Cómo poner freno a los terroristas emocionales que solo siembran miedo en tu vida

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A lo largo de la vida encontramos muchas personas. Algunas se convierten en un apoyo sólido sustentándonos en los momentos difíciles, inspirándonos, contagiándonos su entusiasmo, dándonos fuerza e insuflándonos la confianza necesaria para emprender nuevos proyectos. Otras se dedican a sembrar el miedo y las dudas imaginando los peores escenarios. Así terminan contagiándonos su pesimismo y aprensión, haciendo que veamos el mundo más gris. Esas personas se comportan como auténticos “terroristas emocionales” y pueden hacernos desistir de nuestros sueños.

Los "terroristas emocionales" siembran dudas, inseguridades e incertidumbre a su paso. [Foto: Getty Images]
Los "terroristas emocionales" siembran dudas, inseguridades e incertidumbre a su paso. [Foto: Getty Images]

 

Una visión impregnada de peligros e inseguridades

Hay personas proactivas que buscan soluciones para los problemas y hay quienes buscan problemas para cada solución. Quienes se comportan como “terroristas emocionales” suelen tener una visión pesimista de la vida, ven obstáculos insuperables por doquier y son expertos en amplificar los riesgos.

Su lista de inconvenientes y peligros siempre supera con creces la lista de las ventajas y oportunidades. Si les contamos una idea original o un proyecto que nos ilusiona, se encargarán de sembrar miedo, inseguridad y ansiedad con frases como “creo que no vales para eso”, “tu idea no tiene futuro”, “otros ya lo han intentado y han fracasado” o “es imposible, será mejor que lo olvides”. Así nos hacen dudar de nuestras capacidades o la viabilidad del proyecto.

Generalmente sus “argumentos” carecen de una base sólida porque suelen nacer del miedo, los estereotipos o un exceso de precaución. Las personas que se comportan como “terroristas emocionales” no suelen señalar problemas concretos, peligros específicos o riesgos razonables, sino que se limitan a transmitir su desconfianza, inseguridad y temor. Por tanto, su actitud no nos ayuda a prepararnos para afrontar con éxito los posibles obstáculos, sino que nos sume en un estado de ansiedad y vacilación. Nos contagian su visión negativa y catastrofista del mundo.

Lo curioso es que muchas veces esas personas creen que nos están ayudando. De hecho, los “terroristas emocionales” suelen encontrarse en nuestro círculo más íntimo - familiares, amigos y/o colegas de trabajo – que quieren evitarnos la frustración, decepción y malestar que generan los fracasos. Intentan que nos mantengamos “a salvo” en nuestra zona de confort más que atrevernos a emprender caminos diferentes y probar cosas nuevas cuyos resultados son inciertos.

Suele tratarse de personas conservadoras que experimentan un profundo miedo al cambio y no saben lidiar con la incertidumbre propia de la vida. Viven en un estado de aprensión constante que les hace ver peligros y riesgos por todas partes, de manera que terminan desarrollando una visión catastrofista del mundo.

Muchas veces esa visión pesimista y derrotista se sustenta en experiencias de vida negativas que han generado un estado de indefensión aprendida. Piensan que como no han podido tener éxito, otros tampoco podrán lograrlo. Dan un gran peso a las circunstancias externas y obvian el poder de la fuerza de voluntad, la resiliencia y la capacidad humana para encontrar soluciones, de manera que se instalan en un espacio de aprensión pesimista.

Obviamente, vivir en ese estado de catastrofismo y aprensión no es beneficioso. Un estudio reveló que las personas que albergan expectativas más pesimistas experimentan una reducción del 21,8% en su bienestar a largo plazo.

Exponernos continuamente a ese influjo negativo también es dañino. Se ha constatado que los intercambios negativos diarios influyen más en nuestro estado de ánimo que los positivos y si se mantienen durante un año aumentan las posibilidades de sufrir depresión.

Debido al efecto de negatividad, prestamos más atención a los aspectos negativos de las relaciones sociales que a los positivos, por eso el catastrofismo y la aprensión terminan afectándonos más. Todos sufrimos un sesgo evolutivo que nos empuja a prestar más atención a los peligros y las amenazas que a las oportunidades.

African american teenager suffering from loneliness and bullying, discrimination
“En la vida nada resulta tan importante como crees que es mientras estás pensando en ello” - Daniel Kahneman [Foto: Getty Images]

De hecho, los eventos positivos suelen tener un potencial expansivo y/o constructivo, pero no suelen ser irreversibles mientras que los sucesos negativos pueden dejar una huella más duradera y difícil de borrar, requieren respuestas más rápidas y podrían ser potencialmente dañinos. Por esa razón, nuestro cerebro está programado para procesar de manera más sistemática, atenta y completa los eventos negativos.

Sin embargo, prestar demasiada atención a las personas que ven amenazas y peligros por doquier animándonos a tirar la toalla nos pasará una factura muy elevada ya que ese catastrofismo nos generará angustia y alimentará preocupaciones fútiles.

El valor del pesimismo estratégico

El bienestar emocional se sustenta en una visión equilibrada de la vida en la que prestemos atención tanto a los aspectos positivos como negativos. Caer en la trampa del “pensamiento positivo” puede ser arriesgado porque alimenta expectativas irreales y nos impide prepararnos para afrontar las dificultades. Muchos proyectos fracasan debido a un optimismo tóxico o un exceso de confianza.

Séneca decía que “lo inesperado tiene efectos más aplastantes, sumándose el peso del desastre”. Por eso los filósofos estoicos abogaban por un pesimismo estratégico que nos permita prepararnos de antemano para afrontar los problemas y obstáculos de la vida. Se trata de prepararnos para lo peor de la mejor manera. Así los contratiempos no nos tomarán por sorpresa y no nos sentiremos tan abrumados o frustrados cuando la adversidad toque a nuestra puerta.

Eso significa que la dosis de pesimismo que aportan algunas personas puede sernos útil para alertarnos de problemas que no habíamos previsto. No obstante, debemos ser capaces de encontrar un equilibrio entre la precaución y la anticipación estratégica y el entusiasmo y el optimismo imprescindibles para sacar adelante nuevos proyectos.

Evitar contagiarse del catastrofismo y el derrotismo

Siempre existirán personas que solo ven el lado gris de la vida y nos desaniman a golpe de precaución y preocupación. Debemos aprender a lidiar con ellas para que no nos arrastren a su bucle catastrofista.

El emperador romano Marco Aurelio brinda un buen punto de partida: “Recuerda que todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho”. Por tanto, debemos tomar todas las opiniones con pinzas. Podemos preguntarnos: ¿Cuáles son las probabilidades reales de que esa “catástrofe” ocurra? ¿Qué podemos hacer para evitarlo o solucionar ese contratiempo? Tener un plan de acción para afrontar las contingencias nos brinda la seguridad y la confianza necesarias para seguir adelante.

Cuando el “terrorista emocional” es una persona cercana que siente la necesidad de opinar constantemente transmitiéndonos sus inseguridades y miedos, es importante ponerle freno. Si su aprensión nos resulta angustiante, es conveniente hacérselo notar. Podemos decirle, por ejemplo, que consideramos excesivas sus preocupaciones y que podría ayudarnos más si nos infundiera seguridad, en vez de ponernos nerviosos por posibles catástrofes que probablemente nunca se producirán.

Lo más importante es blindar nuestra autoconfianza y las ganas de emprender nuevos proyectos, aunque impliquen riesgos, siendo conscientes de que solo así podremos crecer como personas y desplegar todo nuestro potencial. A fin de cuentas, vivir es una aventura que encierra un elevado grado de incertidumbre. Muchas cosas pueden salir mal a lo largo del camino, pero de los errores también se aprende. Es peor no intentarlo.

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