La toxicidad de escuchar constantemente el mensaje “no te rindas”

Jennifer Delgado
·6 min de lectura
Perseverar es necesario y loable, pero solo hasta cierto punto. [Foto: Getty Images]
Perseverar es necesario y loable, pero solo hasta cierto punto. [Foto: Getty Images]

No te rindas nunca.

No des ni un paso atrás.

Esfuérzate más.

Estas frases conforman el prontuario de la dictadura del voluntarismo, la dictadura del “sí se puede” – cueste lo que cueste. Y si no podemos, se sobreentiende que somos demasiado perezosos, no nos esforzamos lo suficiente o simplemente somos débiles.

De esa manera, las frases que fueron pensadas para motivarnos y darnos fuerza terminan provocando el efecto contrario: nos llevan hasta la extenuación condenándonos a degustar continuamente el amargo sabor del fracaso.

Quizá la realidad sea menos inspiradora, pero lo cierto es que a veces para avanzar debemos retroceder y para crecer necesitamos aprender a soltar todos esos proyectos, sueños o personas que ya no ocupan un lugar relevante en nuestra vida.

Aferrarnos a metas inalcanzables daña nuestra salud física y psicológica

Nadie pone en duda que la perseverancia es necesaria para superar los obstáculos y que se trata de una cualidad importante e incluso admirable. Los objetivos ambiciosos requieren un compromiso serio y una gran dosis de esfuerzo. El problema comienza cuando nos aferramos a metas inalcanzables o que han perdido su razón de ser por el camino, solo porque pensamos que no debemos rendirnos. En ese momento, renunciar y mirar en otra dirección suele ser una decisión más sabia que obsesionarnos y seguir intentándolo infructuosamente una y otra vez.

Cuando nos empeñamos en alcanzar una meta imposible solemos vivir continuas experiencias de fracaso que terminarán pasándonos factura. Nos condenamos a vivir una variante desoladora del “día de la marmota” que se repite una y otra vez, afectando cada vez más nuestra autoestima y autoeficacia, hasta que terminemos creyendo que no valemos para nada.

Lo peor es que en muchos casos esa perseverancia ni siquiera proviene de una motivación intrínseca sino de la presión social a la que estamos sometidos. Creemos que renunciar es sinónimo de fracasar y que los demás nos juzgarán mal por ello. El miedo al juicio social y al estigma que implica la renuncia se convierte en el motor que dinamiza nuestro comportamiento manteniéndonos atados a metas inalcanzables que ya no significan nada para nosotros.

Las consecuencias de esa tozudez no solo terminan afectándonos psicológicamente, su impacto negativo puede extenderse a nuestra salud, como comprobaron los psicólogos Gregory E Miller y Carsten Wrosch. Ambos analizaron las consecuencias del mensaje “no te rindas” en 90 adolescentes que lidiaron con objetivos inalcanzables a lo largo de un año.

Descubrieron que quienes tenían más dificultades para renunciar a esos objetivos mostraban concentraciones crecientes de proteína C reactiva, una molécula inflamatoria que se encuentra en la base de múltiples enfermedades.

Concluyeron que “cuando las personas se enfrentan a situaciones en las que no pueden alcanzar un objetivo clave en la vida, la respuesta más adaptativa para la salud física y mental puede ser desvincularse de ese objetivo”.

Desistir en el momento adecuado para explorar nuevas oportunidades

"Escoger un camino significa abandonar otros” - Paulo Coelho. [Foto: Getty Images]
"Escoger un camino significa abandonar otros” - Paulo Coelho. [Foto: Getty Images]

La historia de Tina Kiberg puede ayudarnos a comprender mejor la importancia de renunciar a ciertas metas. De pequeña, Kiberg tocaba el violín. Aunque practicaba mucho, no llegó a sobresalir. Un día se dio cuenta de que, por mucho que se esforzara, no llegaría a ser una gran violinista. En cambio, había descubierto su aptitud para el canto. Entonces dejó el violín y comenzó a tomar clases de canto, según cuenta su amigo Lars Hee. Así se convirtió en una cantante de ópera de fama mundial.

Si Kiberg no hubiera renunciado al violín, es probable que hoy fuese una violinista mediocre. Su coraje para darse por vencida, ampliar sus horizontes y detectar su verdadera vocación fue lo que le permitió alcanzar el éxito.

De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Concordia comprobó que la posibilidad de desvincularnos de objetivos inalcanzables se asocia a menos estrés, menos pensamientos intrusivos sobre los problemas personales y la sensación de tener un mayor control sobre nuestra vida. Al contrario, la tendencia a obcecarnos con metas inalcanzables se asoció a un mayor nivel de estrés, más pensamientos negativos indeseados y una menor sensación de control.

Eso significa que existe un momento para perseverar y un momento para desistir. La determinación no significa seguir haciendo tercamente lo que está fallando. No es caernos y levantarnos solo para volver a caer. La determinación implica ser capaces de definir nuestros sueños y metas con suficiente amplitud como para encontrar nuevas formas de perseguirlos y alcanzarlos cuando nuestros planes A y B fracasen. Implica ser lo suficientemente inteligentes y flexibles como para no comprometernos incondicionalmente con un camino cuando sospechamos que es un callejón sin salida.

Necesitamos recordar que generalmente cuando una puerta se cierra, muchas otras se abren. Pero si nos quedamos llamando insistentemente a la puerta cerrada, no podremos aprovechar las puertas abiertas. Si nos aferramos a algo imposible, no solo nos quedaremos atascados, sino que le estaremos cerrando las puertas a las nuevas oportunidades. Debemos tener presente que “escoger un camino significa abandonar otros. Si pretendemos seguir todos los caminos posibles acabaremos no recorriendo ninguno”, como dijera Paulo Coelho.

A veces se necesita más coraje para dejar ir que para aferrarse

Si el mundo cambia constantemente, no hay razón para que nuestras metas permanezcan inmutables. [Foto: Getty Images]
Si el mundo cambia constantemente, no hay razón para que nuestras metas permanezcan inmutables. [Foto: Getty Images]

Saber renunciar en el momento oportuno a determinadas metas, proyectos o personas puede ser una muestra de madurez y sabiduría. De hecho, a veces se necesita más valor para renunciar a algo que para quedarnos aferrados a ello. Admitir que no podemos lograr lo que nos habíamos propuesto después de haber invertido tiempo y esfuerzo puede ser doloroso.

Podemos sufrir la falacia del costo irrecuperable y pensar que tenemos que perseverar solo para no echar por la borda nuestra inversión. No nos damos cuenta de que, si tras múltiples intentos fallidos no hemos llegado a buen punto, lo más sensato es explorar nuevos horizontes e invertir en otras metas. Cuando descubrimos que algo no es para nosotros, podría ser más sensato dejarlo ir. Eso no significa que seamos débiles o conformistas, sino que valoramos en su justa medida nuestro tiempo, energía y recursos - y decidimos invertirlos sabiamente.

Si las circunstancias cambian o somos nosotros los que cambiamos, es probable que el plan que habíamos diseñado deje de ser viable o significativo. Si el mundo cambia continuamente, no hay razón para que nuestros objetivos se mantengan inmutables. Tenemos derecho a revalorar nuestras metas y replantearnos nuestros planes. Tenemos derecho a darnos por vencidos cuando un imposible nos está consumiendo. Tenemos derecho a cambiar de dirección cuando encontramos una meta más significativa o satisfactoria a nivel personal.

No pasa nada por reconocerlo. Reconocer que quizá nos hemos equivocado. O que nos apetece más seguir otro camino. Reconocer que queremos abandonar lo que no funciona para comprometernos con lo que sí podemos alcanzar. No se trata de una excusa para saltar de una meta a otra dejando inacabados todos nuestros proyectos, sino una ocasión para reencauzar nuestra vida cuando después de muchos intentos infructuosos, nuestra meta nos reporta más desdicha que felicidad.

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