Los 3 tipos de indirectas que más daño causan

Las indirectas son dardos envenenados que pueden causar mucho daño. [Foto: Getty]

Todos hemos recurrido a las indirectas en alguna ocasión. Quizá en momentos en los que no podíamos expresar abiertamente nuestra opinión o simplemente para no presionar demasiado a otra persona, dejándole una puerta abierta si no quería abordar el asunto.

Sin embargo, cuando las indirectas pasan a formar parte del discurso cotidiano, cuando se convierten en la estrategia para “afrontar” los conflictos, tendremos un problema mayúsculo porque crearán nuevas dificultades dejando a su paso un rastro de desconcierto, tensión y malestar.

La hostilidad indirecta conduce al callejón sin salida de la frustración

Las indirectas son una forma de incomunicación que acrecienta los conflictos. [Foto: Getty]

Las indirectas forman parte de un juego de manipulación psicológica en el que cuenta más lo que no se dice que lo que se pone en palabras, lo que se esconde que lo que se deja al descubierto. Las múltiples interpretaciones posibles generan confusión haciendo que la persona se pregunte: “¿Qué habrá querido decir?” “¿Se sentirá dolido/a?” “¿Habré dicho o hecho algo inadecuado?”.

Este tipo de comunicación en realidad es una forma de incomunicación que deja a la víctima en una especie de marisma mental sugiriéndole que ha hecho algo mal, pero sin precisar exactamente qué. De hecho, las indirectas rara vez resuelven un problema, más bien generan culpabilidad. Y cuando se acompañan de gestos de desprecio, poses agresivas y/o silencios ensordecedores – algo bastante habitual – pueden convertirse en una forma sutil de maltrato psicológico.

Las indirectas causan tanto daño que un estudio realizado en la Universidad Estatal de Florida concluyó que la hostilidad indirecta puede ser más destructiva que la hostilidad directa cuando es necesario resolver problemas y conflictos en la pareja. La hostilidad directa, entendida como responsabilizar a la pareja por un problema y exigirle que cambie, puede contribuir a resolver el conflicto porque transmite abiertamente una demanda y anima al otro a tomar medidas para satisfacerla.

La hostilidad indirecta, sin embargo, fue perjudicial para todas las parejas analizadas porque hacía sentir culpable al otro sin saber exactamente por qué y sin brindar un camino claro para cambiar. La hostilidad y la tensión que generan las indirectas son un callejón sin salida que aumenta la frustración, haciendo que los demás asuman una actitud defensiva que terminará dando al traste con toda posibilidad de entendimiento.

Los sentimientos que se esconden tras los diferentes tipos de indirectas

Las indirectas no son una forma de comunicarse madura ni eficaz. [Foto: Getty]


Las indirectas suelen ser el arma preferida de las personas pasivo-agresivas, personas que recurren a insultos velados y dispersan culpas en el ambiente cuando las cosas no van como esperaban. Sus indirectas no son dardos disparados al azar, sino más bien misiles teledirigidos llenos de hostilidad que suelen hacer diana en sus víctimas provocando sentimientos de culpa, frustración e ira.

1. Constatación culpabilizadora

Estas indirectas tienen como objetivo controlar y manipular a la víctima, generalmente haciendo leva en su sentido de la responsabilidad o generando culpa. Una persona resentida porque no la invitamos a una cena podría decirnos: “Alguien se divertido mucho sin mí, ¿verdad?” Así logrará que nos sintamos mal, nos deshagamos en disculpas e intentemos compensarle por todos los medios posibles. De hecho, este tipo de indirectas esconden frustración o decepción, pero en vez de expresar esos sentimientos asertivamente, la persona proyecta esos estados negativos en el otro, para hacerle sentir culpable.

2. Indiferencia castigadora

Este tipo de indirectas juegan con el silencio y la indiferencia para crear tensión en el ambiente, culpando al otro sin decir ni una palabra o recurriendo únicamente a monosílabos. Las palabras ceden protagonismo a los hechos: portazos, ruidos de platos y miradas retorcidas que denotan una gran molestia y están cargadas de despecho, ira contenida y hasta desprecio. Si sospechamos que ocurre algo y preguntamos “¿Qué te pasa?”, todo lo que recibiremos será un rotundo: “Nada”. Estas indirectas instauran un ambiente de frialdad emocional que genera una gran distancia psicológica, por lo que pueden llegar a ser extremadamente dañinas, haciendo que la otra persona se sienta sola, incomprendida y apartada, por lo que son la estrategia más eficaz para agravar los problemas.

3. Reclamo incompleto

Este tipo de indirectas suele ser más bien un reclamo de atención al que se recurre cuando la persona se siente vulnerable pero no está dispuesta a perdonar. La persona no dice directamente lo que ha sucedido, pero es muy clara respecto a su estado de ánimo. Deja caer frases “al azar”, cual pistas de un juego detectivesco, para que todos se pregunten qué ha pasado. En un grupo de amigos, la persona dirá: “Me siento muy decepcionado/a”, pero cuando le pregunten qué le pasa, se cerrará en banda y no dirá ni una palabra más. Así teje acusaciones en el aire, culpando a todos y cada uno, pero sin señalar directamente a nadie, jugando el papel de víctima mientras los demás se sienten culpables sin saber muy bien por qué.

¿Cómo protegerse de las indirectas en 2 pasos?

No podemos evitar ser blanco de las indirectas, pero podemos protegernos de su influjo. [Foto: Getty]

1. Elegir responder en vez de reaccionar. El primer paso para protegernos de los daños que pueden causar las indirectas consiste en frenar nuestro primer impulso. Nuestro cerebro tiene la tendencia a llenar los espacios vacíos y, si no tiene suficiente información, la inventará. Eso nos puede conducir a sacar conclusiones precipitadas sobre la indirecta, conclusiones que pueden hacer que nos enfademos, frustremos o sintamos culpables. Por eso, por muy envenenada que nos parezca la indirecta que nos han lanzado, necesitamos frenar nuestra tendencia a elucubrar. Debemos tener presente que no podemos evitar ser blanco de las indirectas, pero podemos protegernos de su influjo malsano.

2. Demandar una comunicación clara. El segundo paso para gestionar una indirecta consiste en exigir una comunicación clara y asertiva. En vez de saltar directamente a conclusiones – que pueden ser erróneas - si el mensaje no nos ha parecido claro, es mejor preguntar de manera amable qué nos están queriendo decir exactamente. En ese caso nos encontraremos ante dos escenarios: la persona puede dar marcha atrás y restarle importancia al asunto o puede expresar su malestar. Si decide explicarnos por qué se ha enfadado o decepcionado, es importante que seamos capaces de ir un paso más allá y le preguntemos qué soluciones propone para el problema. Quejarse puede ser catártico, pero después debemos hacer algo para asegurarnos de que la situación que generó el malestar no vuelva a repetirse.