Las series clásicas que descubrí en 2020 'gracias' a la pandemia y sus confinamientos

Pedro J. García
·12 min de lectura

Los mayas se equivocaron en sus predicciones. El fin del mundo no ocurrió en 2012, sino que parece haber empezado ocho años más tarde. El 2020 ha sido desastroso y surrealista, y entre todas las cosas que hemos tenido que vivir, sobresale por supuesto la pandemia de COVID-19, que ha cambiado por completo nuestras vidas.

Desde el mes de marzo, la cuarentena ha formado parte de nuestras vidas. Hemos pasado meses encerrados en casa, teletrabajando, en soledad… ¿Y qué hace el ser humano en 2020 cuando tiene más tiempo libre que nunca y no puede salir a la calle? Ver series como loco. En mi caso (y estoy seguro de que en el de muchas otras personas), sobre todo títulos actuales, pero también series clásicas y de culto que he recuperado gracias a los servicios de streaming y con las que he llenado horas y horas de confinamiento. Y estas son las series que me han salvado el 2020, clásicos de la televisión que tenía pendientes y títulos más recientes con los que me he puesto por fin al día “gracias” al confinamiento.

Carteles promocionales de 24, La niñera y Line of duty
Carteles promocionales de 24, La niñera y Line of duty

Como todo el mundo, empecé el año sin sospechar lo que se nos venía encima. Comencé a ver La niñera en enero, antes de que todo se fuera al garete y sin saber que en los siguientes once meses se iba a convertir en una de mis principales válvulas de escape de la realidad. Cuando la pandemia estalló, la icónica comedia de los 90, que está disponible al completo en Amazon Prime Video, pasó a ser mi lugar feliz favorito, un refugio de optimismo y humor ligero para sentirme mejor.

Habiendo visto Friends, Will y Grace, Seinfeld y otras sitcoms clásicas cientos de veces, La niñera era justo lo que necesitaba, una comedia desenfadada para volver a un tiempo en el que todo era más sencillo (aunque no siempre mejor). Una serie que, por alguna razón, en su día nunca llegué a seguir atentamente porque siempre me dio la sensación de que no era para mí. Y qué sorpresa tan grata me llevé al descubrir no solo que sí lo era, sino que había aguantado el tiempo mucho mejor que otras ficciones de su época.

La niñera me ha hecho el confinamiento más dulce. Y también más picante. Me ha sorprendido descubrir en ella una serie mucho más atrevida, desinhibida y relativamente moderna de lo que imaginaba. He disfrutado de lo lindo con las irreverentes aventuras de Fran Fine, una pletórica Fran Drescher que en 2020 (sí, ya sé que llego muy tarde) se ha convertido en uno de mis mayores ídolos. La serie me llevó a leer sobre su vida y descubrir que detrás del estrafalario icono de la moda de los 90 que es la niñera Fran se encuentra una mujer increíblemente fuerte y de enorme corazón con una impactante historia de superación personal que me inspiró tanto que tuve que dedicarle un artículo.

Con La niñera no he parado de reír en un año que nos ha dado demasiadas razones para llorar. Su humor, heredero de sitcoms estadounidenses clásicas como I Love Lucy, ha sido un soplo de aire fresco en mi vida. El tiempo ha tratado muy bien a la serie y en algunos aspectos es más progresista de lo que esperaba. Por ejemplo, me ha sorprendido al comprobar la práctica ausencia de homofobia que sí hay en otras series de la época. Y es que Fran es una aliada LGBTQ+ (su exmarido en la vida real salió del armario y tras su divorcio siguió siendo su mejor amigo) y La niñera está llena de deliciosos guiños para esta comunidad que hace 20 años me habrían pasado desapercibidos.

Pese a que sus dos últimas temporadas bajan el listón y muchos chistes no pasarían la prueba de nuestros días, la serie sigue funcionando como un tiro y conservando la gracia (no hay un solo episodio en el que no me riese a carcajada limpia). Me siento profundamente agradecido a La niñera, una comedia divertidísima que casi tres décadas después de su estreno me ha dado algunos de los mejores momentos de este calamitoso año, y a unos personajes que, aunque hayan llegado tarde a mi vida, lo han hecho en el momento perfecto.

Pero no solo de La niñera ha vivido este seriéfilo. En 2020 también he recuperado otra sitcom clásica de los 80/90, Salvados por la campana. Para verla tuve que recurrir (muy apropiadamente) a un formato que ya está en el pasado: el DVD; ya que la serie no está disponible en España en ninguna plataforma de streaming. Se puede decir que Salvados por la campana es una de las ficciones que definieron mi infancia y preadolescencia. Las peripecias de Zack Morris y su pandilla del instituto Bayside me marcaron profundamente y decidí revivirlas en preparación para el reboot de la serie en el streamer de Universal, Peacock, una nueva serie que, por cierto, todavía no ha llegado a estrenarse en España.

Vi las temporadas originales, más las dos películas y el spin-off universitario, que duró solo una temporada. Y en su caso me pasó algo contrario a lo que viví con La niñera. Me encontré con una serie mucho peor de lo que recordaba. Una llena de momentos icónicos y recuerdos de mi infancia, sí, pero también una historia a la que el tiempo ha tratado muy mal. Una de las cosas que más me sorprendieron fue comprobar cómo a medida que avanzaba, se volvía más tóxica, homófoba y sexista.

Yo tengo muy claro que cada obra pertenece a su tiempo y hay que verla con los ojos de entonces (por eso a La niñera le he perdonado muchas cosas), pero incluso así, Salvados por la campana me chirrió demasiado, sobre todo por su tratamiento de la relación entre Zack y Kelly (lejos de ser el ideal romántico adolescente que recordaba, se basa en el acoso y el chantaje emocional), la abundancia constante de masculinidad tóxica y un humor que en general hoy en día no sería aceptable. Espero que el reboot al menos arregle todo eso.

Además de estas dos comedias clásicas, aproveché el confinamiento para saldar dos cuentas pendientes en el departamento de drama, la emblemática 24 y la más reciente Line of Duty, dos thrillers de investigación policial y acción que me han tenido al borde del sofá y mordiéndome las uñas durante muchas horas de 2020.

Siempre fui reticente a empezar 24, un fenómeno de la televisión de los 2000 al que nunca me apunté y para el que consideré que ya era demasiado tarde. Al tratarse de una serie de ocho temporadas de 24 episodios de una hora (195 en total), me resultaba imposible encajarla en mi día a día. Para alguien que ve muchas (muchísimas) series tanto por placer como por trabajo, quedan pocos huecos para ponerse con una serie tan larga, por mucho que supiera que, sin ella, tenía una laguna importante en mi historial.

Pero entonces se alinearon los astros: estalló la pandemia y la serie apareció en Netflix. Lo interpreté como una señal y me adentré en el universo de Jack Bauer (Kiefer Sutherland) para acompañarlo en sus intensas carreras a contrarreloj. Y lo que me encontré fue justo lo que esperaba y lo que me habían contado: un thriller adictivo, sorprendente y excitante que sigue en forma casi dos décadas después.

Aunque todavía estoy a mitad de camino, 24 ya me ha dado varios infartos, me ha tenido completamente enganchado durante meses y me ha mareado con sus locos giros sorpresa y revelaciones que dejan la mandíbula desencajada. También me ha sorprendido lo sofisticada y cinematográfica que es para su época, así como lo arriesgado de muchos de sus argumentos. Como no parece que en 2021 se vaya a solucionar mágicamente lo que estamos pasando, al menos sé que me quedan un buen puñado de misiones de Jack Bauer para seguir sobrellevando el confinamiento.

Ponerme al día con Line of Duty fue más fácil. Esta serie británica creada por Jed Mercurio (también disponible en Netflix España) sigue en emisión, pero sus por ahora cinco temporadas suman un total de tan solo 30 episodios (bendita televisión británica y sus temporadas cortas con más de un año de intervalo entre ellas), con lo cual era más factible encajarla entre mis otros visionados. Como fan de Bodyguard, el thriller de Netflix protagonizado por Richard Madden y también creado por Mercurio, era necesario que descubriera su anterior obra, una de las series británicas más exitosas y aclamadas de los últimos años.

Así hice. Y menudo viaje. He visto pocas series tan emocionantes, trepidantes y vertiginosas. Desde las intrincadas tramas de investigación que se desarrollan y ramifican a lo largo de cada temporada hasta las excelentes escenas de acción, pasando especialmente por los interrogatorios, capaces de poner de los nervios al más pintado, Line of Duty es una auténtica montaña rusa. Un trabajo de precisión absoluta que te atrapa y no te suelta, que te zarandea con cada giro y te desborda de la tensión. Me sorprende que no se hable más de esta serie (a la que por cierto Antidisturbios recuerda muchísimo) y no puedo sino recomendarla fervientemente, incluso para aquellos a los que el género policíaco no les llame normalmente la atención. Ese es mi caso y acabé completamente rendido a ella.

Dejando un momento aparcada la ficción, el segundo confinamiento me ha servido para vivir los fenómenos que me perdí en el primero. Sí, estos meses han sido tan largos que para cuando nos volvieron a encerrar después del verano, los fenómenos de marzo parecían haber ocurrido varios años atrás. Estoy hablando por supuesto de Tiger King, la (literalmente) increíble docuserie de Netflix que amenizó la cuarentena para los ojos atónitos de millones de personas.

Como persona que supuestamente está al día de la actualidad audiovisual, me daba mucha vergüenza decir que no había visto Tiger King, así que me limité a disfrutar de los memes y las conversaciones online, aunque no entendiera la mitad y no participara en ellas para no delatarme como fraude seriéfilo. En octubre me decidí por fin a darle al play y nada de eso me había preparado para el nivel de surrealismo, locura e impacto que me esperaba en la serie. No hace falta que entre en detalle porque soy consciente de que llego tarde y todo el mundo conoce la historia, solo quería dejar constancia aquí de que por fin viví el fenómeno y aun estoy intentando digerir lo que vi.

Y Tiger King me llevó a otro documental true crime del que se habló mucho durante un par de semanas unos meses antes, A los gatos, ni tocarlos: Un asesino en Internet, también en Netflix. Me pasé los tres episodios pensando que estaba viendo un falso documental tipo American Vandal (joya también de Netflix a reivindicar), seguro de que al final se desvelaría que era todo un montaje. Qué sorpresa la mía cuando terminé y descubrí que todo lo que contaba la serie había ocurrido de verdad. Cualquiera diría que Tiger King y el año 2020 me habrían preparado para creerme cualquier cosa por muy inverosímil que pareciera, pero ahí estaba otra vez, incapaz de asumir de nuevo que la realidad supera a la ficción.

Para terminar, 2020 también fue el año en el que descubrí la magia de Schitt’s Creek (Movistar+), la comedia canadiense que arrasó en la última edición de los Emmy con premios a la mejor comedia y sus cuatro protagonistas haciendo pleno en las categorías de interpretación. Mi relación con esta serie es como la de tantos otros. La empecé casi con indiferencia, pensando “se deja ver, pero no es nada del otro mundo”, y acabé perdidamente enamorado de ella y de sus personajes. Schitt’s Creek es una serie que recompensa a los fieles con un aluvión de amor, crecimiento personal y emociones. Puede que suene cursi, pero es totalmente cierto: los Rose no solo han amenizado mi confinamiento y han hecho más llevadero este año, sino que me han convertido en mejor persona.

UN MUNDO DE POSIBILIDADES

Netflix, HBO España, Amazon Prime Video, Filmin, Movistar+, ATRESplayer Premium, Disney+… las opciones de streaming no dejan de crecer y en todas ellas podemos encontrar clásicos de la televisión. Buffy, cazavampiros, Mujeres desesperadas, Dawson crece, Expediente X, El príncipe de Bel Air, Los Soprano, Sexo en Nueva York, Perdidos... y por supuesto Friends y The Office, dos de las comedias más icónicas que nadie se cansa de ver una y otra vez. Con el streaming podemos volver al pasado y descubrir joyas que nunca llegamos a ver o volver a disfrutar de la calidez reconfortante de las series a las que siempre volvemos para sentirnos mejor.

La pandemia nos ha sumido en un estado constante de cambio e incertidumbre ante el futuro. Pero entre tanta preocupación, dolor y malas noticias hemos encontrado un rayo de luz en el entretenimiento. Hoy más que nunca, la producción audiovisual con los servicios de streaming a la cabeza, el cine, la televisión tradicional, la lectura y en general las historias han desempeñado un papel esencial que nos ha ayudado a mantener la cordura en tiempos de locos.

En mi caso, además de los cientos de series actuales que he visto en estos doce meses, la cuarentena me ha llevado a ver clásicos como La niñera, Salvados por la campana o 24 con dispares resultados, me ha permitido ponerme al día con series más recientes como Line of Duty o Schitt’s Creek, y me ha servido para experimentar fenómenos como Tiger King, aunque fuera meses más tarde que el resto del mundo.

Todos tenemos en común la experiencia del confinamiento, pero para cada espectador ha sido diferente, marcada por las series que ha elegido como compañía en este tiempo incierto. A mí me lo ha alegrado una niñera de voz nasal, un agente federal y una familia de ricachones “encerrados” -como nosotros- en un pequeño pueblo de Canadá. ¿Y a ti?

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