Trastorno disfórico premenstrual o cómo la regla me llevó a la autodestrucción

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Photo credit: GETTY
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En casa se lo tomaban ya a guasa. "Te va a bajar, ¿no?", bromeaba mi madre. Lo decía después de presenciar otra de mis crisis. No sólo me volvía irritable o lloraba por tonterías cuando estaba a punto de tener la regla, sino que además era incapaz de controlar mi vida y nadie sabía por qué. ¿Cómo iban a saberlo si ni siquiera yo lo tenía claro? Mi familia me quería, tenía buenos amigos y una carrera profesional envidiable. Lo lógico era que fuese feliz, pero no. Al parecer, mi depresión, ansiedad, anorexia... todo se debía al periodo. El problema es que tardaron 14 años, e incontables tratamientos, antes de diagnosticarme trastorno disfórico premenstrual (TDPM).

El inicio de mi trastorno disfórico premenstrual

Todo empezó cuando tenía 12 años. Hasta entonces había sido una niña feliz. Pero comencé a despertarme con un nubarrón encima. Los pensamientos inquietantes invadían mi cerebro y acababan materializándose en una sensación de pánico y de malos presagios. Luego venían los síntomas físicos: dolor de cabeza, insomnio y una pesadez que me hacía sentir como si mis huesos fueran de hormigón. Sólo tenía un momento de alivio: durante cinco días al mes me encontraba bien y era yo misma. Me reía con mis amigos y mi familia y pensaba: "He vuelto". Pero eso no duraba mucho.

Así que mi adolescencia pasó en una especie de nebulosa. Era como si viviera en una pecera, mirándolo todo, pero sin concentrarme con nada, mientras el resto del mundo se divertía sin mí. Me sentía una inútil. Me aterraba fracasar, la selectividad me provocaba tal ansiedad que tenía ataques de pánico al pensar en los exámenes. En clase, las palabras "no puedo hacerlo" me invadían y tenía que irme del aula, hiperventilando. En lugar de salir con amigos, me pasaba el tiempo libre estudiando para compensar lo que me había perdido. Me sentía sola. Estaba todo el día nerviosa y odiaba mi vida. Para colmo, visitaba a un médico tras otro: me diagnosticaron síndrome de fatiga crónica, luego ansiedad, después depresión y más tarde anorexia (. Y sí, tenía un problema con la alimentación. Hacía ejercicio como una loca y corría hasta la extenuación. Estaba claro que buscaba el control allí donde podía tenerlo.

Cuando me dieron plaza en la Universidad de Southampton (Reino Unido) para estudiar fisioterapia, lo vi como una forma de escapar. Pensé que tal vez si me iba de casa, mis problemas desaparecerían. Pero, a pesar de hacer amigos y de obligarme a ir a fiestas, la oscuridad me engulló aún más. Un día me vi sentada en el banco de una parque en plena sobredosis. Era como si hubiera perdido todo el dominio sobre mí misma. No quería morir, sólo descansar del sufrimiento y malestar que me invadía. Cuando me desperté, estaba en el hospital. No tenía ni idea de cómo había llegado allí. Pensé inmediatamente en mi familia: ¿cómo podía estar haciéndoles algo así? Pero el remordimiento me duró poco. Pronto esos episodios se convirtieron en una constante; no quería autoagredirme, sólo que ese caos en mi cuerpo y en mi mente parase de una vez. Ansiaba no tener que pensar ni sentir.

Al final, me asignaron a un gabinete de crisis y me pusieron en observación. Que todo el mundo estuviera tan pendiente de mí sólo hizo que me volviera más reservada. Mis amigos se acostumbraron a ver mi declive, pero yo les escondía lo peor: seguía consumiendo drogas en privado. Había veces en las que me despertaba sola con un ataque de pánico y llamaba al médico, que me enviaba una ambulancia para que me dieran un tratamiento de urgencia. Mis amigos me insistían en que debía mejorar mis hábitos, pero no les hacía caso. Creía que no merecía su preocupación. Una vez vino mi madre a casa a darme una sorpresa. Me encontró muy ‘colocada’ y acurrucada como un ratoncito en un rincón de la habitación. No recuerdo gran cosa de aquel día, únicamente que ella se quedó hecha polvo. Pero la culpabilidad que sentía no me hizo parar. Durante mi último año, me ingresaron tres veces más por sobredosis. Y a pesar de todo, estaba decidida a aprobar la universidad.

Espoleada por el temor del fracaso, reescribí mi trabajo final cinco veces; me pasaba las noches despierta. Me gradué en 2012, conseguí un empleo a 30 minutos de mi familia y compartí piso con una desconocida. Me gustaba tanto mi trabajo que no quería perderme ni un minuto, pero aparte de eso, mi vida se desmoronaba. Tres años más tarde, mi anorexia era tan grave que mis propios jefes me aconsejaron coger la baja de forma indefinida. Mi madre se convirtió en mi cuidadora a tiempo completo, cocinaba comida que yo me negaba a ingerir, me controlaba la medicación y salía conmigo de paseo. Sentía que mi vida estaba en pausa.

Durante esta época mi doctora empezó a darse cuenta de algo. Llevaba viéndola durante un año y no era como los otros médicos que me habían tratado. Por muy feas que se pusieran las cosas, ella siempre creía que yo tenía fuerza suficiente para superarlas. Con las visitas regulares advirtió que se repetía un patrón: siempre parecía estar en mi peor momento el día antes de que me bajara la regla.

Cómo detectaron mi trastorno disfórico premenstrual (TDPM)

Pensó que podía tener una enfermedad llamada trastorno disfórico premenstrual (TDPM), algo que yo no había oído jamás. Básicamente, es como el síndrome premenstrual (SPM), pero a lo grande, y afecta al 5,5% de las mujeres. De hecho, el 30% de las que lo padecen intentan suicidarse según la Asociación Internacional de Desórdenes Premenstruales. Normalmente, los síntomas empiezan en el momento de la ovulación y se prolongan los primeros días del periodo. Puede llegar a causar ansiedad extrema, psicosis, depresión y, en los casos más graves, una alta agresividad.

A diferencia del SPM, el TDPM es capaz de debilitarte tanto que se resiente todo lo que te rodea (el trabajo, la vida social y las relaciones), hasta tal punto que se vuelve imposible de gestionar durante varios días al mes. La causa no está clara todavía, pero se cree que las mujeres que lo padecen son más sensibles a los cambios hormonales que acompañan al ciclo menstrual.

Al principio pensé que todo esto que me había contado la doctora era una tontería. ¿De verdad podía afectarme tanto el periodo? El caso es que durante todos estos años yo había estado escribiendo un blog sobre mi estado de ánimo y también tenía apuntado en el calendario los días del ciclo menstrual, así que se me ocurrió cruzar estos dos daros. Me quedé helada: cada vez que iba a tener la regla, mi salud mental caía en picado. ¡Coincidía!

Así fue como en 2016, a los 26 años, me diagnosticaron oficialmente TDPM. Pensaron que la progesterona que segregaba me estaba haciendo perder la cabeza, por lo que me inscribieron en un estudio de tres meses de terapia hormonal con estrógenos que inhibía el ciclo menstrual. Ahora sé que es un tratamiento que no funciona en todas las mujeres, pero a mí me fue muy bien. Después, los médicos me indujeron una menopausia temporal. Era una simulación de lo que sería mi día a día si me hicieran una histerectomía y mi cuerpo dejara de producir progesterona de forma natural. Fueron los tres mejores meses de mi vida. No tuve ni un solo momento de bajón.

Incrédula, escribí una lista de deseos, decidida a recuperar todo lo que había perdido, y apunté cosas que para la mayoría eran nimiedades, como tomarme una hamburguesa con mi gente en Planet Hollywood. Hasta pude hacer un viaje de cuatro días a Italia (una de mis grandes ilusiones) con mi mejor amiga. Aunque habíamos planificado la vuelta a casa por si sufría alguna crisis, no hubo ningún imprevisto. Mientras contemplaba la Torre de Pisa en mis primeras vacaciones en cinco años, respiré hondo y en ese instante decidí que no podía volver jamás a mi antigua vida.

Nueva etapa

Una tarde, dos años después del diagnóstico, me dieron una noticia que me costó asumir. La menopausia inducida, que tanta felicidad me había traído, no era una solución a largo plazo, porque privar por completo a tu cuerpo de la progesterona durante mucho tiempo puede provocar un crecimiento anormal de las células. Los médicos me dijeron que debería ir pensando en una histerectomía completa, en la que me extraerían el útero, los ovarios y las trompas de Falopio. Esta era la única opción viable que me quedaba. De camino a casa estuve barajando las opciones: ¿de verdad quería un futuro en el que no pudiera tener hijos propios? Desde pequeña he querido formar una familia. ¿Cómo se sentiría mi madre? Aquella noche, hablando de todo eso con ella, me di cuenta de que si no hacía nada, el trastorno acabaría conmigo, porque me provocaba comportamientos autodestructivos. No quería que mi familia y amigos volvieran a vivir de nuevo las situaciones complicadas del pasado.

Programaron mi operación en una primaveral mañana de mayo. Yo me desperté temprano, llena de fuerza y motivación. Este iba a ser el primer día del resto de mi vida. Aún así, tenía mis dudas: "¿Estaba haciendo lo correcto?¿Y si no funcionaba?". Mis padres me acompañaron junto con un peluche con forma de útero y una capa de Superman que mis amigos me habían regalado para que me diera buena suerte. Llevaba una camiseta que rezaba "Sayonara, ovarios" y de camino al hospital pusimos a todo volumen en el coche ‘Fighter’, de la cantante Christina Aguilera. La intervención duró dos horas y media. Me pusieron la epidural y anestesia general y me hicieron una cirugía laparoscópica. Cuando desperté, estaba totalmente grogui, no sentía las piernas, pero me encontraba feliz de que hubiera pasado todo. Estuve ingresada dos días y me recuperé tan bien que el día que me dieron el alta me fui a un ‘pub’ con mis amigos.

Desde la histerectomía vivo la vida que siempre he querido. Todos los síntomas de mi TDPM han desaparecido. Ahora puedo imaginarme un futuro, tener casa propia e hijos, porque ha desaparecido mi inestabilidad. Congelé mis óvulos, porque me gustaría ser madre en algún momento, tengo muchas ilusiones. Evidentemente, la operación no puede borrar el dolor que he sentido ni devolverme los años que perdí. Sin embargo, el trastorno alimentario que me ha atormentado tanto tiempo ha desaparecido y no me he autolesionado desde la cirugía. La operación me ha liberado. Tengo que someterme a una terapia de reemplazo hormonal de por vida, pero es un precio muy pequeño por haberme devuelto al mundo. Muchas mujeres que sufren este trastorno, lamentablemente, se quitan la vida. Yo podría haber sido una de ellas.

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