¿Estás teniendo sueños más intensos y emocionales? La culpa es del coronavirus

Nuestros sueños reflejan nuestros miedos y preocupaciones. [Foto: Getty Creative]

Hay sueños que reconfortan y sueños que aterran. Hay pesadillas familiares y pesadillas dignas de un relato de Lovecraft. En las pesadillas recurrentes reconocemos el lugar y la secuencia de acontecimientos, por lo que podemos jugar con ventaja y mantener cierto control. Dan miedo, pero no tanto.

Sin embargo, existen otras pesadillas en las que todo lo que debería ser familiar se vuelve extraño, ajeno. Nos sentimos perdidos, sin manual de instrucciones y no sabemos qué hacer. Ahora estamos viviendo ese tipo de pesadilla.

Y si vivimos una pesadilla durante el día, esa narrativa terminará ocupando nuestras noches. Por eso nuestra manera de soñar y el contenido de nuestros sueños está cambiando.

Hay quienes están soñando más de lo habitual. Otros reportan sueños más largos, vívidos y reales. Hay quienes sueñan con personas que no ven desde hace años. Y tampoco faltan las pesadillas de tintes apocalípticos.

Estamos viviendo una versión “light” de la fiebre de la cabaña

El aislamiento y la falta de estímulos juegan en nuestra contra. [Foto: Getty Creative]

Cuando los primeros colonos llegaron a Estados Unidos vivieron largos inviernos en soledad. La nieve cubría sus cabañas, por lo que pasaban mucho tiempo recluidos, esperando que el tiempo mejorara. Como resultado, comenzaron a padecer una serie de síntomas similares: se sentían irritables, aletargados, cansados y tenían problemas de sueño. A ese estado, causado fundamentalmente por el aislamiento, se le llamó la “fiebre de la cabaña”.

Estar confinados en casa no es exactamente lo mismo, pero el aislamiento limita la cantidad de estímulos a los que nos exponemos. La imposibilidad de salir nos arrebata los estímulos exteriores, la interacción social y la actividad física, por lo que podemos entrar en una especie de estado de hibernación. Al igual que le ocurre a las personas sometidas a una situación de privación sensorial, podemos sentirnos más apáticos, deprimidos, cansados y somnolientos.

No tener que seguir un horario de trabajo también contribuye a que durmamos más. Como resultado, pasamos más tiempo en la fase REM, que es donde soñamos. Por eso en estos tiempos muchas personas sueñan más y tienen sueños más largos. Al despertarse tendrán la sensación de que han estado soñando toda la noche.

La falta de estímulos externos también puede hacer que nuestro cerebro intente llenar esas “lagunas” con unos sueños más ricos y vívidos. Si no tenemos aventuras en el mundo real, nuestro cerebro las suple con aventuras en los sueños. Además, al no existir recuerdos biográficos que compitan por su atención, cuando nos despertamos es probable que recordemos mejor lo que hemos soñado.

A más estrés, más pesadillas

El estrés dispara las pesadillas. [Foto: Getty Creative]

Estamos atravesando un periodo difícil. Muchos temen enfermar, les preocupa su futuro económico o incluso han perdido a una persona significativa en estos días. Esas circunstancias generan un nivel de estrés elevado que termina reflejándose en nuestro sueño.

Tenemos las emociones a flor de piel y eso terminará configurando el contenido de lo que soñamos, transparentándose de una manera u otra en nuestra narrativa onírica. No es casual que el 80 % de las personas que padecen un trastorno de estrés postraumático tengan pesadillas frecuentes y el contenido de las mismas gire en torno a esas vivencias negativas, como comprobaron investigadores de la Universidad de Pittsburgh

Ahora mismo, nuestros sueños están siendo el reservorio de temores tan ancestrales como el miedo a enfermar o a la muerte de nuestros seres queridos. A fin de cuentas, los sueños no se nutren únicamente de nuestras experiencias diarias, sino que también son el lenguaje del inconsciente.

De hecho, las pesadillas pueden ser un mecanismo de afrontamiento del estrés. Cuando tenemos que lidiar con situaciones que nos desbordan emocionalmente, como la que estamos viviendo en estos momentos, nuestro inconsciente nos va preparando y explora diferentes soluciones a través de los sueños.

Las pesadillas son la proyección de los peores escenarios y una señal de alarma para que nos fortalezcamos psicológicamente. Nuestro cerebro hace “terapia emocional” mientras dormimos para ayudarnos a encontrar un nuevo equilibrio psicológico. Por eso en esta etapa, la incertidumbre que vivimos se expresa a través de sueños en los que nos sentimos atrapados y no logramos encontrar la salida.

¿Y por qué soñamos con personas que no vemos desde hace años?

El pasado nos devuelve la sensación de seguridad y el control perdidos. [Foto: Getty Creative]

Pasar más tiempo en casa, sin estar consumidos por la prisa que normalmente mantiene nuestra mente ocupada, ha provocado un cambio en nuestros hábitos. Tenemos más tiempo para reflexionar y pensar, para volver al pasado y recordar a aquellas personas que fueron significativas para nosotros.

La necesidad de estrechar relaciones en la distancia también ha hecho que nos volquemos más en las redes sociales y recuperemos viejas amistades. En momentos difíciles, también nos acordamos de las personas que están lejos y les escribimos para saber cómo se encuentran.

Esos contactos activan nuestros recuerdos, de manera que no es raro que terminemos soñando con personas que ya no están o que no vemos desde hace años. De hecho, esa vuelta al pasado también es una estrategia de nuestro inconsciente para brindarnos una dosis de seguridad en medio del caos y la incertidumbre. Volver atrás, a lo conocido, nos brinda la tranquilidad que transmite lo familiar.

¿Podemos hacer algo para dormir mejor?

Una buena noche de sueño estimula nuestro sistema inmunitario. [Foto: Getty Creative]

En tiempos de pandemia, los sueños matizados por la angustia son normales. Sin embargo, dormir bien es esencial pues no solo nos permite descansar sino que preserva nuestro equilibrio emocional e incluso potencia nuestro sistema inmunitario, como demostró un estudio realizado en la Universidad de Tubinga. Por eso es importante adoptar medidas que nos permitan mejorar la calidad del sueño:

  1. Mantener una rutina de sueño regular, lo cual significa acostarse y levantarse aproximadamente a la misma hora todos los días. Las rutinas erráticas alteran nuestro ritmo de sueño-vigilia y pueden aumentar la ansiedad. Además, dormir demasiado, más de 9 horas al día, también es dañino.

  2. Evitar la sobrecarga informativa, sobre todo antes de ir a la cama. Estar aislados aumenta el deseo de quedarnos conectados, pero para dormir bien necesitamos evitar las malas noticias por la noche ya que su impacto emocional terminará reflejándose en nuestros sueños.

  3. Agregar variedad a la jornada. Aunque no podamos salir de casa, añadir variedad a nuestras jornadas servirá para estimular la mente. Pequeños cambios cotidianos pueden ser más que suficientes para hacernos sentir mejor. ¡Y no olvidemos practicar algo de ejercicio! La actividad física reduce el estrés y nos ayuda a dormir mejor.

  4. Seguir un ritual relajante antes de acostarse. Los rituales que nos reconfortan pueden ayudarnos a conciliar el sueño más rápido y a dormir mejor. Darnos una ducha caliente es una excelente idea para mejorar la calidad del sueño porque estimula la producción de melatonina, según un estudio de la Universidad de Texas.

  5. Aprender técnicas de relajación. Tenemos tiempo y los necesitamos, así que no hay mejor momento para incorporar los ejercicios de relajación a nuestra rutina. Existen muchas opciones, desde la meditación mindfulness hasta la relajación muscular progresiva o las técnicas de respiración. Aplicarlas antes de dormir nos ayudarán a tener un sueño más profundo y tranquilo.

En cualquier caso, debemos tener presente que “el sueño es una pequeña puerta escondida en lo más profundo e íntimo del santuario del alma”, como dijera Carl Jung. Nuestros sueños solo nos están diciendo que somos humanos, que estamos preocupados y que queremos que todo vaya bien. Quizá, para recuperar la calma, solo tengamos que “abrazar” metafóricamente a ese niño pequeño y asustado que vive en nosotros. Y decirle que resista. Porque antes o después todo pasará.

 

Más historias que te pueden interesar

COVID-19: si no cambiamos, el sufrimiento será en vano

Cómo el estrés por el coronavirus está dañando tu sistema inmunitario

Distancias que duelen, separarse de quienes quieres para protegerlos