‘Soul’ es una gran película, sí, pero ‘Wolfwalkers’ necesitaba más ese Óscar

Pedro J. García
·8 min de lectura

Una vez más llegamos al final de la temporada de premios con la ceremonia de los Óscar, que este año llegó más tarde por culpa de la pandemia y se celebró en condiciones extraordinarias, con resultado raro, raro. La edición número 93 de los Premios de la Academia se saldó con un palmarés muy repartido y variado, pero como siempre, no faltaron las decisiones cuestionables y los ninguneos en la lista de premiados.

Este año, una de las categorías que más han dado que hablar ha sido la de Mejor Película de Animación. El premio estaba entre Soul, de la prestigiosa e infalible Pixar, y Wolfwalkers, una pequeña película irlandesa en 2D que era la favorita entre los amantes del cine de animación tradicional. Ambos son grandes films, pero la Academia finalmente optó por lo de siempre entregando predeciblemente la estatuilla una vez más a Pixar.

Un Óscar merecido, sin duda, pero que a su vez invita a reflexionar sobre el problema de estos premios con el cine de animación: les gusta quedar bien nominando propuestas alternativas que se alejan del cine más comercial, para al final siempre escoger la opción más conservadora y hollywoodiense.

Cartel promocional de Wolfwalkers (Cartoon Saloon / Apple TV)
Cartel promocional de Wolfwalkers (Cartoon Saloon / Apple TV)

La categoría de Mejor Película de Animación existe como tal desde 2001, año en el que Shrek se alzó como la primera ganadora de este premio. Desde entonces, solo dos films no realizados en animación por ordenador se han llevado el galardón, El viaje de Chihiro en 2002 y Wallace y Gromit: La maldición de las verduras en 2005. Por supuesto, esto es un claro indicativo de la tendencia que ha imperado en el cine comercial desde finales de los 90, con el cine digital desplazando la animación tradicional casi por completo.

Sin embargo, son varios los estudios que han luchado (y están luchando) por mantenerse a flote y evitar que el arte de la animación realizada completamente a mano no desaparezca del todo. En los últimos años, los Óscar han reconocido los esfuerzos de estas productoras nominando muy a menudo títulos de animación en 2D o stop-motion y películas de producción europea o asiática que se codean con los grandes taquillazos de las majors de Hollywood. Pero casi nunca han tenido verdadera oportunidad de ganar ante el monopolio de Disney.

En estas dos décadas de categoría no han faltado nominaciones para Studio Ghibli (El castillo ambulante, El viento se levanta, El recuerdo de Marnie, El cuento de la princesa Kaguuya, La tortuga roja), Laika (Los mundos de Coraline, Los Boxtrolls, Kubo y las dos cuerdas mágicas, Mr. Link: El origen perdido), Aardman (¡Piratas!, La oveja Shaun: La película), las cintas de Wes Anderson Fantástico Sr. Fox e Isla de perros o apuestas diferentes de otros estudios como Persépolis, El ilusionista, La vida de Calabacín, Mirai, Loving Vincent o la española Chico & Rita.

A todas ellas se suma la pequeña productora del film que hoy nos ocupa, Cartoon Saloon, estudio irlandés por Tomm Moore, Nora Twomey y Paul Young, responsables de joyas como El libro secreto de Kells, La canción del mar y El pan de la guerra, todas ellas nominadas al Óscar. Su último trabajo, Wolfwalkers, llegó a nuestras pantallas a finales de 2020 a través de la plataforma Apple TV+, donde no ha hecho más que acumular elogios y aplausos a pesar de encontrarse en una ventana mucho más minoritaria que Disney+ o Netflix.

A lo largo de la carrera por el Óscar, Wolfwalkers ha ido muy igualada con la cinta que tenía todas las papeletas para llevarse el premio, Soul, llegando incluso a considerarse posible que diera la sorpresa y le arrebatase el galardón a Pixar (las dos arrasaron en los Annie con cinco y siete premios respectivamente). Sin embargo, no pudo ser, ya que un año más, la Academia optó por premiar a Disney/Pixar, dejando así a las puertas de la gloria a una propuesta más modesta pero igualmente merecedora. Y ya van 11 Óscars para el estudio de Coco y Onward(también nominada este año) y 14 en total para su dueña Disney, de los 20 que se han entregado hasta ahora en esta categoría.

El caso Soul-Wolfwalkers es muy parecido a lo que ocurrió el pasado año con Klaus y Toy Story 4. La aclamada cinta española de animación se convirtió en la favorita a batir al estudio de Emeryville, pero finalmente la secuela de Pixar se llevó el gato al agua una vez más, para disgusto de los amantes de la animación que esperaban que la Academia recompensase la originalidad y frescura de la película navideña de Netflix, que además competía con la también singular ¿Dónde está mi cuerpo?. Con Wolfwalkers, los Óscar tenían de nuevo la oportunidad de echar un capote a la animación tradicional, pero una vez más prefirieron darle el premio a Disney/Pixar, dejándonos con la miel en los labios.

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Pero ojo, antes de que se me malinterprete, en ningún caso esto es un ataque o un menosprecio a Pixar, nada más lejos de la realidad. De hecho, Soul fue una de mis películas favoritas del pasado año (no solo dentro de la categoría de cine animado, sino en general) y siento una gran debilidad por el estudio, que rara vez falla y no hace más que generar clásicos modernos y obras maestras. Si Pixar suele ganar es porque hacen muy buenas películas. Pero precisamente por eso, la Academia se ha acomodado y no parece muy abierta a abrir la puerta a otras posibles ganadoras.

Y lo peor de todo es que esas películas lo necesitan mucho más que Disney. El cine de animación 2D y el stop-motion luchan por sobrevivir en un panorama donde las películas realizadas íntegramente por ordenador reinan en la taquilla (y más si llevan el sello Disney) y las apuestas más tradicionales y alternativas aguantan como resquicios de un cine pasado. Productoras como Laika, Aardman (que este año también estaba nominada con la menor La oveja Shaun. La película: Granjaguedón) o Cartoon Saloon apuestan por la preservación de lo tradicional mediante ideas originales que mantienen vivo el espíritu del dibujo hecho a mano. Pero parece que no es suficiente para que se las tome como algo más que nominadas comodín.

Soul es una gran película, de eso no cabe duda, un concepto original y estimulante, perfectamente realizado y visualmente impresionante. Es decir, 100% Pixar. La cinta de Pete Docter, que también recibió el Óscar a Mejor Banda Sonora Original, se presentó con gran expectación en Roma y Cannes, ha sido un éxito en Disney+ y tanto crítica como público la han recibido con los brazos abiertos, así que el premio a Mejor Película de Animación es un desenlace lógico y coherente. Pero eso no quita que Wolfwalkers se habría beneficiado mucho más de ese Óscar.

Wolwalkers es un entrañable y delicioso cuento de hadas imbuido de folclore irlandés y magia que arrebata con su sensibilidad y su belleza, con un dibujo precioso en el que se puede ver en cada plano y cada trazo la gran labor de amor, dedicación y esfuerzo que hay detrás; y una historia conmovedora sobre la relación entre humanos y naturaleza, la amistad y el cambio generacional, cuyo mensaje ecológico sobre el amor y el respeto a todas las especies -muy en línea con el cine de Hayao Miyazaki- llega a lo más hondo. No es solo un festín para los sentidos, sino también un relato con fundamento que invita a reflexionar tanto a los más pequeños como a los adultos y deja con la sensación de haber visto algo realmente especial. En definitiva, una obra de arte en todos los sentidos.

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Por eso cuando se anunció a Soul como ganadora, no pude evitar sentir decepción, a pesar de que -insisto- la de Pixar es una gran película y no es mi intención desmerecer su triunfo. Y no estoy solo en mi reivindicación. La derrota de Wolfwalkers ante la todopoderosa Disney ha desilusionado a muchos amantes del cine de animación tradicional que esperaban que este año la Academia se saliera del molde y le diese ese impulso definitivo a los estudios que tanto le gusta nominar para quedar bien pero nunca acaba premiando.

Las nominaciones a productoras como Ghibli, Laika, Aardman o Cartoon Saloon ayudan a visibilizar la animación 2D y el stop-motion ante el monopolio del cine hecho íntegramente por ordenador que triunfa desde Hollywood, pero hace falta algo más que una iniciativa que acaba quedándose siempre en lo cosmético. Wolkwalkers y Soul eran ambas dignas merecedoras del Óscar, pero la primera lo necesitaba más. Con los estudios mencionados luchando contra viento y marea para subsistir económicamente, el Óscar puede dar ese empujón tan necesario, siempre que la película en cuestión lo merezca. Y Wolwalkers lo merecía.

Es la lucha eterna de David contra Goliat del cine de animación. Solo que por ahora, David no ha conseguido su victoria. Lo único que espero es que no se rinda.

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