La regla de oro para dejar de tomarnos cualquier cosa como un ataque personal

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Todas las experiencias que vivimos son personales, pero no todas son trascendentes. [Foto: Getty Images]
Todas las experiencias que vivimos son personales, pero no todas son trascendentes. [Foto: Getty Images]

 

Tomarse las cosas demasiado a pecho es el camino más directo hacia la insatisfacción vital. Sin embargo, a veces que no podemos evitarlo. Le damos vueltas y vueltas en nuestra mente a una frase ácida que alguien dejó caer en medio de la conversación, nos obsesionamos con una mirada despectiva, nos torturamos con una crítica malintencionada o nos castigamos hasta la saciedad por un pequeño error que hemos cometido.

No faltará quienes nos digan que no debemos tomárnoslo como algo personal, pero lo cierto es que todas las experiencias que vivimos son personales, desde la más trivial hasta la más trascendental. Pretender que no lo sean es una quimera. Sin embargo, el hecho de que una experiencia sea personal no significa que sea tan importante o trascendental como para quedarnos rumiando sobre ella durante días enteros.

Todo sería más fácil si aprendiéramos a no tomarnos las cosas tan a pecho. De esa manera nadie tendría tanto poder sobre nosotros como para “secuestrar” nuestro pensamiento. Experimentaríamos más armonía y paz interior, la cual se reflejaría en las relaciones con los demás y con nosotros mismos. Y podríamos redirigir a cosas más positivas toda esa energía que dedicamos a rumiar.

Una mente secuestrada por un ego herido

Un ego herido se convierte en un detective que analiza pistas insignificantes en busca de significados trascendentes. [Foto: Getty Images]
Un ego herido se convierte en un detective que analiza pistas insignificantes en busca de significados trascendentes. [Foto: Getty Images]

Todas las cosas no nos afectan igual. Todo lo que nos sucede no tiene la misma repercusión emocional y, por ende, el mismo poder para desencadenar pensamientos recurrentes. Es más probable que nos tomemos a pecho las cosas que tocan nuestros puntos sensibles y sacan a flote nuestras inseguridades.

De hecho, las críticas, los comentarios y los errores que más suelen afectarnos son aquellos que se refieren de alguna forma a nuestros defectos, debilidades o áreas en las que no nos sentimos particularmente cómodos. Cuando entramos en un terreno en el que nos sentimos inseguros, nos ponemos a la defensiva y buscamos pistas de una posible agresión. Esa actitud nos lleva a amplificar el impacto de una frase, una mirada o un simple gesto, buscándole significados ocultos.

Por ejemplo, si no nos sentimos cómodos con algún aspecto de nuestro físico, es más probable que pensemos que un grupo de personas se está riendo de nosotros o que malinterpretemos determinados comentarios asumiéndolos como un ataque personal.

En esos casos, nuestro “ego” herido reacciona. El ego no quiere sentirse criticado o menospreciado, quiere ser reconocido y tener razón. Por eso, cuando se siente atacado reacciona tomando el control.

Un ego herido termina siendo agotador porque se convierte en una especie de “detective” que trabaja 24/7 analizando todos los detalles, palabras, gestos y secuencias del evento para intentar descubrir significados ocultos. Nos arrastra en un bucle negativo de conjeturas que no solo nos hace sentir mal, sino que también resta recursos cognitivos a otras tareas. Cuando le damos vueltas a algo, no podemos prestar atención a nada más. Nos obsesionamos y nuestro desempeño se resiente.

Por supuesto, también hay personalidades más propensas a tomárselo todo a pecho. La hipersensibilidad va de la mano del perfeccionismo. Podemos tomarnos las cosas demasiado a pecho porque nos esforzamos por parecer impecables o tener un desempeño excelente, de manera que la más mínima metedura de pata o amago de crítica nos hace entrar en crisis y desencadena esos pensamientos negativos en bucle.

En otros casos, la tendencia a tomarnos cualquier cosa como un ataque personal se debe a un problema de autoestima. Si creemos que no valemos lo suficiente y no nos estimamos, buscaremos pistas externas que confirmen la imagen que tenemos de nosotros mismos. Así terminamos dándole vueltas a lo que nos dicen los demás o a los errores que cometemos, exagerando sus consecuencias y distorsionando sus significados.

Las 3 reglas de oro para dejar de tomarnos las cosas tan a pecho

La vida ya es bastante compleja, no hay necesidad de añadirle más tensión y preocupaciones dándole vueltas a detalles intrascendentes. [Foto: Getty Images]
La vida ya es bastante compleja, no hay necesidad de añadirle más tensión y preocupaciones dándole vueltas a detalles intrascendentes. [Foto: Getty Images]

1. Abandonar la postura autorreferencial

En cierta medida, todos somos autorreferenciales. Lo demuestra un curioso experimento realizado en la Universidad de Cornell. Estos psicólogos pidieron a un grupo de personas que usaran una camiseta con una imagen que les avergonzaba. Luego debían estimar cuánta gente se había fijado en su camiseta.

Obviamente, los participantes afirmaron que muchas personas se habían fijado en ellos, pero realmente no fue así. De hecho, la mayoría había pasado completamente desapercibidos. Víctimas de esa postura autorreferencial, tenemos la tendencia a creer que somos el centro del universo y que todo lo que sucede tiene que ver con nosotros.

Creemos que todo el mundo habla de nosotros. Si alguien ríe, creemos que se burla de nosotros. Si hace un comentario impersonal, asumimos que somos la diana. Si tenemos un pequeño contratiempo, creemos que el mundo conspira en nuestra contra. ¡No es así!

Darnos cuenta de que somos mucho menos importantes de lo que pensamos nos ayudará a comprender que el mundo no gira a nuestro alrededor. Necesitamos calmar nuestro ego asumiendo una perspectiva más racional y desapegada en la que reequilibremos nuestra importancia en los entornos donde nos movemos. Así dejaremos de dar vueltas a las cosas que no tienen que ver directamente con nosotros o sobre las que no vale la pena detenerse.

2. Reírse más de uno mismo

El humor es un excelente compañero de viaje. No solo nos ayuda a afrontar la adversidad, sino que también nos permite restarnos importancia para calmar ese ego que reclama atención constantemente. Reírnos de nosotros mismos y de nuestras inseguridades es la mejor estrategia para salir de una situación tensa y evitar darle demasiadas vueltas a un asunto que no lo merece.

No es casual que investigadores de la Universidad de Granada hayan constatado que las personas capaces de reírse de sí mismas muestran mayores niveles de bienestar emocional y se enfadan mucho menos. La risa es un bálsamo para el alma porque aligera las preocupaciones y desdramatiza los problemas.

Por tanto, se trata de aprender a reírnos de nuestra vergüenza, en lugar de sentirnos amenazados por ella. Aprender a encajar las críticas con humor, en vez de sentirnos atacados. Ser capaces de reconocer el absurdo en las situaciones que antes nos preocupaban. Se trata, en definitiva, de inyectar un poco de humor en las situaciones.

Esa actitud aliviará la tensión y evitará que nuestro ego se sienta atacado. La risa nos ayudará a adoptar la distancia psicológica necesaria para reformular lo que está ocurriendo y no tomárnoslo tan a pecho. Además, nos permitirá prevenir o aliviar los sentimientos negativos que activan las rumiaciones, como la vergüenza o la sensación de incapacidad e insuficiencia, de manera que podremos liberarnos de su influjo malsano.

3. Dar a cada cosa la importancia que merece

Nada parece tan importante como cuando estamos sumergidos en ello. Sin embargo, si queremos dejar de tomarnos las cosas demasiado a pecho tenemos que aprender a relativizar la trascendencia. No podemos revestir de una dimensión relevante y existencial todo lo que nos sucede porque así solo lograremos preocuparnos en exceso, añadiendo una tensión y una angustia completamente innecesarias.

En la vida, hay cosas trascendentes, aquellas que realmente nos importan. Y hay cosas intrascendentes, que son la inmensa mayoría. Dar a cada cosa su justa importancia - ni más ni menos - nos ayudará a equilibrar nuestra vida y tener claras nuestras prioridades para no malgastar una energía valiosísima en detalles que no solo no nos aportan nada, sino que nos restan.

Un ejercicio psicológico sencillo para dar a cada suceso la importancia que merece, en vez de permitir que “colonice” nuestra mente, consiste en preguntarnos: ¿me seguirá preocupando el mes próximo o el año que viene? Probablemente no.

Cuando restamos trascendencia a las cosas le quitamos tensión a la vida. La vida ya es bastante compleja y dolorosa en sí. Entonces, ¿por qué empeñarnos en llenarla de detalles intrascendentes a los que les damos una importancia desmesurada?

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