Trump hace purga de “desleales” y redobla su autoritarismo tras librar el impeachment

A pocos días de que el Senado lo absolvió de los cargos de abuso de poder y obstrucción del Congreso que le formuló la Cámara de Representantes en su proceso de impeachment, Donald Trump decidió comenzar a cobrarse. Por un lado, ha redoblado sus actitudes autoritarias e incurrido, según críticos, en nuevos abusos de poder. Y, por otra, ha comenzado una suerte de purga de funcionarios del gobierno que testificaron en las audiencias de impeachment en la Cámara y ha fustigado corrosivamente a opositores, excolaboradores e incluso al aparato de justicia.

Para empezar, se ha obstinado en que sus llamadas telefónicas con el presidente de Ucrania, que dieron pie al proceso de impeachment, fueron “perfectas”, pese a que incluso senadores republicanos que votaron contra su destitución consideran que la presión que Trump ejerció contra el gobierno ucraniano, condicionando ayuda militar a cambio de anunciar una investigación contra su rival político Joe Biden, fue una acción impropia.

El presidente Donald Trump ha comenzado a despedir a funcionarios que testificaron en el proceso de impeachment en su contra, del que fue absuelto en el Senado. (AP)

Contra Mitt Romney, el único senador republicano que votó, con la minoría, a favor de la destitución de Trump, se dirigió prontamente la artillería retórica de Trump y además de lanzarle improperios (lo llamó “pompous ass”, algo así como “burro pretencioso”) y de llamarle perdedor, el presidente deploró que aludiera a su religión para justificar su voto en el Senado. Algo que ha sido considerado, al menos, como de muy mal gusto.

Además, despidió de modo fulminante al teniente coronel Alexander Vindman, que asesoraba a la Casa Blanca es asuntos de seguridad y asuntos de Europa oriental, como una clara venganza luego de que el militar testificó críticamente contra Trump en el Congreso sobre su presión contra Ucrania.

Trump también despidió al hermano gemelo de Vindman, Yevgeny, quien era funcionario en el área legal y de ética de la Casa Blanca, pese a que él no tuvo nada que ver con el proceso de destitución y sus audiencias en el Congreso. Al parecer, el mero hecho de ser familiar (y su parecido) del repudiado Alexander Vindman hizo que Trump no pudiera soportar la idea de mantener la presencia de Yevgeny en la Casa Blanca.

Sobre ese afán revanchista, la secretaria de prensa de la Casa Blanca dijo que ante “lo horrible que fue tratado” Trump en el Congreso “tal vez alguien debería pagar por ello”.

En sintonía, Trump despidió también drásticamente a Gordon Sondland, embajador de Estados Unidos ante la Unión Europea y quien estuvo vinculado a las presiones contra Ucrania. Ante un comité de la Cámara de Representantes, Sondland reconoció que sí hubo ‘quid pro quo’ en la presión de Trump contra el gobierno ucraniano (es decir, sí condicionó ayuda militar y una reunión en la Casa Blanca a que el presidente de Ucrania anunciara una investigación contra Biden), declaración que fue un elemento de peso en el proceso de impeachment.

Otros funcionarios que testificaron en el Congreso podrían añadirse próximamente a la lista de despedidos.

Los hermanos gemelos Alexander y Yevgeny Vindman, ambos funcionarios de la Casa Blanca, fueron despedidos de forma fulminante. Alexander Vindman (izq.) testificó en el proceso de impeachment contra Donald Trump en la Cámara, pero su hermano nada tuvo que ver en ello. (AP)

Ciertamente, Trump tiene la facultad de retirar en el momento que prefiera a sus asesores y embajadores, pero eso no mitiga la percepción de que el presidente está actuando con afán vengativo contra individuos que, al final, solo dieron la verdad bajo juramento.

Y, más allá de esos despidos, Trump ha arreciado su afán de modelar las cosas a su conveniencia: ha reiterado que su proceso de impeachment fue un fraude, un engaño, y niega haber hecho absolutamente nada impropio, se ha envalentonado en la pretensión de que puede actuar con poderes prácticamente ilimitados y sin rendir cuentas (la absolución en el Senado refuerza esa noción) y ha enfilado su poder presidencial para saldar esas y otras cuentas.

Por ejemplo, se quejó ruda y equívocamente sobre las propuestas de sentencia en contra de su viejo asesor Roger Stone –hallado culpable de mentir al Congreso, intimidar a testigos y obstrucción de la justicia– y ello dio pie a que el Departamento de Justicia revirtiera la propuesta de los fiscales del caso, que era de 7 a 9 años de prisión.

Y aunque algunos expertos consideran esa propuesta de condena un tanto alta (el juez decidirá al respecto), estaba dentro de los lineamientos procesales, por lo que no implica, como Trump sugirió, una injusticia contra alguien que no hizo nada. Stone sí lo hizo, y fue para proteger a Trump durante las investigaciones sobre la injerencia electoral de Rusia. En ese sentido el presidente ha defendido a su aliado y pretende hacer creer que nada malo hubo en su actitud.

Pero lo hubo, y la condena que se le aplicará la definirá el juez. En tanto, los cuatro fiscales del caso optaron por renunciar tras ser bruscamente desplazados, lo que sugiere que existe una nueva fuente de tensión entre Trump y los profesionales de carrera del gobierno estadounidense (como ya se ha dado en el caso de miembros de las agencias de inteligencia y otras dependencias).

Eso habría sido tan fuerte que el propio secretario de Justicia, Bill Barr –quien llegó al puesto como un incondicional del presidente– pidió públicamente a Trump que deje de enviar tuits sobre casos judiciales en proceso.

Y, en paralelo con aliados republicanos en el Congreso, crece el afán de Trump de perseguir a quienes, desde su visión, han tratado de ponerle en pie desde dentro del gobierno.

El esquema de “investigar a los investigadores” es parte de su afán de desacreditar la investigación sobre la injerencia electoral de Rusia de Robert Mueller y también lo sería la pretensión de que desde Estados Unidos se investigue a Biden y a su hijo Hunter por su vínculo con la empresa ucraniana Burisma y de que la información que al respecto de Ucrania ha obtenido Rudy Giuliani, exalcalde de Nueva York y abogado de Trump, sea recibida, valorada y en su caso usada para investigaciones en el Departamento de Justicia.

Eso pese a que es claro que la labor de Giuliani ha resultado muy problemática y uno de los factores de peso que desataron el impeachment contra Trump.

El ya exembajador de EEUU ante la Unión Europea, Gordon Sondland, quien testificó en el Congreso en el proceso de destitución de Donald Trump y afirmó que sí hubo 'quid pro quo' con Ucrania, fue despedido por el presidente a poco de que el Senado lo absolvió de su impeachment. (AP)

La sugerencia presidencial al gobernador de Nueva York, para que se restaure el servicio de acceso preferencial Global Entry en las aduanas aeroportuarias de Nueva York a cambio de suspender procesos judiciales que en ese estado se realizan en contra de Trump, ha sido deplorado por críticos como un nuevo caso de ‘quid pro quo’ y una presión autoritaria e ilegítima de parte del presidente.

Al fin de cuentas, Trump quizá considera que su absolución en el Senado es signo de que puede actuar sin límite e imponer sus visiones y sus obsesiones en los diferentes ámbitos del gobierno, incluso cuando ello resulte impropio, ilegal (la Oficina de Fiscalización Gubernamental calificó así a la retención de la ayuda económica-militar a Ucrania que fue aprobada por el Congreso) o potencialmente nocivo para los intereses de la nación.

En ese sentido, al estar el país en pleno proceso de campañas electorales, es claro que Trump busca fortalecer al máximo su posición y su retórica, apuntalar su sustantivo apoyo entre sus seguidores de derecha radical y en el Partido Republicano, aprovechar el aún tormentoso proceso primario demócrata y potenciar sus opciones de reelección.

 Las elecciones de noviembre serán, en ese sentido, el veredicto final y Trump sabe que, de perderlo, podría tener que dar en el futuro muchas de las explicaciones que hoy ha podido evitar. Los demócratas, en contrapartida, plantean con reiterado énfasis la urgencia de evitar la reelección de Trump, que consideran pondría en grave riesgo la institucionalidad democrática y republicana de Estados Unidos.

Los arrebatos de revancha de Trump y su obsesión en imponer su visión de las cosas, así sea fabricando realidades para desacreditar a sus críticos o tapar sus falencias, son en ese contexto los síntomas de la creciente actitud autoritaria del presidente. Algo que no es nuevo pero que ha cobrado punzante ímpetu tras su absolución en el Senado y que solo el voto ciudadano, al final, podrá dilucidar.