Los temores a una intromisión rusa: Aleksandar Vucic, el líder de los Balcanes etiquetado como el “pequeño Putin”

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El presidente ruso, Vladimir Putin, posa con el presidente serbio, Aleksandar Vucic, luego de recibir la Orden Alexander Nevsky en Belgrado, Serbia, el jueves 17 de enero de 2019
El presidente ruso, Vladimir Putin, posa con el presidente serbio, Aleksandar Vucic, luego de recibir la Orden Alexander Nevsky en Belgrado, Serbia, el jueves 17 de enero de 2019

BELGRADO.– El líder serbio, Aleksandar Vucic, está harto de que lo califiquen de “pequeño Putin” que pretende agredir a los frágiles vecinos de su país en los Balcanes.

Para empezar, Vucic señaló con ironía en una entrevista en la biblioteca del palacio presidencial este mes: “Mido casi dos metros”. (Se calcula que Vladimir Putin mide como mucho 1,70 metros, aunque la altura exacta del presidente ruso, un tema sensible para el Kremlin, es un secreto).

El presidente de Serbia Aleksandar Vucic, en Belgrado, Serbia, el domingo 3 de abril de 2022. (AP Foto/Darko Vojinovic)
El presidente de Serbia Aleksandar Vucic, en Belgrado, Serbia, el domingo 3 de abril de 2022. (AP Foto/Darko Vojinovic)

Sin embargo, detrás de la frivolidad sobre la estatura física, se esconde una grave cuestión que atormenta a los Balcanes y preocupa a los diplomáticos occidentales: ¿está Rusia usando a Serbia para avivar la división en Europa y provocar un nuevo conflicto en la antigua Yugoslavia para distraer a la OTAN de la batalla que se libra en Ucrania?

Un soldado estadounidense de la OTAN que presta servicio en Kosovo patrulla junto a una barricada de carretera levantada por personas de etnia serbia cerca de la ciudad de Zubin Potok el 1 de agosto de 2022.
Un soldado estadounidense de la OTAN que presta servicio en Kosovo patrulla junto a una barricada de carretera levantada por personas de etnia serbia cerca de la ciudad de Zubin Potok el 1 de agosto de 2022. - Créditos: @ARMEND NIMANI

Esos temores se agudizaron la semana pasada cuando una disputa entre Kosovo y Serbia -que está unida a Rusia por la historia, la religión y la profunda hostilidad hacia la OTAN- por las matrículas dio lugar a protestas, revueltas, bloqueos de rutas y disparos, lo que hizo saltar las alarmas en la Alianza Atlántica.

Los disturbios en Kosovo y las tensiones en la cercana Bosnia y Herzegovina, provocadas por Milorad Dodik, el beligerante líder del enclave étnico serbio apoyado por Moscú, y por los nacionalistas croatas de línea dura, han dado lugar a advertencias de que Rusia está tratando de avivar las tensiones de las guerras balcánicas de la década de 1990.

“Rusia calcula que cuanto más tiempo pase Occidente transpirando en los Balcanes, menos tiempo lo hará en su patio trasero”, aseveró Vuk Vuksanovic, investigador del Centro de Política de Seguridad de Belgrado.

“Pero hay límites en lo que Rusia puede hacer”, añadió. “Necesita a las élites locales, y éstas no quieren ser sacrificadas por los intereses rusos”.

Por su lado, el embajador de Estados Unidos en Serbia, Christopher Hill, un veterano mediador, cuyo reciente nombramiento indica la mayor ansiedad de Washington por los Balcanes, dijo que Rusia, que solo ofrece “chantaje económico” y “caos en toda la región”, ha encontrado pocos adeptos.

“A pesar de la influencia de Rusia en el sector energético de Serbia y de sus omnipresentes esfuerzos de desinformación, los serbios han decidido que su futuro está con Europa y Occidente”, señaló Hill.

Los medios de comunicación rusos han difundido durante meses informes incendiarios sobre la opresión intolerable que sufren los serbios de Kosovo y Bosnia. Estos informes, que reproducen en gran medida la propaganda rusa sobre el sufrimiento de los rusos que viven en Ucrania, han envalentonado a los nacionalistas serbios de línea dura y pro-Moscú.

La ira entre los cerca de 65.000 serbios que todavía viven en Kosovo, habitado en su mayoría por albaneses y arrancado del control serbio por una campaña de bombardeo de la OTAN en 1999, ha estado latente durante años. Pero las tensiones se dispararon peligrosamente el 31 de julio en respuesta a un plan, posteriormente aplazado, de las autoridades kosovares de prohibir las matrículas y los documentos de identidad serbios a partir del 1 de agosto.

Slavisa Ristic, exalcalde de Zubin Potok, una ciudad del norte de Kosovo habitada casi en su totalidad por personas de etnia serbia, aseguró que nunca pondría voluntariamente matrículas kosovares en su auto porque eso significaría reconocer la independencia de Kosovo, algo que casi todos los serbios, incluido el presidente, dicen que está fuera de lugar.

Borko Stefanovic, un opositor a Vucic que preside la comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento serbio, dijo que la cuestión de las matrículas es “tan minúscula que es absolutamente ridícula”. “Pero aquí en los Balcanes, estas cosas simbólicas tienen una importancia enorme”, añadió.

La semana pasada, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, tuiteó que había hablado con Vucic sobre el estallido en Kosovo, y declaró que la alianza, que lidera una misión de mantenimiento de la paz en el antiguo territorio serbio, “está dispuesta a intervenir si se pone en peligro la estabilidad”.

Las tierras de la antigua Yugoslavia, repletas de posibles conflictos, simbólicos y sustanciales, reproducen a menor escala las fuerzas que están en juego en Ucrania: una hegemonía regional, en este caso Serbia, que hierve por la pérdida de territorio y la dispersión de los parientes étnicos; y un tira y afloja geopolítico entre Rusia y Occidente.

Un importante legislador del partido de Vucic, Vladimir Djukanovic, se ha apoderado de la idea de Serbia como vengadora que “se verá obligada a iniciar la desnazificación de los Balcanes”, un ominoso eco del objetivo declarado por Rusia en Ucrania, y de la búsqueda de una “Gran Serbia” por parte de Belgrado.

Vucic, que denunció públicamente la declaración de Djukanovic como “estúpida” e “irresponsable”, matizó: “Tenemos nuestro país. No nos interesa ampliar nuestras fronteras ni meternos en peleas con nuestros vecinos”.

El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso echó más leña al fuego la semana pasada al acusar a los “radicales” de etnia albanesa de intentar expulsar a los serbios del territorio y de provocar disturbios “para lanzar un escenario violento”.

Putin ha citado repetidamente la intervención militar de la OTAN en apoyo de la separación de Kosovo de Serbia en 1999 como justificación de la agresión de Rusia contra Ucrania, que según él es para proteger a los rusos étnicos de Donetsk y Lugansk.

Personas sostienen una imagen del presidente ruso Vladimir Putin y una letra Z, durante la ceremonia del Día de la Victoria en Belgrado, Serbia, el lunes 9 de mayo de 2022.
Personas sostienen una imagen del presidente ruso Vladimir Putin y una letra Z, durante la ceremonia del Día de la Victoria en Belgrado, Serbia, el lunes 9 de mayo de 2022. - Créditos: @Darko Vojinovic

“Putin está utilizando y aprendiendo inteligentemente de sus errores, que nunca van a admitir”, dijo Vucic, refiriéndose a Occidente.

La mayoría de los países occidentales reconocen a Kosovo como Estado independiente, pero otras naciones, como Serbia, Rusia, China y cinco Estados europeos, no lo hacen.

“Para Rusia, Kosovo es la inversión perfecta de bajo costo que no cesa de dar sus frutos”, dijo Vuksanovic, investigador de Belgrado. Sin embargo, añadió, la capacidad de Rusia para sus desmanes en los Balcanes se ha visto muy limitada por la guerra en Ucrania. “Ahora hay menos cosas que Rusia puede hacer. Sus capacidades son más limitadas y está más aislada. Sus recursos se centran en Ucrania”, zanjó.

Presión para imponer sanciones

No obstante, por debajo de las capas de intrigas y rencillas políticas locales, una cosa parece clara: “Estamos atrapados en una guerra por poderes como la de Ucrania, solo que a una escala mucho menor”, señaló Stefanovic, presidente de la comisión de Asuntos Exteriores de Serbia.

Esa lucha, lamentó Vucic, ha puesto a su país en una dolorosa encrucijada, atrapado entre la dependencia de Rusia para la energía y el apoyo diplomático sobre Kosovo, y las demandas de las potencias occidentales de que se una a los esfuerzos para castigar a Moscú por la invasión de Ucrania.

“Todos los días me presionan para que imponga sanciones a Rusia”, declaró Vucic. “Eso no ocurrirá, al menos hasta que la solicitud de adhesión al bloque europeo, que lleva 13 años estancada, se acelere”. Más del 80% de los serbios se oponen a las sanciones a Rusia, según una reciente encuesta de opinión.

Señalando que Serbia “sigue siendo el único país de Europa que se niega a sancionar a Rusia”, el primer ministro de Kosovo, Albin Kurti, denunció en abril a Vucic como “el pequeño Putin de Serbia”.

“La paz y la seguridad en los Balcanes occidentales nunca han estado más amenazadas”, espetó.

Vucic rechazó la acusación de Kurti.

“Kurti quiere ser un ‘pequeño Zelensky’ que lucha contra el ‘pequeño Putin’”, dijo Vucic, en referencia al presidente ucraniano, Volodimir Zelensky. “Esta es su narrativa: que Vucic es un terrible nacionalista que quiere luchar contra todo el mundo”. “No es cierto en absoluto”, añadió.

Pero, con tanta presión ejercida sobre Serbia desde todos los lados, Vucic admitió: “Estamos atascados, y lo sabemos”.

Andrew Higgins