'Terminator' y 'El juicio final', dos clásicos perfectos que merece la pena ver de nuevo

Como el buen vino. Así son Terminator (1984) y su secuela Terminator: el juicio final (1991), dos películas que vuelven a cobrar protagonismo ahora que está a punto de estrenarse la continuación, Terminator: destino oscuro (2019). Y tras ver la nueva producción -de la cual podré hablarles a partir del miércoles 23 de octubre por cuestiones de embargo- me dispuse a verlas de nuevo para refrescarme la memoria. ¡Y qué sorpresa me llevé!

© 1984 Metro-Goldwyn-Mayer Studios Inc. All Rights Reserved.

Como cinéfila empedernida desde la niñez, y seguramente como en la vida de muchos de ustedes, ambas fueron algunas de las semillas que sembraron mis primeros años de cultura cinematográfica. Y aunque creía recordarlas muy bien, me dispuse a verlas de nuevo en caso de que hubiera algún detalle que se me hubiera pasado por alto. Pensé que, quizás, con ojos más adultos y curtidos de tanto cine le encontraría otros ángulos, errores, mejoras o incluso alguna crítica impulsiva ante el avance de los efectos especiales que tanto nos han malcriado.

Pero no. Lo que descubrí fueron dos de las películas de ciencia ficción que mejor han envejecido en las últimas décadas.

Escrita y dirigida por James Cameron a partir de un sueño que tuvo mientras estaba enfermo (soñó con un torso metálico arrastrándose por el suelo mientras mantenía cuchillos de cocina en las manos), Terminator sirvió para cementar la carrera de este recién llegado a Hollywood, que venía de dirigir la malograda Piraña II: los vampiros del mar (1982) como debut detrás de las cámaras. Pero no solo eso. Se convirtió en el inicio de una de las franquicias más legendarias, y en el trampolín perfecto de Arnold Schwarzenegger en el género. La película fue tal fenómeno que es preservada por la Biblioteca del Congreso de EEUU por su “valor cultural, histórico y estético” pero, sobre todo, es la responsable de sembrar las bases de quien se convertiría en uno de los referentes más importantes entre las heroínas del género: Sarah Connor (Linda Hamilton).

Cameron creía tanto en su idea que despidió a su agente cuando éste le recomendó que trabajara en otra cosa al no gustarle el concepto. Inspirado por John Carpenter que hizo Halloween (1978) con muy bajo presupuesto, se puso manos a la obra. Vendió los derechos del guion a la productora Gale Anne Hurd por un dólar con la condición de que, si se hacía, él debía dirigirla. Y tras conseguir el apoyo de Orion (ahora MGM), HBO y Hemdale Film Corporation, el proyecto se puso en marcha con un presupuesto de 5.8 millones de euros ($6.5 millones).

© 1984 Metro-Goldwyn-Mayer Studios Inc. All Rights Reserved.

Lo que más llama la atención de un visionado nuevo de Terminator (les recomiendo la versión restaurada en 4K lanzada en 2012), es lo poco que ha envejecido. Lo único que chirría un poco son los efectos especiales, pero solo en dos ocasiones: cuando el T-800 se quita el ojo; y el final, cuando el robot se queda en puro esqueleto persiguiendo a Sarah. Pero incluso la película funciona tan bien y cumple tan a la perfección su propósito, que es muy fácil pasarlo por alto. Después de todo, han pasado 35 años desde aquella primera entrega y aun hoy sigue logrando mantenernos en tensión durante las casi dos horas de metraje. Un mérito impresionante.

Terminator fue una película oscura, de ritmo implacable que, de principio a fin, contaba con una persecución constante, hilando detalles de un futuro apocalíptico en donde las máquinas habían declarado la guerra a la humanidad en un “microsegundo”, como revela Kyle Reese (Michael Biehn). Las máquinas, que en 2029 lo controlan todo (¡qué cerca estamos!) contaban incluso con campos de concentración para labor forzada. Pero entre medio de las tinieblas tecnológicas aparecía un salvador, John Connor, el hijo de Sarah aun por concebir en 1984. Y así partía la trama principal de toda la saga: la protección humana desde el presente, mucho antes de la guerra en el futuro. Aquí, John Connor enviaba a su soldado favorito, Kyle Reese, a proteger a su madre cuando conoce que los robots enviarán al T-800 a exterminarla. Y lo demás eran 107 minutos de mucha acción, una persecución continua y tensión mezclado con drama y un corto romance que da pie al resto de la historia.

Lo curioso del asunto es que en un principio, algunos productores pensaron en ofrecer el papel de Kyle Reese a Schwarzenegger, dándose cuenta más tarde que necesitarían a un villano “más grande” que pudiera hacerle frente. Y así ofrecieron el papel de Terminator a Sylvester Stallone y Mel Gibson (que venía del éxito de Mad Max), pero ambos rechazaron la oferta

Siete años después llegó Terminator: juicio final, una secuela que expandía su trama manteniendo las mismas dosis de avance tecnológico, tensión y persecución, pero añadiendo un dramatismo único en este tipo de películas que pocas han conseguido desde entonces, haciendo que el espectador palpite por cada uno de los personajes. Una Sarah preparada al borde la locura, y el encuentro de John con su primer Terminator, humanizaban la historia, mientras Robert Patrick se convertía en el villano del futuro por excelencia.

Al verla de nuevo, me asombré aún más ante la gran joyita que creó James Cameron hace 28 años. No solo expandía la conexión entre el presente y el futuro, sino que convertía a Sarah Connor en una madre coraje que hizo a Linda Hamilton un ícono de Hollywood. Arnold Schwarzenegger se pasaba de bando, siendo un T-800 restaurado que debía proteger a un John adolescente de un T-1000 (Robert Patrick) más avanzado y letal del futuro.

©Carolco

La dupla Hamilton-Schwarzenegger daba unos frutos jugosos, aportando no solo dramatismo, sino también familiaridad, humanidad y una dosis de humor que el resto de la saga intento repetir con poca gracia.

Hace poco vi otro clásico de los 80s como La princesa prometida (1987), encontrándome con un filme que, a mi parecer, no ha envejecido tan bien como muchos creen. A diferencia de Terminator 1 y 2, es una película que las nuevas generaciones no pueden disfrutar como si fuera el primer día. Lo mismo pasa con Indiana Jones una entrega que yo sigo aplaudiendo pero que está sellada por un héroe poco creíble que hoy en día resulta imposible para nuevas generaciones. La época y su era están marcadas a fuego en su dirección e historia, haciéndolas un producto del pasado. Perfecto y entrañable, pero del pasado. Sin embargo, no pasa lo mismo con Terminator. Hay muy pocas películas de las que podemos decir lo mismo, y tras verlas de nuevo, puedo sentenciar que Terminator y Terminator: el juicio final son tan imprescindibles hoy como antes.

Este 31 de octubre llega la continuación bajo la tutela de Cameron como productor, pero con Tim Miller (Deadpool) al mando. Y digo continuación porque, como se anunció desde que se diera luz verde al proyecto, Terminator: destino oscuro borra por completo todo lo acontecido en entregas posteriores. Es decir, debes olvidar todo lo visto desde Terminator: la rebelión de las máquinas (2003) a Terminator: Salvation (2009) y Terminator: Génesis (2015), incluyendo la serie Las crónicas de Sarah Connor (2008-2009). Nada cuenta, por suerte.

Así que ya lo sabes. Si quieres refrescarte la memoria, no le tengas miedo al pasado y aférrate a Sarah Connor en esta aventura que no ha envejecido prácticamente nada en 35 años.

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