Toni Servillo: En la comedia "debemos aceptar también ciertos límites"

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Venecia (Italia), 7 sep (EFE).- A Toni Servillo se le ha visto de mil maneras en cine y teatro. Su último papel es el de un cómico que vivió el primer juicio por derechos de autor en Italia, acusado de plagio por una parodia, un tema que se presta a hablar sobre el humor: "Creo que debemos aceptar también límites", opina en el estreno de "Qui rido io" hoy en el Festival de Venecia.

"Por una parte yo creo que un artista no debe tener límites en su posibilidad de expresión. Por otra, no creo que haya que imaginar que la vida no conoce límites", responde el actor a Efe, ponderando cada palabra, en un encuentro con algunos medios.

Servillo (Nápoles, 1959), conocido en todo el mundo por "La Grande Bellezza" (2014), se mete en la piel del cómico Eduardo Scarpetta (1853-1925) en "Qui rido io", una coproducción italo-española dirigida por Mario Martone que compite por el León de Oro y que rememora la vida poco conocida, obra y ocaso de este volcánico comediante.

En la Nápoles de la "Belle Èpoque" él era el rey de la taquilla. De orígenes humildes, hizo fortuna sobre las tablas e instauró una familia peculiar formada por mujeres, amantes e hijos ilegítimos, entre ellos el famoso dramaturgo Eduardo De Filippo.

Pero su suerte cambió cuando en 1904 osa parodiar "La figlia di Iorio", la tragedia del poeta más idolatrado del momento, Gabriele D'Annunzio, "el profeta", quien le denunciaría por plagio abriendo así el primer proceso por derechos de autor en Italia.

En un momento de la cinta, el filósofo Benedetto Croce explica a Scarpetta que en el tribunal en realidad se dirimirían dos formas de arte: la comedia y el drama.

A lo largo de su carrera en cine y teatro, a Servillo, de 62 años, se le ha visto caracterizado de mil formas, incluso como Silvio Berlusconi en "Loro" (2018), y por eso se antoja oportuno preguntarle sobre los límites de la parodia en la actualidad.

"Por ejemplo creo que imaginar que la posibilidad de reírse de todo sea ilimitada puede representar en el plano educativo también un peligro", apunta sin quitarse las gafas de sol, jugueteando con un puro entre los dedos en medio del trajín del estreno.

El actor cree que la película no habla tanto de los confines del humor, sino del juicio a un hombre que "consideraba justo hacer una parodia de otro hombre famoso sobre todo por su vida llena de oropeles y exhibicionismo", un argumento sin duda más que actual.

"Otra cosa es decir que en la vida se puede reír verdaderamente de todo. No creo que se pueda. Existen ámbitos de la vida en los que se considera que se puede reír de todo, teóricamente se puede hacer, pero yo creo que debemos aceptar también límites", opina.

Porque no hacerlo, a su juicio, "resta a la vida ciertos aspectos de su misterio, sacralidad e importancia".

En cualquier caso, aduce, la comedia también depende "de la inteligencia y del genio de quien la propone". "¿Acaso no se reía Charlie Chaplin de Adolf Hitler en "The Great Dictator" (1940), en los albores de una guerra que asolaría el planeta?".

"En mi opinión no hay que poner límites a la expresión, pero eso no significa que la vida tenga que ser reducida a una burla", zanja.

Servillo está en Venecia por triplicado: además de este papel, vuelve como actor fetiche de Paolo Sorrentino en "È stata la mano di Dio" (Fue la mano de Dios), la aclamada confesión del cineasta sobre sus propios orígenes, su juventud y sus traumas familiares.

Pero también actúa fuera de competición en "Ariaferma", un drama ambientado en una recóndita cárcel dirigida por Leonardo Di Costanzo.

El actor no para de trabajar y recuerda, sin querer ser presuntuoso, que su acto más valiente fue fundar hace más de tres décadas, en la Nápoles de 1987, su compañía "Teatri Uniti" junto a Martone, el director de esta nueva película.

"Nos permitía hacer el teatro y el cine que queríamos, tanto desde el punto de vista de las ideas como del de la producción. Seguir siendo independientes en lo que hacíamos ha sido un acto de coraje que con el tiempo ha valido la pena", asegura.

Porque él nunca aguardó a que le guiaran: "Yo no he esperado a que un agente me dijera que debía hacer o a que propusiera. Siempre ideé qué debía hacer y lo propuse con todas mis fuerzas, tanto en el teatro como en el cine", subraya.

Gonzalo Sánchez

(c) Agencia EFE

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