La habilidad indispensable para no ceder ante las presiones de los demás

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“Los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas” – Virginia Woolf [Foto: Getty Images]
“Los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas” – Virginia Woolf [Foto: Getty Images]

Todos tienen una opinión.

Todos tienen expectativas sobre nosotros.

Todos tienen algo que decir.

Esas opiniones, expectativas y críticas no suelen caer en saco roto. Hacen resonancia en nuestro interior y pueden empujarnos en una dirección que quizá no habríamos elegido libremente. A veces la presión social - que proviene fundamentalmente de las personas más cercanas, aunque también emana de meros conocidos o incluso de completos desconocidos - nos conduce a traicionarnos a nosotros mismos.

Nos traicionamos cuando renunciamos a nuestros sueños. Cuando nos relegamos indefinidamente a un segundo plano. Cuando nos volvemos sordos a nuestros deseos, necesidades y aspiraciones. Nos traicionamos cuando hacemos algo que va en contra de nuestros valores y principios. Cuando nos forzamos a tomar decisiones que violan nuestra esencia.

El precio a pagar para no decepcionar a los demás suele ser decepcionarse a uno mismo. Por eso, el mayor logro en un mundo que está intentando constantemente que seas alguien diferente, es ser tú mismo, parafraseando a Ralph Waldo Emerson. Y para lograrlo necesitas desarrollar una habilidad indispensable: la tolerancia a la tensión interpersonal.

Tolerancia a la tensión interpersonal, el antídoto para las críticas y las presiones

La tolerancia a la tensión interpersonal nos permite mantenernos firmes en nuestra postura. [Foto: Getty Images]
La tolerancia a la tensión interpersonal nos permite mantenernos firmes en nuestra postura. [Foto: Getty Images]

Las relaciones interpersonales son una de nuestras mayores fuentes de estrés. Y no es para menos. Toda relación entre dos personas implica la confluencia de necesidades e intereses diferentes. Cuando cada quien intenta llevar el agua a su molino, es normal que se produzca cierto nivel de tensión.

Los padres suelen tener actitudes posesivas hacia sus hijos mientras estos luchan por independizarse. Los clientes suelen presionar para obtener el precio más bajo mientras los proveedores intentan cobrar más. Esas discrepancias suelen generar tensión.

El problema comienza cuando no somos capaces de soportar esa presión interpersonal y terminamos cediendo a los deseos y necesidades de los demás, anteponiéndolos continuamente a los nuestros. Cuando nos sentimos “acorralados”, ceder puede parecer la mejor alternativa porque libera inmediatamente la tensión que se respira en el aire, pero a la larga no suele ser una buena alternativa.

Cuando las personas nos presionan y cedemos constantemente, suelen instaurarse relaciones de sumisión y/o manipulación que terminan generando una gran insatisfacción vital. Los demás pueden pensar que somos personas estupendas porque siempre estamos dispuestos a ceder, pero lo que realmente ocurre es que no somos capaces de defendernos. Eso termina pasándonos factura.

De hecho, el estrés interpersonal se ha relacionado con niveles más altos de depresión y ansiedad, problemas de abuso de sustancias e incluso con una mayor ideación suicida. Esa tensión interpersonal no solo nos afecta a nivel psicológico. Investigadores de la Universidad de California apreciaron una conexión con la proteína C reactiva y la inflamación, lo cual significa que, si no aprendemos lidiar adecuadamente con las tensiones interpersonales, esas relaciones pueden desencadenar enfermedades psicosomáticas.

La tolerancia a la tensión interpersonal es la habilidad que nos permite mantenernos firmes, aunque los demás nos presionen para que cambiemos de idea o tomemos otra decisión. Esta habilidad nos permite sentirnos relativamente cómodos a pesar de esa tensión que flota en el aire, de manera que no sentimos la necesidad imperiosa de ceder.

La tolerancia a la tensión interpersonal no solo nos ayuda a mantener el rumbo que hemos tomado, sino que también actúa como una especie de escudo que nos protege de la enorme culpa que podemos experimentar cuando sentimos que estamos decepcionando a los demás. Por tanto, es una habilidad esencial para reafirmar nuestra identidad personal y profesional, así como para lidiar con quienes intentan manipularnos o aquellos que siempre juegan las cartas de la presión y la crítica.

¿Cómo se desarrolla? Fundamentalmente aprendiendo a decepcionar a los demás a través de la gestión de las expectativas y realizando un trabajo interior que nos permita ganar seguridad en nosotros mismos y en nuestras decisiones.

Aprender a decepcionar a los demás

No decepcionan las personas sino las expectativas que teníamos sobre ellas. [Foto: Getty Images]
No decepcionan las personas sino las expectativas que teníamos sobre ellas. [Foto: Getty Images]

La tolerancia a la tensión interpersonal se desarrolla aprendiendo a decepcionar a los demás, aprendiendo a soportar estoicamente reproches como “no esperaba esto de ti”, “creía que eras una ‘buena persona’” o “así me pagas todo lo que he hecho por ti”.

Por supuesto, al inicio esos reproches duelen. Pero debemos aprender a aguantar los embates de las emociones desagradables que nos inundan cuando los demás nos critican o nos echan en cara nuestro comportamiento. La tolerancia a la tensión interpersonal se va entrenando, de manera que esos reproches nos dolerán cada vez menos.

No dolerán menos porque nos volvamos insensibles, sino porque nos daremos cuenta de que en realidad no decepcionan las personas, sino las expectativas sobre ellas. De hecho, para desarrollar la tolerancia a la presión interpersonal nos ayudará ver esas tensiones como un choque de expectativas.

Las personas que nos rodean, desde nuestros padres e hijos hasta nuestra pareja, amigos y colegas del trabajo, tienen expectativas sobre nosotros, sobre nuestros comportamientos y decisiones. A menudo esas expectativas son irreales. Es decir, parten de cómo desean que seamos, no de cómo somos realmente. Parten de lo que ellos quieren, no de lo que nosotros queremos. Parten de su concepción del mundo, no de la nuestra.

Eso significa que muchas de las expectativas que los demás alimentan sobre nosotros son desajustadas y egoístas. Son desajustadas porque no tienen en cuenta nuestra realidad psicológica y egoístas porque suponen que debemos hacer y pensar lo que ellos quieren.

Por eso, la tolerancia a la tensión interpersonal pasa por ser capaces de gestionar las expectativas ajenas. Los demás deben comprender que existe una brecha entre lo que somos y lo que ellos esperan que seamos. Entre nuestras necesidades, aspiraciones, deseos y valores y los suyos. Por tanto, no pueden tener voto en nuestras decisiones vitales más trascendentales.

Obviamente, romper las expectativas ajenas causa dolor y frustración en ambos bandos. Pero la alternativa en las encrucijadas vitales suele ser: decepcionar a los demás o decepcionarnos a nosotros mismos.

Los 3 pasos psicológicos que todos necesitamos dar en la vida

“Preocúpate por lo que otras personas piensen, y siempre serás su prisionero” – Lao Tzu [Foto: Getty Images]
“Preocúpate por lo que otras personas piensen, y siempre serás su prisionero” – Lao Tzu [Foto: Getty Images]

Cuando se producen situaciones conflictivas en las que median intereses opuestos, lo más fácil suele ser distanciarse de la persona, pero no podemos huir eternamente de las tensiones interpersonales porque están por doquier.

Psicólogos de la Universidad de Kioto constataron que las estrategias de evitación dirigidas a interrumpir o disolver una relación estresante - evitando el contacto con la persona o ignorándola - a menudo conduce a problemas psicológicos y físicos. En la vida, siempre habrá personas que opinen, critiquen y presionen, por lo que no queda más remedio que realizar un trabajo interior que nos blinde ante esa tensión.

El primer paso es asumir que, hagamos lo que hagamos, siempre habrá personas a las que no les guste o que no estén de acuerdo. Nunca podremos satisfacer a todos. Por tanto, suele ser mejor mantenerse fiel a uno mismo.

Y eso significa desembarazarse de la sensación de culpa que nos atenaza cuando no cumplimos con lo que los demás esperan de nosotros. La culpabilidad puede llegar a ser altamente paralizante, manteniéndonos atados a situaciones que nos hacen profundamente infelices solo para no contrariar o decepcionar a los demás. 

Por consiguiente, el segundo paso consiste en comprender que nuestras decisiones son solo nuestras. Una cosa es escuchar las opiniones de los demás, y otra es acatar sus decisiones sobre nuestra vida. Hay decisiones vitales en las que no cabe el debate y mucho menos las presiones.

Si nos sentimos acusados porque los demás se arrojan el derecho de juzgarnos y decidir lo que está bien o mal, no estamos obligados a quedarnos sentados en el banquillo de los acusados esperando el veredicto. ¡Podemos levantarnos!

Para levantarnos necesitamos comprender qué nos impulsa a contentar a los demás y ceder cuando nos presionan. En muchos casos se debe al miedo. Puede ser el miedo a dañar la relación, a esa incómoda sensación de que le estamos fallando a alguien o a la idea de que estamos haciendo “lo correcto”, según ellos. 

Por tanto, el tercer paso consiste en desterrar el miedo a las opiniones ajenas. Como dijera Lao Tzu, “preocúpate por lo que otras personas piensen y siempre serás su prisionero”. Cuando no necesitamos la validación externa porque sabemos lo que valemos y tenemos claro lo que queremos, nos convertimos en personas capaces de soportar la tensión interpersonal sin ceder terreno. Dejamos de ser vulnerables a ese chantaje emocional y retomamos las riendas de nuestra vida.

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