El desprecio al aficionado español de la nueva Supercopa en Arabia Saudí

Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol. Foto: Getty Images.

Todo está listo ya para que, a partir de mañana miércoles, empiece una nueva edición de la Supercopa de España. Se trata, hay que reconocerlo, del menos importante de los torneos oficiales del fútbol español, pero no deja de ser una copa de la que presumir si se logra sumar al palmarés. Esta temporada, sin embargo, un cambio radical en el formato ha hecho que la competición que se solía despachar de forma más o menos rutinaria, sin demasiados alardes, esté dando muchísimo que hablar. Y no precisamente para bien.

Porque la revolución que ha emprendido la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), con su presidente Luis Rubiales a la cabeza, no ha sentado nada bien a los aficionados españoles, en general, y a las hinchadas implicadas, en particular. Hasta el punto de que, en conjunto, los seguidores de los cuatro clubes participantes han comprado un total de 1076 entradas de las 12.000 disponibles. Más de un 90% se ha quedado sin vender, y eso que los precios no eran excesivamente altos para lo que se suele ver. El Barça, por ejemplo, tenía el pack de la semifinal y una hipotética final por entre 50 y 120 euros. Y tanto el Valencia como el Atlético de Madrid llegaron a ofrecerlas gratis.

El problema no era adquirir el billete para entrar al estadio, sino buscar la manera de llegar hasta él. Porque alguna mente pensante de la RFEF ha tenido a bien determinar que se juegue no en una de las tres grandes ciudades peninsulares en las que los participantes son locales, sino en Yeda. Este lugar, que a veces se puede encontrar escrito como Jeddah por su transliteración al inglés, se encuentra en la costa occidental de Arabia Saudí, a 4.500 kilómetros (seis horas de vuelo, por carretera mejor ni pensarlo) de Madrid.

No hay que ser demasiado avispado para deducir que, en plena resaca de Navidades, pocas economías se pueden permitir un viaje tan remoto. Ni siquiera las ofertas especiales de los clubes (el Barelona ponía a disposición de sus socios un pack de vuelos y hoteles por 600 euros) hacían que al aficionado habitual le compensara. Y menos aún teniendo en cuenta que, celebrándose las semifinales entre semana y siendo la final el domingo por la noche, un hincha podría llegar a perder hasta cuatro jornadas laborales.

De hecho, varios medios han informado de que, del poco más de un millar de entradas vendidas, una cantidad mínima va a corresponder a aficionados que viajen desde España. El Valencia y el Atleti no llegan, entre los dos, a los 80 desplazados. El grueso de la presencia de socios se debe, fundamentalmente, a madridistas que están en Arabia o en países cercanos por trabajo o negocios y que aprovechan la cercanía.

Eso sí, el estadio Rey Abdalá muy probablemente llene sus 62.000 asientos. Una mayoría abrumadora de ellos estará ocupada por aficionados saudíes, no demasiado acostumbrados a ver fútbol de tan alto nivel (con todo el respeto para el Al-Ittihad y el Al-Ahli que suelen jugar allí), y que ya han agotado las localidades para ver la semifinal entre el Barcelona y el Atlético; para el otro encuentro, que enfrentará al Real Madrid con el Valencia, aún quedan 10.000 espacios libres.

Es indudable que los saudíes disfrutarán mucho de la cita, y que el beneficio económico tanto para RFEF como para los clubes implicados será notable, pero también que las condiciones en que se ha planteado esta Supercopa son toda una falta de respeto para los seguidores “de casa”, los fieles más incondicionales que animarán a sus equipos pase lo que pase por amor verdadero y no por la moda de turno. Ellos han sido durante toda la historia los que han permitido mantener el negocio a flote, de los que tanto se presume cuando se habla de “mejores aficiones del mundo” y otras frases hechas igual de vacías, y sin embargo se les maltrata sin contemplaciones y se les priva de la posibilidad de disfrutar ni más ni menos que de un título oficial por un puñado de petrodólares.

Llama especialmente la atención que la iniciativa no haya venido de los clubes, cuyas directivas ya nos tienen más que acostumbrados a toda clase de estratagemas con tal de recaudar, sino que la promotora sea la propia Federación. La misma entidad que puso el grito en el cielo, interpuso causas judiciales y consiguió frenar el intento de la Liga de programar un partido en el extranjero, alegando que era inconcebible que la competición nacional española se marchara al exterior. La credibilidad que pudo haber ganado Rubiales como defensor del hincha en la grada se hundirá bajo el césped de Yeda.

De todas formas, dentro de lo malo, justo es reconocer que se está experimentando con gaseosa. Esta es una más de las polémicas que arrastra la Supercopa, que se suma a la más que dudosa garantía de cumplimiento de los derechos humanos en el país anfitrión, tema del que ya se ha hablado largo y tendido, o al formato de “final a cuatro” cuyos criterios de elección de participantes no terminan de convencer (mucho menos los del reparto de premios) y que parece ideada ex profeso para colar en el calendario otro Barça-Real. Pero, pese a lo altisonante de su nombre, hay que insistir en que se trata del menos relevante de cuantos campeonatos componen la estructura del fútbol español.

Carente de la tradición de la Liga y de la Copa del Rey, esta competición se disputa tan solo desde 1982, si bien echando la vista atrás en la historia hay algunos precedentes inmediatamente posteriores a la Guerra Civil que no llegaron a consolidarse. Siempre ha costado encontrarle un hueco; al principio, la falta de fechas disponibles a mitad de temporada obligó a cancelar algunas ediciones. Más tarde se consolidó en el mes de agosto, por lo que los participantes la veían como una cita veraniega de preparación para lo serio, con solo un poco más de empaque que el Carranza, el Colombino o el Teresa Herrera.

No faltó durante este tiempo quien pensó que era un compromiso inútil y que, tal como se creó, podría desaparecer. El hecho de que se jugara a doble partido, primero en casa del campeón (o subcampeón) de Copa y luego en la del de Liga (o del doblete), contribuía a que fuera más difícil todavía cuadrarla a gusto de todos, con jaleos cada año para determinar los días adecuados. Ya el año pasado Rubiales y su equipo emprendieron el camino de las reformas simplificándola a partido único... pero perdieron la oportunidad de convertirla en una fiesta para los aficionados al llevársela a Marruecos. Ahora, yéndose a orillas del mar Rojo, a lo mejor durante un tiempo se note alivio en la tesorería de la RFEF, pero también pueden haberle dado la puntilla a una Supercopa que pocos echarían de menos.

Más historias que te pueden interesar: