¿Te han decepcionado? Las claves psicológicas para seguir adelante

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Las grandes decepciones a menudo se transforman en momentos vitales decisivos. [Foto: Getty Images]
Las grandes decepciones a menudo se transforman en momentos vitales decisivos. [Foto: Getty Images]

La decepción forma parte de la vida.

Todos nos hemos sentido defraudados alguna vez. Y probablemente volveremos a sentirnos así.

Es inevitable.

Por supuesto, ser conscientes de su infalibilidad no mitiga su impacto. La decepción suele ser un sentimiento difícil de gestionar, sobre todo cuando proviene de las personas más cercanas, esas de las que esperamos más amor, apoyo, compasión, ayuda...

Sin embargo, la manera en que gestionemos esas situaciones puede marcar nuestras vidas. De hecho, las grandes decepciones a menudo son momentos vitales decisivos. Una gran desilusión puede empujarnos a tomar decisiones que cambien por completo el curso de nuestra vida.

Si no sabemos lidiar con la decepción, podemos adentrarnos en el camino del rencor, la venganza y la amargura. La ciencia ha comprobado que la decepción nos vuelve más huraños y egoístas, afecta nuestras decisiones y nos hace creer que los demás son menos fiables.

En cambio, lidiar asertivamente con las desilusiones puede ser constructivo. Winston Churchill, por ejemplo, se vio obligado a renunciar a su cargo como Primer Lord del Almirantazgo al inicio de su carrera debido a la desastrosa campaña militar en Galípoli durante la Primera Guerra Mundial. Fue deshonrado y degradado, mordió el polvo y conoció el sabor de la decepción, pero aprendió la lección y luego fue capaz de liderar al Reino Unido en sus momentos más difíciles. No podemos evitar las decepciones, pero podemos decidir cómo responder.

Llamar a la decepción por su nombre

Aceptar que una persona cercana nos ha defraudado nos ayudará a pasar página. [Foto: Getty Images]
Aceptar que una persona cercana nos ha defraudado nos ayudará a pasar página. [Foto: Getty Images]

La decepción es un sentimiento complejo. Es una mezcla de tristeza y pérdida, una brecha dolorosa entre nuestras expectativas y una realidad que nos empuja a un espacio emocional incómodo. Por esa razón, muchas personas prefieren ignorar, minimizar o incluso camuflar ese sentimiento.

Dado que la decepción no suele llegar sola, es fácil esconderla tras la ira, la frustración o una enorme tristeza. Sin embargo, reprimir la decepción solo contribuirá a que se vuelva más problemática con el paso del tiempo. Cerrar los ojos a la realidad no hará que desaparezca.

Aunque puede ser difícil reconocer que nuestra pareja, hijos, padres, hermanos o amigos nos han defraudado, lo mejor es llamar a las cosas por su nombre, literalmente. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de California confirmó que etiquetar lo que sentimos interrumpe la actividad de la amígdala, lo cual significa que calma las emociones para ayudarnos a pensar con más claridad.

Validar nuestras emociones significa aceptar su existencia y recordar que no pasa nada por experimentar esos sentimientos. Las emociones siempre suceden por una razón, por lo que debemos intentar comprenderlas. Aceptar que no obtuvimos lo que deseábamos o que una persona cercana nos ha defraudado nos preparará para pasar página.

Analizar las expectativas en el diván

Aunque creamos que nuestras expectativas son apropiadas y realistas, es probable que no lo sean. [Foto: Getty Images]
Aunque creamos que nuestras expectativas son apropiadas y realistas, es probable que no lo sean. [Foto: Getty Images]

La decepción se produce cuando nuestras expectativas no coinciden con la realidad. Quizá alguien nos hizo creer que estaría a nuestro lado para apoyarnos, pero luego no cumplió su promesa. O quizá nunca lo prometió, sino que malinterpretamos las señales o incluso dimos por descontado que sería así.

En la mayoría de los casos, la decepción surge de expectativas demasiado elevadas sobre los demás, en especial sobre las personas cercanas. Aunque creamos que nuestras expectativas son apropiadas y realistas, es probable que no lo sean.

Nuestras expectativas suelen depender más de los roles y las obligaciones sociales que de la propia persona. Así llegamos a asumir que la intimidad de nuestra pareja nos pertenece, que los padres o los hijos siempre tienen que estar disponibles o que un buen amigo tiene que ser completamente sincero. Muchas expectativas nacen de los comportamientos sociales esperados de las personas que ocupan determinados roles, sin tener en cuenta su individualidad y poder de decisión.

En otros casos, las expectativas son un reflejo de nosotros mismos, de nuestro sistema de valores, creencias y prioridades. Esperamos que los demás hagan por nosotros lo que estaríamos dispuestos a hacer por ellos. Así terminamos convirtiendo la relación en una especie de quid pro quo y, cuando esa reciprocidad no se produce nos sentimos defraudados e incluso engañados, sin darnos cuenta de que no hemos tenido en cuenta la voluntad y el deseo del otro.

Por tanto, cuando sufrimos una decepción merece la pena acomodar nuestras expectativas en el diván y preguntarnos si eran realistas. Para ello, debemos indagar sobre la dinámica de la decepción: ¿Nos han defraudado porque no nos ayudaron como nos habría gustado? ¿No nos ayudaron tan rápido como deseábamos? ¿O no nos ayudaron tanto y durante todo el tiempo que necesitábamos? En estos casos, las sutilezas cuentan porque nos indican cuán realistas o irreales eran nuestras expectativas.

Es posible que descubramos que no tuvimos en cuenta las condiciones particulares que estaba atravesando la otra persona, sus recursos o disposición real a ayudarnos o que ni siquiera supiera que necesitábamos ayuda, por ejemplo. Este ejercicio debe servirnos para comprender que cada persona es libre, también de decepcionarnos, porque está viviendo su vida, de manera que a veces podemos convertirnos en su prioridad, pero otras veces no.

Evitar la marca de la decepción

Es más fácil culpar al otro porque nos ha decepcionado que asumir que teníamos expectativas irreales. [Foto: Getty Images]
Es más fácil culpar al otro porque nos ha decepcionado que asumir que teníamos expectativas irreales. [Foto: Getty Images]

Cuando una persona nos decepciona, no es raro que terminemos proyectando nuestros sentimientos negativos sobre ella. A fin de cuentas, la identificamos como la causa de nuestro mal. Cada vez que nos sentimos defraudados, tenemos la tendencia a culpar a los demás y revolcarnos en nuestro rol de víctimas para no asumir nuestras responsabilidades y proteger nuestro ego. Sin duda, es más fácil culpar al otro porque nos ha decepcionado que asumir que teníamos expectativas irreales.

Es una reacción comprensible, pero no es madura.

Cuando caemos en esa trampa podemos sufrir un sesgo cognitivo conocido como “efecto diablo”. En práctica, juzgamos de manera desfavorable a alguien basándonos en un solo rasgo negativo. Cuando una persona nos decepciona, asumimos inmediatamente que se trata de alguien “poco fiable” o directamente “malo”, sin tener en cuenta el contexto y los posibles atenuantes. Como resultado, la relación se resiente.

Una postura más madura consiste en intentar comprender los motivos que tuvo esa persona para actuar – o no actuar – de determinada manera. Quizá no nos contó algo porque no quería hacernos daño. O no nos pudo apoyar porque no estaba pasando por un buen momento. Somos particularmente buenos justificando nuestros malos comportamientos porque conocemos el contexto, pero a menudo nos convertimos en jueces implacables de los demás sin conocer sus condiciones.

Cuando alguien nos decepciona, lo mejor es enfocarnos únicamente en el comportamiento, en vez de aplicar juicios de valor, sobre todo si pretendemos mantener la relación a largo plazo. Un comportamiento, por mucho que nos haya defraudado, no define a una persona. Por tanto, debemos evitar realizar generalizaciones.

Expectativas claras previenen decepciones

Las expectativas se negocian, no se imponen. [Foto: Getty Images]
Las expectativas se negocian, no se imponen. [Foto: Getty Images]

Muchas veces asumimos que los demás, en especial las personas más significativas y que más nos conocen, deben intuir qué nos ocurre y qué necesitamos, como si tuvieran una bola de cristal. Sin duda, habrá quienes lo hagan y quienes no. Pero ni siquiera las personas más “intuitivas” podrán comprendernos siempre.

Es extremadamente injusto enfadarse con alguien que ni siquiera sabía qué esperábamos de ella. Por eso, la manera más eficaz para evitar las decepciones consiste en comunicar nuestras expectativas con claridad.

Aunque a la inmensa mayoría de las personas les cuesta reconocer que tienen un problema, pedir ayuda o expresar sus emociones, si nos sentimos defraudados, lo mejor es expresarlo con sinceridad y sin reproches. Por ejemplo, podemos decir: “me sentí decepcionado porque no me ayudaste, ¿puedo contar contigo la próxima vez?”.

Las expectativas se negocian, no se imponen. Podemos ser claros sobre lo que esperamos y escuchar el nivel de compromiso del otro. Es probable que la próxima vez esté a nuestro lado cuando se lo pidamos o quizá descubramos que no podemos contar con su ayuda, de manera que tendremos tiempo suficiente para reestructurar nuestra red de apoyo y no decepcionarnos.

Se trata, en definitiva, de reconocer que tenemos cierta influencia sobre los demás, pero no un control absoluto, de manera que muchas veces podemos alimentar expectativas irreales sin darnos cuenta. La buena noticia es que, aunque no podamos controlar sus decisiones, podemos controlar nuestras reacciones. Rumiar la decepción no nos ayudará ni cambiará lo sucedido, tan solo perpetuará el malestar.

Debemos asumir que algunas decepciones son predecibles y prevenibles porque dependen en gran medida de nuestras expectativas, pero otras son inevitables. Independientemente de todo el trabajo psicológico que hagamos, es probable que sigamos decepcionándonos y decepcionando a los demás, porque forma parte de la vida y del ser humano. Si aprendemos a lidiar con las desilusiones, sufriremos menos y podremos enfocarnos en las cosas positivas de la vida, en vez de quedarnos atascados en la decepción y el rencor.

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