Los "anti-Xavis" o cómo la superioridad moral ha cambiado de táctica

Guillermo Ortiz
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CADIZ, SPAIN - DECEMBER 20: Players of Cadiz CF and Getafe CF argue with the referee during the La Liga Santander match between Cadiz CF and Getafe CF at Estadio Ramon de Carranza on December 20, 2020 in Cadiz, Spain. Sporting stadiums around Spain remain under strict restrictions due to the Coronavirus Pandemic as Government social distancing laws prohibit fans inside venues resulting in games being played behind closed doors. (Photo by Fran Santiago/Getty Images)
Foto: Fran Santiago/Getty Images.

Decía el periodista Manuel Jabois que su problema con Xavi Hernández no era que el Barcelona ganara repetidamente al Real Madrid sino que además luego se empeñaba en explicarte por qué. Los primeros años de la década pasada fueron cargantes en ese sentido y no está de mal reconocerlo incluso por parte de los que adoramos ese estilo de juego. Había una retórica, una escolástica, casi, que dividía todo en bueno o malo según parámetros vinculados exclusivamente a la posesión de balón, la ubicación de los extremos, el número de jugadores en el medio del campo, la altura de la hierba... Aquel Barcelona no solo ganó muchas cosas jugando bien sino que hizo crecer a su alrededor un pensamiento único por el cual sólo se podía jugar al fútbol de esa manera. Otros enfoques eran propios de bárbaros ignorantes.

Si el que se cargó esa narrativa fue José Mourinho o no sería un largo debate. Desde luego, la llegada del portugués al banquillo del Real Madrid, casi coincidente con la de Diego Pablo Simeone a la del Atlético, ayudó a que los “apestados” se rebelaran. No, no había nada impuro en jugar al contraataque ni en poblar la defensa con centrales corajudos ni en defender un resultado en campo propio ni en que el portero fuera un tuercebotas solo capaz de lanzar melonazos al delantero. No había que disponer de un “falso nueve” para poder jugar a este deporte ni era preciso buscar al “alejado” en cada posesión larga de balón. En ocasiones, de hecho, era mejor darle el balón al contrario y dejarle a él que inventara... a ver si podía.

Mourinho y Simeone compitieron con Guardiola y el Barcelona y acabaron ganándoles. Tardaron un tiempo pero lo consiguieron. A partir de ahí y de la caída en desgracia de la selección española, que presumía también de un juego estilista que sería muy matizable (aquel equipo histórico era una roca defensiva llena de animales competitivos), se empezó a normalizar un poco la situación: que cada uno jugara como le diera la gana. Sí, de vez en cuando llegaba el Getafe de Bordalás, repartía lo suyo, le ganaba a alguien 1-0 y salía el entrenador derrotado a decir “eso no es fútbol”, pero sucedía muy de vez en cuando. Con una nueva generación de analistas menos prejuicioso, incluso ese juego en apariencia tosco y sencillo empezó a desgranarse en vídeos y esquemas: el Granada de Diego Martínez, el Eibar de Mendilibar, el Osasuna de Arrasate...

Esto no quiere decir que el otro estilo haya quedado repudiado por la prensa. Al contrario. Si Bielsa asciende al Leeds, automáticamente queda nominado como mejor entrenador del año. Si Óscar lleva al Celta a puestos de descenso, inmediatamente se buscan mil excusas... pero sí diría que hay cierto consenso en que cada uno puede jugar como le dé la gana sin que San Pedro vaya a pedirle cuentas después. Eso, hasta que llegó Álvaro Cervera y le ganó al Barcelona de Koeman. Cervera es un magnífico entrenador que da a su equipo lo que cree que necesita y a quien los resultados avalan. Ahora bien, corre el riesgo de convertirse en un Xavi del fútbol defensivo. Son ya demasiadas ruedas de prensa en las que no solo justifica que su equipo apenas tenga el balón sino que lo presenta casi como una virtud intrínseca: no podemos tener el balón.

A favor de Cervera, hay que decir que el discurso lo repite tanto cuando su equipo gana como cuando pierde. Da igual que encadene partidos y partidos sin marcar un gol, que para él, el problema siempre es que han atacado demasiado y han dejado huecos detrás. El discurso ha calado hondo entre determinada prensa, que inmediatamente salió a jalearlo y no ha parado desde entonces, pero en mi opinión, destila el mismo rollo de superioridad moral de Xavi Hernández pero al contrario: un elogio desmedido de la humildad que se acaba convirtiendo casi en un menosprecio a la calidad de sus jugadores, que, al menos por lo que yo he visto, son perfectamente capaces de tener el balón, conservarlo y hacer cosas maravillosas con él.

¿Están obligados a ello? No, desde luego. Pero tampoco entiendo que se les obligue a lo contrario. Puedo entender el catenaccio como táctica puntual pero me cuesta más como estilo de vida. Aparte, los partidos hay que verlos. Y vendérselos a China para que los vean ellos. En ocasiones, cuesta demasiado, la verdad. No lo digo ya por el Cádiz, que suficiente hace, y cuyos partidos son mucho más movidos de lo que a su entrenador parece que le gustaría. El atrevimiento parece cotizar bajo y lo mejor es conservar, sobrevivir. Lo lógico en estos tiempos tan convulsos e imprevisibles. Hay demasiados equipos que juegan demasiado aburrido. No voy a decir “mal” para no ofender a nadie, pero simplemente no me levantan del sofá.

Insisto en que no tienen por qué hacerlo si creen que levantarme a mí del sofá va en contra de sus intereses futbolísticos. Solo faltaría. El asunto es que al final descienden tres, eso sigue siendo igual, y alguno caerá. Me molesta, eso sí, cuando ese aburrimiento se me presenta como inevitable. No solo como inevitable sino como recomendable. Como si no hubiera otra alternativa que abandonar el balón a su suerte igual que antes no había más que bloque alto y recuperación tras pérdida. En otras palabras, juegue usted como le dé la gana, pero no me lo explique luego. No intente convencerme de que no me he aburrido como una ostra. Siga su camino como profesional que yo seguiré el mío como aficionado, eso es todo, y si algún día coincidimos, festejemos juntos.

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