The Goldfinch, oasis de buen cine a la antigua entre tanto cañonazo de verano

Foto cortesía Warner Bros./Amazon Studios

Por Miguel Cane

Basada en la novela ganadora del premio Pulitzer escrita por Donna Tartt, The Goldfinch, la más reciente película del director John Crowley (Brooklyn), con Ansel Elgort (Baby Driver) y Nicole Kidman, pertenece a una categoría de filmes que son menos frecuentes en esta época, pero fueron muy populares en los 70 y 80, como Sophie’s Choice, The Exorcist, The Color Purple o Terms of Endearment, adaptaciones de alta calidad de libros exitosos dirigidas a un público más adulto.

Lo que ahora se conoce como películas de estudio “de la vieja escuela”, a diferencia de lo que en su mayor parte se estrena, no tienen intención de crear o continuar una franquicia, fortalecer las ventas de una marca de juguetes o romper récords de taquilla. No giran en torno a “universos” de superhéroes, ni tienen secuelas o remakes en el futuro.

De hecho, este tipo de cintas son cada vez más escasas porque el público al que están dirigidas se ha alejado del cine. Las opciones de Video On Demand y entretenimiento en streaming como Netflix o Hulu han transformado la distribución y producción de películas de este estilo, como fue el caso de Roma o The Irishman, de Martin Scorsese, que se estrenará pronto. Sin ir más lejos, The Goldfinch, fue financiada tanto por Warner Bros. como por Amazon (a cambio de los derechos de transmisión en plataforma digital), y su llegada a la pantalla no es la de un gran blockbuster, pero tiene algo qué ofrecer al espectador que apuesta por algo diferente en la cartelera comercial.

LEER | Years and Years: la profecía terrorífica y magistral de todo lo que hacemos hoy

Plasmada con el extraordinario ojo fotográfico de Roger Deakins (ganador de un Oscar por su impresionante trabajo visual en Blade Runner 2049) la película abre en una habitación de hotel en Amsterdam durante la época navideña; Theo Decker lleva días encerrado entre esas cuatro paredes, bebiendo vodka y atormentado por sus recuerdos. ¿Qué hizo para estar en una situación así? Para él todo empezó unos diez años atrás, con un atentado en el Metropolitan Museum de Nueva York, donde su madre muere y él – interpretado en flashbacks por Oakes Fegley, que protagonizó Pete’s Dragon para Disney – queda vinculado con la imagen de un jilguero de plumas doradas, un cuadro espléndido (que realmente existe) pintado por el gran maestro Fabritius en el siglo XVIII que desapareció entre el polvo y los escombros.

La tragedia – que algunos han asociado con la traumática experiencia estadounidense del 11/9 - cambia por completo el curso de la vida de Theo, un joven sensible y ávido de afecto (su padre había abandonado a la familia y su madre era su mundo), solo de repente en un mundo hostil; así pasa por una odisea de dolor y culpa, reinvención y redención, e incluso amor y el espectador es su acompañante.

Foto cortesía Warner Bros./Amazon Studios

The Goldfinch es una rareza que resulta casi anacrónica en una época de event movies, efectos especiales y franquicias. Las reacciones de los críticos en el pasado Festival de Cine de Toronto fueron polarizadas; donde algunos apreciaron esta vuelta a un drama sutil y sobrio, otros la encontraron bella – la realización se hizo con esmero por parte de Crowley y Deakins- pero fría o inerte, y en algunos casos, resultaron excesivas ante lo que no pretende ser otra cosa más que una película a la antigua, que se atreve a desafiar, sin estridencias o pirotecnia, las convenciones del cine actual.

Aunque no es perfecta – adaptar una novela con una estructura tan compleja y un lenguaje alegórico, como es la obra de Tartt no es fácil, y se trata de una adaptación bastante fiel en 150 minutos de duración, que no se sienten tediosos – la película funciona en varios niveles: Es un pulcro y emotivo estudio de personaje, una reflexión sobre los efectos de la violencia repentina en nuestra actualidad y cómo una persona enfrenta esa pérdida y las otras curvas que su vida le arroja a medida que madura hasta convertirse en un hombre que, aún muerto de miedo, debe enfrentar las consecuencias de sus actos para dejar las sombras de su vida.

LEER | La traición de Tarantino a Sharon Tate en Once upon a time in... Hollywood

Con una interpretación sutil y contenida, Nicole Kidman ofrece soporte sólido e impecable a los dos jóvenes que encarnan a Theo en distintas etapas. Su personaje, Mrs. Barbour, es una socialité de Park Avenue, madre de un amigo de infancia de Theo, que le brinda refugio después del incidente en el museo. Bajo una superficie aparentemente imperturbable, Kidman domina sus escenas con aplomo y elegancia; un gesto suyo puede decir mucho más que todo un monólogo.

Quizá una de las fallas de Crowley en la dirección – y esto ya le había ocurrido con algunas escenas en Brooklyn – es que, para mostrar que nuestro personaje en algún momento no pertenece a su entorno, recurre a ciertos gestos exagerados para subrayar el punto; esta vez lo hace con los personajes de Finn Wolfhard (de los populares chicos de Stranger Things) y (lamentablemente) la estupenda Sarah Paulson (American Horror Story), mostrándolos algo caricaturizados; el primero con un falso acento ucraniano y a la segunda como el estereotipo de una rubia tonta. Ambos actores son infinitamente mejores que los resultados que muestran, pero esto es claramente problema de dirección.

Foto cortesía Warner Bros./Amazon Studios

Sin embargo, en Ansel Elgort, que ha ido creciendo como actor en cada filme que ha realizado desde su debut en Carrie (2013), se ve un trabajo más empático, y como lo hiciera anteriormente con Saoirse Ronan, Crowley consigue una interpretación entrañable tanto de él como de Oakes Fegley, que en sus escenas con Miss Kidman o con Jeffrey Wright (007: Skyfall), que encarna a James “Hobie” Hobart, el anticuario que se convierte en su amigo y mentor a raíz de la tragedia, es deslumbrante.

Donde la película titubea un poco es en su tercer acto, cuando Theo adulto, trata de recuperar el control de su vida, pero solo se hunde más en una espiral que lo puede llevar nuevamente al peligro. Estos tropezones no se deben al trabajo del actor The Fault in Our Stars, que ha ido madurando a paso firme (da curiosidad lo que hará con Spielberg en su versión de West Side Story, para 2020) sino a que en su adaptación, el guionista Peter Straughan (nominado al Oscar por Tinker, Tailor, Soldier, Spy) trata de hilvanar todos los elementos de la última parte de la novela (que en sí consta de 750 páginas) y la narrativa en tiempo presente se siente a veces apresurada o confusa, además que el lenguaje poético y rico en metáforas de Miss Tartt a veces es difícil de plasmar en imágenes.

LEER | Matrix 4, la prueba de fuego para un culto llamado Keanu Reeves

Es en su primera mitad que la película brilla más, centrándose en la interacción de Theo con su familia adoptiva, la construcción de su relación con Hobie, y los detalles de la vida cuando cambia abruptamente de escenario, siendo llevado a Las Vegas por su padre cruel y mediocre (Luke Wilson, muy lejos de su gran trabajo en The Royal Tenenbaums, lástima).

En estas escenas, y pese a su acento irritante, Finn Wolfhard está muy bien como Boris, un adolescente emigrante ucraniano que se convierte en el mejor amigo de Theo en un momento de soledad y desesperación. Él, junto con Wright y Kidman, son los personajes de soporte más efectivos de la película.

La cinematografía maravillosamente íntima cortesía de Roger Deakins ayuda a que la cinta tenga una atmósfera y estética particulares. Es muy difícil no perderse en su belleza y atención al detalle. A través de su lente, The Goldfinch invita al espectador a moverse, sí, como por una galería de arte mientras dosifica el ritmo y cuenta su historia, revelando sus capas, a su propio paso, y este no necesariamente coincide con los giros vertiginosos de otras cintas actuales.

Foto cortesía Warner Bros./Amazon Studios

Si los espectadores queremos más películas sobrias y adultas como The Goldfinch o The Laundromat (de Steven Soderbergh, con Meryl Streep), habrá que estar dispuestos a aceptar que obviamente estas no serán tan emocionantes como un thriller de acción de alto presupuesto (como la saga Fast & Furious) o hechas para fans como las películas de superhéroes de Marvel/DC o de la saga Star Wars. Habrá que perdonar la ausencia de escenas post-créditos, efectos GCI, chistes de pedos y caca (la especialidad de Adam Sandler, otro refugiado en plataformas digitales), la construcción de toda una trama solo para conducirnos a la inevitable secuelas o la obligatoria biopic en que se interpreta a un ícono de la cultura pop (véase la mediocre pero taquillera y premiada Bohemian Rhapsody).

Una película como The Goldfinch es “una película nomás”, eso sí, bien actuada, generosamente escenificada y producida, que, como una buena copa de vino, pasa bien por el paladar y evita, a diferencia de otras cintas, meter a la fuerza un mensaje políticamente correcto; es un ejercicio noble de ficción narrativa, una trama de personajes, de belleza, en una época en la que esto es quizás la desventaja comercial y de crítica más grave que una película de estudio puede tener.

Aún con sus muchos méritos, The Goldfinch no es una obra maestra, y quizá no llegue a la carrera por los Oscar; en todo caso, quizá – aunque sería sorprendente si ocurre- solo cuente con honrosas nominaciones a Nicole Kidman y Jeffrey Wright en el rubro de actores de soporte, a Deakins en fotografía y a Trevor Gurekis por su notable banda sonora original.

Pero esas posibles nominaciones serían en sí suficiente premio.

La cinta tiene defectos; algunos problemas de ritmo y dirección, y puede que el desenlace, que trata de ser fiel al libro (aunque se siente fatigado y casi abrupto), no guste a los espectadores que prefieran finales concisos o sin cabos sueltos. Pero también tiene cosas muy bellas, tanto en imagen como en sonido, y ver crecer a Fegley y Elgort como actores, en un mismo rol, el roto, vulnerable y entrañable Theo, al que seguimos a lo largo de su viaje, es en sí una recompensa, así como las miradas significativas de Mrs. Barbour o la presencia cálida y estoica de tótem bueno que ofrece Hobie.

The Goldfinch seguramente no será el éxito de taquilla que suele exigir Hollywood, y las críticas que recibió en Toronto no son de gran ayuda, pero no lo necesita. Lo que consigue, es recordarnos que hay un cine mainstream más allá de los grandes espectáculos, más cercano a los sentimientos que a las explosiones (aunque sea precisamente una la que da pie a la trama).


—————

Mi cuenta en Twitter

@AliasCane