La tragedia de Susan Peters, la actriz nominada al Óscar que quedó paralítica por un disparo

El 1 de enero 1945, Susan Peters no podía saber que se encontraba en el mejor momento de su corta vida. En un brevísimo periodo de tiempo, había consumado el sueño que pocos años atrás, cuando era una escolar llamada Suzanne Carnahan, la había llevado a tomar lecciones de interpretación y a firmar con un representante sin tener experiencia como actriz. Ahora, con apenas 23 años, ya saboreaba las mieles del estrellato que tanto anhelara en el instituto. Pese a todos los temores de su madre, sus decisiones arriesgadas e impulsivas habían llevado a buen puerto. Aquel día no tenía nada que pedirle al nuevo año, pues estaba exactamente donde siempre había deseado estar.

Pero el destino le tenía preparado un golpe trágico que cambiaría su vida para siempre.

Susan Peters y Jean-Pierre Aumont en un fotograma de la película Assignment in Brittany (1943). (Imagen: Metro-Goldwyn Mayer)

Sólo un año antes, Peters había tenido la enorme fortuna de ser uno de los diez actores que Metro-Goldwyn-Mayer ascendió de la categoría “protagonista” a la de “estrella” (entre los que se encontraban Gene Kelly y Esther Williams), pasando inmediatamente a codearse con los pesos pesados de la industria. Tanto era así, que ya había rodado junto a Lana Turner (cuya vida merece un artículo aparte) la película Keep Your Powder Dry, y estaba inmersa en una nueva producción. Nada, por tanto, podía hacerla imaginar que un disparo iba romper esa cadena de alegrías.

Claro que, al principio, las cosas no fueron tan rápido para Susan. Tras hacer una prueba con Warner Bros. y ser fichada por el estudio en 1940, se había conformado con un sinfín de papeles ínfimos, sin diálogos, que no solían recibir crédito. Hoy casi ninguno de estos trabajos alimenticios, ni las películas de las que formaban parte, les sonarán siquiera a los más cinéfilos. Por fortuna, pronto Susan accedió a proyectos más prometedores: ese mismo año tuvo su primer papel acreditado, junto a Errol Flynn y Olivia de Havilland, en el western de Michael Curtiz, Camino de Santa Fe, y en 1942 también compartió rodaje con Richard Travis y Humphrey Bogart en Un gángster sin destino. Por entonces el estudio la presionó para que renunciase a su nombre de nacimiento y adoptase el más eufónico y pegadizo de Susan Peters. Un sacrificio que suele exigir el nacimiento de una nueva estrella pero que, en este caso, no tendría recompensa –pues poco después el estudio decidía no renovar su contrato.

Afortunadamente, la suerte parecía estar de parte de Susan y, algunos meses después de su despido, recibió la llamada de la Metro-Goldwyn-Mayer. El estudio quería que hiciese la prueba para un papel secundario en la película Tish, pero quedó tan impresionado por sus dotes que la fichó para su plantilla fija de actores. Fue precisamente rodando esa película que Susan conocería a su futuro marido, el actor y también director Richard Quine. Tras volver a trabajar juntos en la segunda película de Susan para MGM, Dr. Gillespie´s New Assistant, la pareja se casaría en Los Ángeles un 7 de noviembre de 1943.

A buen seguro, en aquella época no solo se brindó por la unión de dos talentos en auge, sino también por la definitiva consagración como estrella de Susan. Y es que sólo 8 meses atrás había sido nominada al Óscar a Mejor Actriz de Reparto por su trabajo en la exitosa Niebla en el pasado, de Mervyn LeRoy. Y aunque en aquella 15ª edición de los Premios de la Academia Teresa Wright le arrebatase la estatuilla dorada por su trabajo en La señora Miniver, las predicciones de George Cukor ya empezaban a cumplirse. En efecto, años atrás, el célebre director de My Fair Lady, y a su vez verdadero descubridor y mentor de Susan, la había descrito como “una joven Katharine Hepburn y le había augurado un estrellato seguro –aunque sólo si lograba “dejar de hablar por la nariz.

Por la boca o por la nariz, la voz de Peters empezó a oírse cada vez más en las salas de cine. Tras el triunfo de Niebla en el pasado, la joven se había convertido de la noche a la mañana en un valor seguro por el que apostar, y los jefes de MGM se apresuraron a darle papeles protagónicos en producciones de mayor envergadura como Assignment in Brittany Song of Russia –cintas de corte propagandístico que vincularon a Susan con el esfuerzo bélico y que, curiosamente, la llevaron a convertirse en una de las varias mujeres piloto de la RAF. Tras rodar en 1944 la mencionada Keep Your Powder Dry, Peters se embarcó en otra producción titulada The Outward Room. Pero un terrible golpe del destino le impediría terminar este nuevo proyecto.

Volvamos al 1 de enero de 1945. Aquel día, Peters y su marido, junto con el primo de Quine y su esposa, habían decidido pasar el Año Nuevo cazando patos en las montañas Cuyamaca, una idílica zona boscosa cerca de San Diego. Tras una infructuosa jornada cinegética, el sol invernal comenzó a descender y los cuatro decidieron emprender el camino de vuelta al coche. Susan recordó que había dejado su rifle oculto en un matorral. Cuando se agachó para recoger el arma y tiró de ella para arrancársela a la maleza, el gatillo se accionó y una bala del calibre 22 penetró en el abdomen de la actriz, atravesando su pulmón derecho. Sus acompañantes corrieron a ayudarla y Richard se apresuró en llevar a su mujer, aún consciente, al Hospital Mercy de San Diego. Durante el trayecto en coche, Susan pronunció con voz débil una frase que auguraba lo peor: “No siento las piernas”. 

Durante varios días, la actriz fue sometida a sucesivas operaciones y transfusiones de sangre –de la cual buena parte provino de su marido. Aunque no se temía por su vida, su médula espinal había sufrido graves daños. La madre de Susan, Abby, pasó día y noche a su lado, y las visitas de amigos y compañeros –como la propia Lana Turner– se sucedían a diario. Por su parte, los ejecutivos de MGM tuvieron la gentileza de correr con todos los gastos médicos. Y no fueron pocos, ya que hizo falta un mes para que Susan pudiera ser trasladada a un hospital de Los Ángeles, y otros cuantos para que recibiera el alta definitiva. Cuando por fin pudo abandonar el centro, lo hizo en una silla de ruedas. El diagnóstico era irreversible: por el resto de su vida sería paralítica de cintura para abajo. Iba a cumplir 24 años.

Coincidiendo con la victoria de los Aliados en Europa, Susan se encontró en la misma situación trágica que muchos ex-combatientes –algo para lo que ninguna de las numerosas películas propagandísticas que rodó con MGM podría haberla preparado. Para colmo, solo unos meses después, su madre fallecía y perdía así un apoyo fundamental. En el ámbito profesional, las consecuencias del accidente fueron inmediatas: The Outward Room, la película que ya había empezado a rodar, fue cancelada cuando el estudio desechó la posibilidad de ajustar el guion para que la actriz pudiera interpretarlo en silla de ruedas. Poco después, ella misma decidió abandonar MGM, ya que el estudio se había dedicado a enviarle un sinfín de proyectos sobre “jóvenes lisiadas que son todo luz dulzura”, mientras seguían pagándole un salario de 100 dólares semanales. Los gestos de compasión no lograban ocultar lo que a Susan le resultaba evidente: que todos la daban por acabada. Pero ella sabía que no podía rendirse.

En cuanto le fue posible, Susan volvió a asumir las riendas de su vida y retomó la actividad frenética que siempre la había caracterizado, decidida a asumir las tremendas trabas a las que en 1945 se enfrentaba cualquier persona en silla de ruedas. Tras poner fin a su contrato con el mayor estudio de Hollywood, Peters recibió numerosas ofertas para trabajar en dramas radiofónicos, participando así en un episodio de Seventh Heaven junto a Van Johnson. Apenas un año después de su accidente, se dijo que tampoco iba a renunciar a su sueño de ser madre y, junto a Richard, adoptó a un bebé de diez días: Timothy. Su envidiable optimismo la llevó incluso a tratar de volver a caminar mediante rehabilitación –algo a lo que no renunciaría hasta 1951, cuando admitió que sin médula espinal aquello era sencillamente imposible.

Susan hizo su primera aparición pública tras el accidente en 1946, asistiendo junto a su amiga Lucille Ball al debut de Desi Arnaz y su orquesta, en el club Ciro´s de Hollywood. Tanto Ball como Arnaz la animaron a que siguiera buscando trabajo como actriz, y otro amigo, el actor Charles Bickford, le sugirió que adquiriese los derechos de la novela El signo de Aries, de Margaret Ferguson –sobre una matriarca discapacitada que manipula a sus familiares y que (en un desenlace agorero para la propia Peters) termina quitándose la vida. Por fin, Susan se lanzó a hacer la propuesta a Columbia Pictures y, para su alegría, el estudio dio luz verde a la adaptación cinematográfica.

El rodaje de El signo de Aries arrancó en julio de 1947 con John Sturges como director. Según confesó Peters, el papel le supuso un desafío sin precedentes: “jamás había interpretado a un personaje con este rango emocional”. Pero a pesar de su entusiasmo y compromiso con el proyecto, la actriz apenas pudo con las enormes dificultades que este entrañaba para ella –entre ellas el cuidado de Timothy, que dependía totalmente de su padre adoptivo mientras ella estaba trabajando. Esta agotadora tensión, agravada por las circunstancias de Peters, creó una fractura irreparable en el matrimonio. Tras finalizar el rodaje, ella decidió separarse y confesó que él se había comportado de forma cruel con ella, llegando a retirarle la palabra durante varios días. Otros, por contra, han asegurado que en realidad temía convertirse en una carga para Richard

Fuese como fuese, pronto la pareja inició los trámites del divorcio, y este se hizo efectivo en septiembre de 1948 –apenas seis meses después del estreno de El signo de Aries. La película había recibido críticas negativas, y muchos sugirieron que el heroico retorno de Susan Peters merecía un proyecto menos vergonzoso que aquella cinta de serie B. Para la actriz, ese varapalo fue la gota que colmó el vaso. Su situación era la opuesta a la del maquiavélico personaje que acababa de interpretar: se sentía impotente, inútil y sola. Apartada de su marido y ante un panorama profesional desalentador y falto de oportunidades, sucumbió a una depresión crónica cuyo síntoma más inmediato fue el trastorno alimentario que, a la larga, precipitaría su deterioro.

No obstante, de puertas afuera Susan seguía conservando su optimismo y su ímpetu productivo, y la vida aún daba muestras de no haberle dado la espalda del todo. Fue fichada para dos aplaudidos montajes teatrales que la llevaron a recorrer todo EEUU –uno de ellos, El zoo de cristal, incluso fue ajustado por su autor, el mismísimo Tennessee Williamspara que Peters pudiera interpretar el papel de Laura en silla de ruedas. Y en 1951, fue fichada para protagonizar la serie de NBC Miss Susan, en la que interpretaba a una abogada en silla de ruedas. Si el cine ya no tenía ojos para ella, la floreciente televisión sí le tendía una mano llena de esperanza. Y Susan se agarró con todas sus fuerzas.

En contra de las advertencias de los médicos –que le aconsejaban que trabajase sólo un mes al año–, Susan rodó la serie cinco o seis días a la semana, a lo largo de diez meses. Harta de su mala racha, necesitaba que algo le saliera bien y estaba dispuesta a entregarlo todo a cambio –incluso su precaria salud. Para ello estuvo dispuesta a mudarse a Philadelphia sin dejar de cuidar de su hijo Timothy, –que por entonces tenía ya seis años. El resultado de todo ese esfuerzo fue una pérdida acelerada de peso y dolorosas dolencias del tracto urinario, agravadas por su condición de minusválida. Cuando su estado empeoró hasta el punto de hacer imposible el rodaje, la cadena se vio obligada a cancelar la serie en diciembre de ese mismo año. Peters sabía que había perdido su última oportunidad.

Pero cuando todo parecía haberse ido al negro más absoluto, un tímido rayo de luz irrumpió en las tinieblas. Susan conoció a Robert Clark, un coronel del ejército de los EEUU, e inició una intensa pero fugaz relación sentimental con él. Llegaron a anunciar su compromiso de boda, pero poco después Clark lo deshizo y la abandonó, sumiendo a a la actriz en una depresión aún más profunda. Decidió mudarse a Lemon Grove en California, para vivir con su hermano en el rancho de este. A partir de entonces, su estado de salud empezaría a caer en picado: al trastorno alimentario que ya casi le impedía comer se sumarían problemas crónicos de hígado y una grave neumonía. Pese a tener planes de retomar una de sus giras teatrales, para entonces Susan ya estaba recluida en casa de su hermano y perdía peso a un ritmo preocupante.

Finalmente, en un último acto de voluntad, Peters decidió contribuir a su propio final. En agosto de 1952 le confesó a su médico, el doctor Manchester: “Me estoy cansando mucho. Creo que quizá sería mejor si me muriese”. El doctor sabía que estas funestas palabras, en boca de Susan, no eran para tomárselas a broma. Durante los dos meses siguientes, postrada en la cama, la actriz dejó de comer y beber con intención de quitarse la vida. Finalmente, el 23 de octubre era ingresada en el Hospital Memorial de Visalia, California, donde su vida terminaba a la edad de 31 años.

El doctor describió la causa de muerte como una combinación de infección hepática crónicacomplicaciones derivadas de su parálisis y neumonía bronquial –pero añadió que el factor definitivo había sido la resolución, por parte de la propia Susan, de morir de inanición y deshidratación. Aunque la palabra “suicidio” no salió sus labios, el médico sí señaló que la actriz había “perdido el interés” en vivir y no quería seguir retrasando lo inevitable. El funeral tuvo lugar el 27 de octubre en Glendale, California, y en él estuvieron presentes tanto Richard como varios amigos íntimos de la actriz. Fue enterrada junto a su madre en el cementerio del Forest Lawn Memorial Park, entre muchas otras tumbas de antiguas estrellas de cine. Ocho años después, su nombre también sería incluido en el Paseo de la Fama de Hollywood –con una estrella situada en el número 1601 de Vine Street.

La historia de Susan Peters es desesperanzada e inspiradora a partes iguales. Su desenlace es el de alguien que, tras perderlo todo, hizo lo imposible por recuperarlo, hasta que las fuerzas conjuradas contra ella se volvieron insoportables. Pero también es un testimonio de lucha valerosa y persistente contra el destino, de optimismo práctico y sin paños calientes, muy lejano a las cursilerías de autoayuda que proliferan en nuestros días. Y por supuesto, es un ejemplo de resistencia e insumisión ante una desigualdad de género que, hoy como ayer, sigue coartando el desarrollo de muchas mujeres. En una de sus últimas entrevistas, Susan dejaba claro que prefería pensar que su vida serviría de referente para las generaciones venideras antes que lamentarse de sus propias circunstancias: “Me gustaría decirle a toda actriz –a toda chica joven, en realidad– que desarrolle sus capacidades y olvide sus deficiencias. Todos tenemos alguna discapacidad, visible o invisible, reconocida o desapercibida. Nunca de subestimes”.

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