Tres de los impuestos más extraños o absurdos que se han aplicado durante la historia

Alfred López
·5 min de lectura

En las últimas semanas los medios de comunicación y las redes sociales se están llenando de noticias y comentarios acerca de la decisión de un grupo de youtubers españoles que han decidido trasladarse a vivir al Principado de Andorra con el fin de tener que pagar menos impuestos, debido a que el fisco de España grava con un altísimo porcentaje (alrededor del 50 por ciento en algunos casos) el dinero que deben tributar.

Tres de los impuestos más extraños o absurdos que se han aplicado durante la historia (imagen vía Wikimedia commons)
Tres de los impuestos más extraños o absurdos que se han aplicado durante la historia (imagen vía Wikimedia commons)

Sin entrar a valorar si esta postura adoptada por los influencers es éticamente correcta o no y si realmente el gravamen del IRPF que se les aplica es justo o desproporcionado, me ha venido a la cabeza un puñado curiosos casos en los que, a lo largo de la historia, algunos gobernantes han cargado al pueblo con ciertos tributos que han resultado ser algo extraños y/o absurdos (y en la mayoría de ocasiones, injustos). A continuación tenéis tres ejemplos:

Impuesto por tener ventanas en las casas en la Inglaterra del siglo XVII

Conocido como ‘window tax’ (impuesto de las ventanas), en la Inglaterra del siglo XVII se obligó a los ciudadanos a tributar por cada una de las ventanas que tuviese la casa donde residían. El rey Guillermo III se pasó prácticamente todo su reinado participando en una guerra detrás de otra, algo que dejó las arcas del reino prácticamente a arruinadas. Se pensó en la forma de recaudar dinero, sobre todo de los más ricos y poderosos, llegando a la conclusión que cuanto mayor era el poder adquisitivo de alguien, más grande sería su casa y, por tanto, mayor número de ventanas tendría esta. Así que se decidió cobrar un impuesto que perjudicaría en menor medida a quienes menos tenían y más a los ricos y poderosos.

Se convirtió en una medida impopular y provocó que, a partir de aquel momento, la mayoría de edificaciones (por muy grandes que fuesen) se realizaran con el mínimo número posible de ventanas y los propietarios de casas grandes decidieron tapiar la mayoría de las ventanas, de ese modo no tenían que contribuir a un impuesto que encontraban abusivo.

Tal medida se mantuvo a lo largo de un siglo y medio, cuando en 1851 la reina Victoria del Reino Unido derogó dicha ley.

En impuesto por la orina en la Antigua Roma

En el siglo I d.C., el emperador Tito Flavio Vespasiano gravó a la ciudadanía romana con múltiples impuestos. El imperio estaba sufriendo una grave crisis institucional, de poder y liderazgo y tras el fallecimiento de Nerón (año 68) cuatro son los emperadores que hubo hasta la llegada del mencionado Vespaciano, quien se encontró que las arcas estaban vacías.

Aconsejado por su inseparable amigo Cayo Licinio Muciano, Vespaciano empezó a poner diferentes impuestos, siendo uno conocido como ‘Vectigal urinae’, el cual gravaba a los romanos que recogían la orina que iba a parar, a través del alcantarillado, desde los urinarios públicos hasta la Cloaca Maxima de Roma. Y es que los orines tenían mucho valor en aquellos tiempos, ya que eran recolectados y aprovechados por quienes poseían negocios de lavandería. Y es que los orines eran utilizados para extraerles la urea y esta convertirla en amoniaco, el cual se utilizaba para curtir las pieles y lavar las togas.

El impuesto del Vectigal urinae fue derogado diez años después por Tito Flavio Sabino, hijo de Vespaciano que sucedió a su padre y con el que había mantenido duras disputas por culpa de dicho tributo. Famosa es la expresión latina ‘Pecunia non olet’ (El dinero no huele) que dijo el emperador a su primogénito en respuesta a su reproche por lucrar al imperio con dinero obtenido de la orina.

Un impuesto por dejarse crecer la barba

En una época en la que la inmensa mayoría de los hombres de todo el planeta llevaban barba, hubo algunos gobernantes que quisieron sacar provecho de ello, gravándola con un impuesto.

La barba era sinónimo (entre otras cosas) de masculinidad, pero también de poder y valentía. Dependiendo de su largura o forma, determinaba el carácter de quien la llevaba e indicaba su estatus.

Por tal motivo, el rey Enrique VIII de Inglaterra quiso hacer pagar, en el siglo XVI, un impuesto a todo aquel que llevara barba. Sabía que alguno optaría por afeitársela (sobre todo entre las clases más humildes), pero la mayoría continuarían luciéndola (aunque les costara dinero), ya que era una cuestión de orgullo y principios.

Además, con este tributo por llevar barba, también se consiguió que esta fuese algo casi exclusivo de los más pudientes, diferenciándose así de las clases bajas.

Un siglo y medio después la moda cambió totalmente y lo que se llevaba entonces entre los hombres europeos de cierto rango era el ir bien afeitados o con minúsculas barbas (como lucir una perilla). El afeitado se empezó a considerar como un acto estético, pero también higiénico.

Una moda que no cuajó entre los habitantes masculinos de Rusia, algo que motivó que el zar Pedro I el Grande decidiera tomar cartas en el asunto y, en el año 1698, decidiera cobrar un impuesto a todo aquel ciudadano ruso que quisiera dejarse crecer la barba.

El propósito del zar era europeizar la sociedad rusa y debía empezar haciendo que sus súbditos imitaran las modas y costumbres del resto del continente. Eso sí, estaban exentos del pago de dicho tributo los sacerdotes ortodoxos y los campesinos. El resto de ciudadanos deberían pagar si querían lucir una barba. Una vez abonado el impuesto, se les entregaba una especie de chapa que deberían lucir en la solapa de sus abrigos.

Estos han sido tan solo tres ejemplos de la larga lista de impuestos extraños o absurdos que se han ido aplicando a lo largo de la historia. En un próximo post os traeré unos cuantos más.

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

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