años empezó a acercarse a los instrumentos y entró en el coro de una iglesia. Con 17, con otros cuatro chicos, formó Memphis men, un grupo de R&B y soul.

Por supuesto Javier seguía estudiando y también trabajaba dando clases en la academia que dirigía en León, aunque su entusiasmo por la música no era compartido por sus progenitores: “Mis padres eran conservadores en ese aspecto. Pero nunca renuncié a nada. La música era indispensable en mi vida. Y lo sigue siendo”. A los 22, mientras estudiaba Empresariales, se unió al Coro Universitario de León. Ensayaba una hora todos los días y compartía escenario con otras 80 voces. Aquellos seis años de numerosos conciertos y una gira por Europa como barítono afianzaron aun más su pasión por cantar. En 1998 fundó otro grupo, Instantáneos, esta vez de pop y soul, con el que ganó el concurso provincial Expresión Joven. En 2002 se proclamó vencedor del certamen europeo Elvis Tribute Artists. Una “anécdota”, como él dice, que le llevó a actuar entre otros lugares, como en el Stax Soul de Memphis.

Triunfo con unas gotitas de limón

Este año ha ofrecido 62 conciertos y es rara la temporada en la que no saca un disco autoeditado. Ha pisado, durante estos años, escenarios en “condiciones penosas” pero también los de prestigiosos auditorios, teatros y locales de soul. “A veces no me ha importado perder el dinero invertido en un concierto porque estaba seguro de que iba a disfrutar con él”, comenta. A golpe de constancia, esfuerzo y perfeccionismo Javier Arias se ha ganado un hueco en el mundo de la canción:
“Soy muy serio con el tema de la organización y los horarios. Siempre procuro llevar mi propio equipo de sonido. Cuido mucho el aspecto vocal y la puesta en escena. Tiene que ser un espectáculo impecable”. Si quisiera podría dedicarse exclusivamente a la música pero afirma que tendría que renunciar a otras cosas. Y esta es, tal vez, la esencia de su felicidad. El no renunciar a nada y ser fiel al lema “yo me lo guiso y yo me lo como”.

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Además de su faceta artística, Javier es experto en contabilidad y en derecho laboral. Dirigió una academia, fue jefe de contabilidad en una asesoría, ejerció como graduado social y fue director financiero de una cadena de peluquerías. Actualmente, dirige programas de formación y empleo y sigue impartiendo enseñanza en orientación laboral e iniciativa empresarial: “Una persona de escenario desarrolla una serie de habilidades muy positivas para la docencia. Aderezo mis espectáculos con momentos de humor y en las clases, aunque estés explicando algo muy serio, si eres capaz de romper la tensión los alumnos se acordarán de la materia gracias a eso”.

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Por otro lado, conoce lo suficiente los entresijos del mundo de los cantantes profesionales como para no sentirse atraído. “Muchas veces son contratos leoninos que, si firmas, te obligan a cosas que para mí suponen sacrificar el arte y el espíritu en favor del beneficio empresarial de otros”, asegura Javier. Él no quiere renunciar a sus derechos de autor, ni a su imagen, ni a su libertad: “A la gente que me dice que debería estar triunfando en la música siempre les digo lo mismo: Yo ya he triunfado desde el momento en que hago lo que quiero”. A veces requiere un gran esfuerzo pero Javier lo compara con las galletas de limón y chocolate: “El balance final siempre es dulce pero lo ácido mejora las sensaciones”.