Space operas modernas más allá de 'Star Wars' y 'Star Trek' que deberías descubrir

·14 min de lectura

Por Alberto Cano - Películas de ciencia-ficción en el espacio hay muchas, pero pocas me fascinan tanto como las de ese ostentoso, aventurero y fantasioso género que es la "space opera". Cuando se piensa en ellas es normal que vengan a la mente títulos como Star Wars o Star Trek, pero estas aventuras espaciales ligadas habitualmente a apasionantes viajes estelares, imponentes imperios galácticos, tecnología y escenarios futuristas o espectaculares batallas en recónditos planetas y galaxias, vienen de muy atrás y tienen un legado enorme que las avala.

A nivel audiovisual debemos remitirnos a finales de los años 30, cuando series como Flash Gordon, adaptación de las historietas de Alex Raymond nacidas en 1934, empezaron a emitirse en televisión. Fue por esta época cuando el escritor Wilson Tucker empleó por primera vez el término "space opera" para hablar de estos productos, una palabra con significado peyorativo que criticaba los clichés de estas historias espaciales enfocadas al público masivo, sobre todo por ser consideradas demasiado infantiles y simplistas respecto a la ciencia-ficción pura y dura.

Pero el género y el término fueron evolucionando, alcanzando su madurez en los 60s cuando series como Star Trek conquistaron a espectadores de todo el mundo y generaron un fenómeno fan sin igual. Aunque mayor fue el éxito cosechado a finales de los 70 con Star Wars, donde George Lucas creó una de las más exitosas y longevas franquicias del cine trasladando la aventura clásica del héroe al rescate de la princesa a los confines del espacio. Pero aquí no he venido a hablaros de estas películas conocidas por todos, sino de las space operas que desencadenaron en los años 80 y los resquicios del género que llegaron más adelante.

Cartel promocional de El abismo negro
Cartel promocional de El abismo negro

Y es que una película como Star Wars, cuyos datos de recaudación ajustados por inflación la sitúan actualmente como la segunda más taquillera de la historia, evidentemente iba a hacer que otros estudios quisieran seguir un camino similar e intentar emular su éxito. Un primer caso muy notorio fue el de Disney, que justo un año después, en 1979, estrenó El abismo negro. Se trataba de una película sobre el descubrimiento de una nave espacial varada junto a un agujero negro, en cuyo interior reina la tiranía de un malvado comandante y su tripulación de droides y robots.

Uno de los rasgos más característicos de la space opera es el trasladar los esquemas básicos del cine de aventuras al mundo espacial, lo que aquí se ve representado en la figura de su villano, el Dr. Hans Reinhardt, una reinterpretación en clave de villano del Capitán Nemo de 20.000 leguas de viaje submarino interpretada por el difunto Maximilian Schell. Esta figura es acompañada por un ejército de droides con un diseño similar a los stormtrooper o a personajes como R2-D2 de la saga de George Lucas, reminiscencias que se ven más claras en medio de localizaciones muy parecidas al interior de los cruceros espaciales o de la Estrella de la Muerte.

El abismo negro fue uno de los primeros intentos fallidos de Disney de abrirse a un público más adulto sin dejar de lado a su tradicional target familiar. Pero como ocurrió con la mayoría de sus producciones que siguieron esta estela a lo largo de los 80, la película no convenció a ningún tipo de espectador. Fue demasiado infantil para el público adulto y demasiado oscura para el familiar, sumado a que en el fondo no dejaba de ser un batiburrillo de elementos ya vistos en Star Wars o 2001: Una odisea en el espacio. De hecho, incluso trataron de utilizar la misma tecnología de Star Wars con las cámaras de control de movimiento de Industrial Light and Magic, aunque finalmente no fue posible.

Pero no hay que desmerecer esta película. De hecho la considero una de las mejores y más reivindicables rarezas del catálogo de Disney (está disponible en Disney+). Su trabajo plástico y visual es ostentoso, su mezcla entre aventura, intriga y terror es adictiva y tiene uno de los finales más fascinantes y desconcertantes que he tenido ocasión de ver. Además, sirvió de clara inspiración a producciones como Horizonte Final de Paul W.S. Anderson a finales de los 90. 

Actors Sam J. Jones and Timothy Dalton in a scene from the film 'Flash Gordon', 1980. (Photo by Stanley Bielecki Movie Collection/Getty Images)
Actors Sam J. Jones and Timothy Dalton in a scene from the film 'Flash Gordon', 1980. (Photo by Stanley Bielecki Movie Collection/Getty Images)

Quien también intentó remitir a Star Wars fue el mítico productor Dino de Laurentis. Y por partida doble. Por un lado se lanzó a producir una película de Flash Gordon, la mítica space opera surgida en el cómic y llevada a la televisión entre los años 30, 40 y 50 que fue la principal inspiración de Lucas para su saga galáctica. En segundo lugar con Dune, la aclamada novela de ciencia-ficción de Frank Herbert que previamente ya había intentado llevarse al cine bajo la realización del director chileno Alejandro Jodorowsky. Pero ambos fueron estrepitosos fracasos.

En el caso de Flash Gordon la película fue una calamidad en todos los sentidos de la palabra, un ejercicio extremadamente kitsch sobre una propuesta ya demasiado desfasada para la época que se abrazaba involuntariamente al tono paródico

Posiblemente sea uno de esos casos en los que la película es tan extremadamente mala que acaba por ser un completo disfrute, o al menos a mí me lo parece (la pueden encontrar en Filmin). Aunque también es un producto que me genera fascinación por su remarcada estética colorida, el trabajo tras su dirección artística, la banda sonora a cargo de Queen y su tono tan puramente ochentero. Un deleite al que le perdonas sus errores infinitos. En taquilla tuvo que conformarse con una ínfima recaudación de 27 millones de dólares en Estados Unidos, cifra muy alejada de poder suplir los altos costes de una grandilocuente producción de ciencia ficción. 

Mientras realizaba Flash Gordon, Dino de Laurentis ya estaba inmerso en la adaptación de Dune, producción ante la que se enfrentaba a un reto inmenso dada la complejidad de la novela. Su propuesta inicial era hacer dos películas bajo la dirección de Ridley Scott, que acaba de arrasar con Alien, pero el director decidió alejarse del proyecto y fue sustituido por David Lynch.

La idea del director de Mulholland Drive, que por aquel entonces solo había dirigido Cabeza Borradora y El hombre elefante y se aventuraba por primera (y última) vez en una superproducción de Hollywood, era rodar una película de 8 horas para abarcar todas las implicaciones de la obra de Frank Herbert, sin embargo, por razones obvias esta fue reducida a cinco antes de iniciar las grabaciones. Aunque antes de estrenarse, Laurentis obligó a Lynch a realizar un nuevo corte de 137 minutos, un montaje que no fue aprobado por el director y le llevó a renegar de la película.

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Cuando llegó a las salas el público tampoco aprobó el resultado, haciendo que Laurentis tuviera que enfrentarse a unas pérdidas económicas inmensas tras una pobre recaudación de 30,9 millones de dólares ante un presupuesto de 40. Se intentó solucionar el desastre haciendo un nuevo montaje extendido para televisión, pero en vez de apostar por la visión de Lynch trataron de utilizar el material descartado para hacer una versión más accesible y simple de la historia. Y claro, el resultado fue peor. De hecho, Lynch ni siquiera firma este montaje, que en los créditos aparece bajo el seudónimo anónimo y habitual de Hollywood, Alan Smithee.

Y es que Dune es mucho más que una historia de entretenimiento. Más allá de su aventura abrazada a la space opera y de esos espectaculares parajes desérticos con gusanos gigantes, se hablaba sobre las implicaciones de los avances tecnológicos, sobre sistemas políticos, religión e incluso ecología. Elementos que elevaban la historia más allá de la mera aventura de Star Wars y que sin ellos se quedaba desprovista de su esencia. Sin embargo, pese a que los cortes en la película son más que evidentes, los resquicios de estas ideas siguen presentes a lo largo de la narración, por no hablar de lo fascinante que es descubrir este universo bajo el marcado toque autoral de David Lynch. Y aparte, hablamos de una obra muy grandilocuente, entretenida, ochentera y con un apartado visual de infarto (también está en Filmin).

Fue también muy percatable el caso de James Bond, que dos años más tarde del estreno de Star Wars dio el salto al espacio con Moonraker. La película adaptaba la novela de Ian Fleming del mismo título, pero en vez de contar su historia sobre un malvado villano que pretende destruir Londres con un cohete rompió con sus bases y trasladó al agente 007 al espacio.

No la calificaría del todo como space-opera, puesto que no deja de ser una historia clásica de Bond adentrándose en la ciencia-ficción, pero bebió de los elementos del género para aprovecharse de la fiebre por las aventuras espaciales. La mezcla no convenció a todos, pero fue interesante ver a Bond salirse de sus esquemas.

Roger Moore, Lois Chiles, bei den Dreharbeiten zum
Roger Moore, Lois Chiles, bei den Dreharbeiten zum "James-Bond"-Film "Moonraker", Paris/Frankreich, 01.01.1981, Uniform, Kulisse, Kostüm, verkleiden, Promis, Prominente, Prominenter, Schauspielerin, Schauspieler, (Photo by Peter Bischoff/Getty Images)

Dejando de lado estas obras más conocidas, no quiero pasar por alto las películas que abordaron el género desde la serie B. Me viene a la mente Space Riders, una aventura espacial dirigida en 1983 por Howard R. Cohen que se puede resumir como una copia de bajo presupuesto de Star Wars divertida a la vez que un poco chapucera.

Space Riders estaba protagonizada por un cazarrecompensas idéntico a Han Solo, había criaturas similares a las de la saga de Lucas, un malvado imperio que quería hacerse con el control de la galaxia, la realización de sus escenas y hasta sus efectos de imagen y sonido eran iguales a los de Star Wars,… Eso sí, con muchos menos recursos y un resultado cuestionable. Aunque su visionado es toda una experiencia que recomiendo, igual que el de otras muchas producciones similares como Los siete magníficos del espacio, que sí, son copias malas y descaradas, pero si te gusta el género espacial y la serie B no son para nada desdeñables.

Otra space opera que me encantaba era Starfighter: La aventura comienza. Hoy en día pienso en ella y la veo como una producción muy simplona, pero era de esas aventuras que veías de pequeño y te invitaban a soñar con vivir tus propias peripecias en el espacio.

Starfighter nos contaba la historia de un adolescente aficionado a los videojuegos espaciales, quien tras recibir la visita de un extraterrestre se ve inmerso en una aventura cósmica para salvar el universo. Recuerdo verla en un pase en televisión y percibir ese aroma ochentero propio de películas como La princesa prometida, una sensación de sentirte dentro de la historia e imaginarte a ti mismo embarcado en una odisea por los confines del mundo. Diría que nadie se acuerda de ella, aunque es normal teniendo en cuenta que tampoco funcionó en taquilla.

Y es que pese al resurgimiento del space opera, pocas películas consiguieron funcionar de cara al público. Como consecuencia, el género se quedó huérfano durante los 90 y hubo que esperar a la nueva fiebre por la ciencia-ficción de finales de la década para su vuelta a las pantallas. 

Fue en medio del lanzamiento de míticos títulos como Contact, Armagedoon o Matrix cuando llegó a los cines esa joya del cyberpunk de Luc Besson que fue El quinto elemento, donde el reconocido director francés recurrió a elementos de la space opera para contar esta mítica historia cargada de emoción, ideas frescas y un apartado visual aún impresionante que fue protagonizada por Bruce Willis y Milla Jovovich.

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Y hablando de Luc Besson, voy a dar un salto a 2017 para hablaros de Valerian y la ciudad de los mil planetas, el que considero uno de los fracasos más injustos de los últimos años. El director regresó a la space opera con esta adaptación de los cómics de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières para la que contó con un inmenso presupuesto de 177,2 millones de dólares. Sin embargo, la crítica la destrozó y el público ni se molestó en verla.

En mi opinión, creo que se trata de una de las mejores aventuras recientes de ciencia-ficción, disponiendo de un apartado artístico bellísimo, de una ejecución de la acción sobresaliente y de un universo fantástico que nada tiene que envidiar al de Star Wars o Star Trek. De hecho, me parece una cinta muy superior a la última trilogía de Star Wars realizada por Disney. Es verdad que se alargaba más de la cuenta, que en su tramo medio su argumento perdía fuelle o que Dane DeHaan no tenía el carisma suficiente para sobrellevar la carga del protagonista, pero no desmerece el buen acabado de una película que en lo último que falla es en el entretenimiento. Esta producción también está disponible en el catálogo de Filmin.

Lo más triste de Valerian es que, en un panorama audiovisual donde el cine comercial se nutre mayoritariamente de secuelas, remakes y reboots, su fracaso fue otra estacada a la posibilidad de apostar por nueva franquicias e ideas en el terreno del blockbuster. Pero sobre todo para el género de la space opera, puesto que las pocas incursiones que tuvo en la década pasada fueron enormes fracasos en taquilla. Fue el caso de John Carter de Disney en 2012 o de El destino de Jupiter de las hermanas Wachowski en 2015, cintas nada desdeñables y fascinantes en su concepción, pero fallidas de cara a ofrecer un concepto atractivo al público.

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La primera llegó demasiado tarde, puesto que infinidad de películas de aventuras y ciencia-ficción (incluida Star Wars) habían bebido de las novelas de Edgar Rice Burroughs que adaptaba y lució como una aventura muy genérica (está en Disney+). Por su parte, El destino de Júpiter (en HBO) volvió a cometer ese error tan habitual en la filmografía de las Wachowski de dejarse llevar por la grandilocuencia, lo que se sumó a una mala implementación de un tono extremadamente kitsch en la historia. Sin embargo, vuelvo a reivindicar ambas películas, por entretenidas, por su espectacularidad, por sus universos fascinantes y porque sí, adoro la space opera.

Me he centrado en hablar de cine, pero no quiero terminar sin mencionar series como Battlestar: Galactica o Firefly, que fueron los mayores exponentes del género en los 2000. La primera fue un reboot de la serie del mismo título surgida también en los 80 tras el fenómeno de Star Wars y la segunda una de las producciones más icónicas de Joss Whedon. Battlestar Galáctica fue un éxito que se mantuvo en antena entre 2004 y 2009 a lo largo de cuatro temporadas, sin embargo, Firefly fue cancelada tras su primera e inconclusa temporada. El fenómeno fan surgido tras su final hizo que se produjera la película Serenity, que funcionó a modo de secuela, no obstante, el supuesto éxito posterior de Firefly tras su cancelación fue un mero espejismo, puesto que la película fracasó en taquilla tras recaudar 40 millones de dólares con un presupuesto de 39.

Con esto quiero terminar ejemplificando cómo la space opera es un género que nunca ha acabado por cuajar entre el gran público más allá de las franquicias de turno. Dejando Star Wars y Star Trek a un lado, hay muy pocas cintas que hayan logrado convertirse en un éxito de masas. De hecho, en los últimos años, salvo la excepción de Guardianes de la Galaxia que venía apadrinada por la marca Marvel, los mayores éxitos del género han sido las nuevas entregas de Star Wars o el reboot de Star Trek de J.J. Abrams en 2009. Tal vez sea por la irregularidad que siempre ha presentado la space-opera, pero desde aquí invito a explorarlo en profundidad y a descubrir muchas de las producciones de las que aquí escribo.

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