Cuánto me alegra que las series de adolescentes ya no son lo que eran

Pedro J. García
·17 min de lectura

El mundo ha cambiado enormemente en los últimos veinte años, y con él, por supuesto, también lo ha hecho la televisión. En mayor o menor medida, las series siempre han reflejado la sociedad y la época a la que pertenecen, y las series sobre adolescentes no son una excepción.

El estreno reciente de Genera+ion, la nueva ficción adolescente de HBO, es la confirmación definitiva de que este tipo de series ya no son lo que eran. Y esto es a todas luces positivo, ya que por fin han dejado atrás muchos estereotipos, ideas limitadas y roles conservadores para mostrarnos la realidad de los jóvenes con sus luces y sus sombras, sin sermones ni remilgos, tal y como es. Aunque esto pueda escandalizar a más de un adulto que descubra lo que su hijo o hija está viendo en televisión.

Y todo esto no hace sino alegrarme porque me demuestra que, aunque vayamos para atrás en muchas cosas, en otras estamos evolucionando, y las series, como de costumbre, van un paso por delante del resto del mundo en este sentido. Estas son las razones por las que celebro que las series de adolescentes por suerte ya no son lo que eran.

Euphoria y Genera+ion (cortesía de HBO)
Euphoria y Genera+ion (cortesía de HBO)

Las cosas eran muy distintas en los 90. Después del boom adolescente del cine en la década anterior, gracias a la oleada de películas de instituto con los clásicos de John Hughes a la cabeza (El club de los cinco, Todo en un día, etcétera), el género saltó a la televisión para iniciar una etapa especialmente fértil en los 90, con series como Sensación de vivir o Salvados por la campana, auténticos fenómenos que definieron a una generación. Recuerdo estar obsesionado con esas series durante mi adolescencia, viviendo paralelamente una experiencia en la escuela y el instituto que poco tenía que ver con lo que veía en el televisor.

Y es que las series americanas de los 90 nos ofrecieron una versión completamente idealizada y acolchada del difícil paso de la niñez a la edad adulta, una etapa de tumulto interior y exterior que pocas series se atrevían a explorar tal y como es (quizá las excepciones serían las mucho más realistas Es mi vida y Freaks and Geeks, pero aquellas no obtuvieron el éxito masivo que otras sí disfrutaron). Estaban bien, pero viéndolas con la perspectiva de los años, faltaba algo. Todo cambió con la llegada a finales de los 90 de Dawson crece (disponible actualmente en Netflix), cuyo estreno supuso una auténtica revolución social… que hoy en día nos parece de lo más ridícula en comparación a lo que ha venido después, todo hay que decirlo.

Dawson crece llegó a las pantallas de televisión en 1998. Detrás del proyecto se encontraba Kevin Williamson, el guionista de una película de terror que había revitalizado el género con un éxito enorme, Scream. Con Dawson crece, Williamson se propuso algo parecido, pero extrapolándolo a las series adolescentes, modernizarlas y hacerlas más atrevidas y autoconscientes. El resultado fue un estreno que dio muchísimo que hablar, e incluso levantó ampollas y desató la controversia por la forma en la que sus personajes adolescentes hablaban como adultos y practicaban el sexo.

La serie generó muchas quejas por parte de asociaciones conservadoras que se llevaron las manos a la cabeza por la representación sin tapujos de temas maduros que los programas de corte juvenil hasta ese momento habían evitado o habían tratado desde una perspectiva más moralista. Pero si Dawson crece fue un fenómeno cultural durante sus primeras temporadas fue precisamente gracias a su atrevimiento y al revuelo tan grande que causó entre el público, acostumbrado a ficciones más inocuas. En los 90, una serie en abierto sobre adolescentes que no solo no ignoraba el sexo, sino que lo trataba (más o menos) de frente, era algo completamente transgresor.

Uno de mis primeros recuerdos de esta serie procede de cuando aun no se había estrenado en España. Recuerdo encontrarme con una noticia sobre ella en una revista de tendencias ya desaparecida. En el texto se señalaba su naturaleza provocadora y el hecho de que había escandalizado a la puritana (e hipócrita) sociedad norteamericana con su lenguaje moderno y su representación del sexo. Evidentemente, todo esto llamó inmediatamente mi atención. Cuando por fin se estrenó, Dawson crece se convirtió en una obsesión para mí. Por fin una serie me hablaba en primera persona y no me ocultaba lo que estaba pasando en mi generación. No había visto nada igual.

Sin embargo, el paso del tiempo me desveló una verdad que tardé en ver: en realidad Dawson crece no era ni tan provocadora ni tan atrevida. De hecho, vista con ojos de hoy en día, puede incluso llegar a ser bastante conservadora y mucho más mojigata de lo que recordamos. Todo es cuestión de perspectiva, claro, lo que hace dos décadas nos resultaba rompedor y escandaloso, hoy nos parece naif e incluso timorato.

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Recientemente volví a ver Salvados por la campana (no disponible en streaming, para los curiosos, la vi en DVD importado) y Dawson crece completas. La experiencia me puso profundamente nostálgico, pero a la vez me hizo reflexionar sobre lo mucho que han cambiado las series sobre adolescentes… afortunadamente.

De la primera me impactó comprobar su alto contenido en sexismo y homofobia, así como el hecho de que la pareja que en su día nos pareciera el ideal romántico, Zack y Kelly, era en realidad una de las relaciones más tóxicas de la televisión. De la segunda saqué dos conclusiones contradictorias y a la vez complementarias: que era mucho más conservadora de lo que recordaba (Joey no perdía la virginidad hasta la cuarta temporada y el personaje femenino sexualmente activo, Jen, era constantemente castigado, por citar dos ejemplos) pero aun así, no se puede negar que logró salirse del molde con transgresiones que no habíamos visto hasta ese momento en la televisión en abierto, como conversaciones sobre la masturbación o históricos besos entre personajes del mismo sexo.

Es decir, el tiempo ha convertido a Dawson crece en una serie tímida comparada con las que vinieron después. Pero es precisamente gracias a ella que las ficciones adolescentes de las dos décadas posteriores se lanzaron a la piscina (o al arroyo) a la hora de ofrecer una representación más real y comprometida de esta difícil y confusa etapa vital.

El salto entre generaciones se puede ver muy claro en una serie británica que una década más tarde también escandalizó a la sociedad, aunque esta vez con más motivo. Estoy hablando de la revolucionaria Skins (Netflix), aclamada dramedia sobre un grupo de estudiantes ingleses que llevó un paso más allá la representación de la adolescencia, explorando las relaciones, el sexo, las drogas y el exceso como ninguna antes lo había hecho. Skins no solo se salió del molde, sino que lo hizo añicos.

La serie, que se alejaba de Dawson crece para acercarse más al cine de Larry Clark (Kids, Bully) o Gregg Araki (Maldita generación, Mysterious Skin), reflejó la experimentación propia de la adolescencia sin cortapisas. Los personajes fumaban, bebían, mantenían relaciones y se saltaban las normas. La idea era mostrar en pantalla lo que estaba ocurriendo en la realidad con una generación que ya no compartía los mismos ideales con la inmediatamente anterior, sino que buscaba la manera de romper con ellos y reclamar su identidad.

Con Skins, las series adolescentes ingresaron en una etapa muy interesante, caracterizada por un mayor compromiso con la realidad de las nuevas generaciones y sus poblemáticas (como vimos en la también imprescindible My Mad Fat Diary, que volvía los 90 con ese espíritu revisionista). Obviamente, no todos los jóvenes se sentían identificados con los gamberros y desatados protagonistas de Skins (precisamente algunos nos pasamos la adolescencia viendo la adolescencia de otros en la pantalla del cine o la televisión), pero estaba claro que la serie hablaba de tú a tú con los jóvenes y les ofrecía un espacio donde ser ellos mismos, donde desahogarse y expresarse con libertad, sin sermones, sin moralina, sin lecciones facilonas que ignoraban por completo la realidad.

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Pero el mundo se mueve tan rápido que Skins, que se emitió entre 2007 y 2013, ya es cosa del pasado. Si aquella era una serie millennial, lo que tenemos ahora en pantalla son reflejos de la Generación Z, los actuales adolescentes. Y si la generación anterior ya luchó por romper con el pasado, la actual está tratando de sobrevivir y encontrarse a sí misma en un mundo que sus adultos han dejado completamente patas arriba, enfrentándose a una situación de crisis, conflicto y división continua que no les pone las cosas fáciles en la que ya de por sí es una etapa complicada de la vida.

Aunque en los últimos años hemos tenido series adolescentes completamente desconectadas de la realidad como las fantasiosas y telenovelescas Riverdale o Pequeñas mentirosas (que cumple una función escapista determinada y perfectamente válida), cada vez quedan más desfasadas este tipo de historias, en favor de representaciones más crudas y en sintonía con el momento concreto que atraviesa la cultura. Series como Skam, Sex Education, Euphoria, Grand Army o la más reciente incorporación al canon teen, Genera+ion, que en un principio no buscan idealizar la adolescencia o convertirla en un misterio “sexy” y altamente ficticio, sino todo lo contrario, retratarla tal y como es. Se habla de “generación de cristal” y se suele decir que los jóvenes actualmente están muy sobreprotegidos, pero no será precisamente por las series, que no obvian lo complicado que puede ser atravesar la adolescencia en estos momentos.

La Generación Z se caracteriza por ser la primera en haber crecido completamente en la era digital, por haberse criado con las redes sociales y en un mundo post-11S. Es una generación de contradicciones: comprometida y frustrada, concienciada y desmotivada, combativa y perdida; caracterizada por la imposible tensión entre el deseo de ser más útil y cambiar el mundo y la apatía y la desilusión, así como por una mayor libertad y fluidez sexual y una incertidumbre colectiva ante el futuro, acentuada por las crisis y los muchos acontecimientos transformativos mundiales que han tenido que vivir.

Todo esto forma parte de las ficciones mencionadas. El fenómeno noruego Skam se acercaba a la juventud de su país abordando sus problemas con un naturalismo inusitado y utilizando las redes sociales de forma muy inteligente, no para polemizar, sino como la imprescindible herramienta de comunicación que es hoy en día. La fórmula funcionó tan bien que fue importada a varios países, incluida España, donde su versión autóctona (Movistar+) concluyó el año pasado después de cuatro temporadas hablando directamente a sus espectadores, diciéndoles “os escuchamos, os vemos, os entendemos”, algo que las series de antes no solían hacer.

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Claro que, por muy buena y realista que sea, Skam se queda hasta inocentona comparada con otras series adolescentes actuales. La británica Sex Education es una de las series más populares y queridas de Netflix. Desde la comedia, pero sin descuidar el drama y los temas que verdaderamente importan, la serie afronta el sexo de manera explícita, encontrando el equilibrio perfecto entre entretenimiento y educación. Su espíritu pedagógico es refrescante. Sí, es escandalosa y en ocasiones muy gráfica, pero hace lo que casi ninguna otra serie había hecho hasta ahora, hablar de la sexualidad adolescente con honestidad y sin tabúes, invitando a la reflexión y lanzando mensajes de gran valor para las nuevas generaciones. Todo mientras emociona, divierte y hace reír.

También en Netflix, donde tienen cabida visiones más suaves como la americana Yo nunca o la irlandesa Derry Girls, nos encontramos el reverso más dramático en Grand Army, una serie envuelta en polémica, pero no por su contenido, sino por sus problemas tras las cámaras, que tristemente ha quedado silenciada en la plataforma a pesar de ser una incorporación excelente al género. Su dureza a la hora de tratar cuestiones como la orientación sexual, las agresiones sexuales, el slut-shaming, el privilegio o el racismo en una comunidad estudiantil desensibilizada ante el terrorismo y la violencia es verdaderamente impactante y tiene muchísimo potencial, pero tristemente casi nadie la ha visto.

Y por supuesto, tenemos que hablar de Euphoria, el fenómeno de HBO protagonizado por Zendaya y Hunter Schafer -entre otras nuevas estrellas del firmamento joven de Hollywood- que ha calado muy hondo en las nuevas generaciones. La serie se estrenó en verano de 2019 y desde entonces solo hemos tenido dos nuevos episodios (especiales minimalistas filmados durante el confinamiento), y aun así no ha dejado de estar presente en la conversación y en la cultura. La ficción, creada por Sam Levinson (Nación salvaje), es la primera serie adolescente de HBO y la cadena no podría haberse estrenado con mejor pie. El distintivo estilo visual de la serie, su banda sonora, su maquillaje (que ha dado lugar a todo un movimiento cosmético), sus interpretaciones (Zendaya se alzó con el Emmy por ella) y su forma valiente y arriesgada de hablar de la adolescencia, la identidad sexual y de género, la adicción o la enfermedad mental han causado un gran impacto en los espectadores, marcando un antes y un después para la cadena.

Euphoria (cortesía HBO)
Euphoria (cortesía HBO)

De ahí que HBO se haya animado a producir más programas de corte juvenil con espíritu provocador. Primero estrenó la más ligera Betty, entrañable y moderna comedia sobre un grupo de chicas skater experimentando la vida, la amistad y el primer amor en Nueva York, y este mes ha aterrizado Genera+ion (original de HBO Max), una especie de prima hermana de Euphoria, igualmente osada y explícita, pero mucho más inclinada hacia la comedia insolente y descarada. Creada por Daniel y Zelda Barnz y producida entre otros por Lena Dunham (Girls), Genera+ion gira en torno a un diverso grupo de estudiantes de secundaria que se encuentran navegando las relaciones, la familia y la sexualidad en el mundo moderno, y tampoco escatima en escenas gráficas o tramas no aptas para puritanos, difuminando por completo las líneas de lo que creíamos que se podía mostrar o no en televisión -algo de lo que, por otra parte, sabe mucho HBO.

Una cosa que tienen en común todas estas series, aparte de que cada vez son más sofisticadas, es su compromiso con la diversidad y la representación. Skam y Betty se centran principalmente en personajes femeninos y LGBTQ+, Sex Education presenta con absoluta naturalidad un amplio abanico sexual, étnico y cultural, Euphoria está protagonizada entre otros por una chica negra y una chica trans que se enamoran, y Genera+ion tiene casi tantos personajes queer como cishetero (puede que incluso sean mayoría), elevando así el listón de la representación LGBTQ+ en televisión para plasmar en pantalla lo que ocurre en la vida real, donde las nuevas generaciones se desmarcan de las anteriores por una mayor fluidez sexual, como decía antes, y el mundo no se divide en términos exclusivamente binarios.

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Puede que los mayores pongan el grito en el cielo al descubrir el contenido de estas series (en Genera+ion hay escenas para provocar infartos a los más beatos), pero lo cierto es que, más allá de la provocación, muchas de ellas suelen hablar de y con los adolescentes de forma más directa, empática y pedagógica que muchos de esos adultos. Y ahí está la clave que diferencia a Sex Education, Euphoria o Genera+ion de las series de hace veinte años, que no están creando su realidad propia según manidos estereotipos americanos, sino que están volcando la realidad de las nuevas generaciones (globales) en productos que sirven como espejo de las mismas e invitan a hablar sobre los problemas que verdaderamente les afectan.

Y por eso, como a muchos otros espectadores adultos, me gustan tanto estas series a pesar de que mi adolescencia ya queda muy atrás y se nutrió de cosas como Sensación de vivir, Salvados por la campana, Blossom o Dawson crece. Eran otros tiempos, más cándidos e inocentes. Lo que creíamos revolucionario no lo es tanto comparado con lo que se está haciendo ahora, pero aun así fue imprescindible para abrir la puerta a las que han venido después. Siempre digo que si ahora me gustan tanto las series sobre adolescentes es porque yo no viví la mía propia. Porque el bullying, el miedo a ser uno mismo y la supresión de mi propia identidad (como le ocurre a tantas personas LGBTQ+ que crecen pensando que no son normales ni válidos), me impidieron experimentar como muchos de mis compañeros esa fase de crecimiento, experimentación y descubrimiento esencial para toda persona.

Por eso ahora, cuando veo cosas como Sex Education, Euphoria o Genera+ion me desbordan sentimientos encontrados. Por un lado me entristece recordar que yo no pude vivir con libertad aquella época, pero por otro, me realizo con efecto retroactivo a través de la ficción y me llena de alegría ver que las nuevas generaciones tienen series donde verse reflejados en toda su diversidad sexual, racial y cultural.

Porque tener referentes positivos y normalizadores es esencial, y porque aunque suene a cliché de las veces que se ha repetido, la representación importa. Cuando veo que estas series están llenas de protagonistas LGBTQ+ en lugar de limitarse al típico secundario gay para rellenar una cuota, no puedo evitar emocionarme. Estamos ahí, por fin somos visibles, por fin tenemos voz y por fin los jóvenes pueden verse como son. Si se supone que las series son un reflejo de la realidad, ya era hora de que la plasmasen de verdad en todo su diverso esplendor.

Efectivamente, las series de adolescentes ya no son lo que eran. Porque el mundo ya no es lo que era. Vivimos una época de transformación continua, en la que todo avanza muy rápido, de profunda división social y de revolución cultural en la que los jóvenes luchan por alzar su voz y romper con las convenciones arcaicas del pasado. No solo ha cambiado la forma de hacer y consumir ficción televisiva gracias al streaming, sino que los discursos avanzados de hace veinte años ya están desfasados y los espectadores ahora son más cínicos, saben más, detectan a la legua la falsedad y la ingenuidad y prefieren la honestidad, aunque duela. De ahí que esta nueva oleada de ficción teen sea más activista, irreverente y sincera, como respuesta al pasado y reacción al complejo presente que nos ha dejado. Ahora las series adolescentes son mejores, porque son más reales.

Siento una gran deuda personal con series como Dawson crece o Buffy, cazavampiros, y también por qué no, ficciones españolas como Al salir de clase, por los pequeños resquicios de esperanza que me ofrecieron cuando trataban una problemática que me afectaba directamente o introducían un personaje que se alejaba de la norma. Ese cosquilleo no se olvida. Pero me siento aun más agradecido de que los adolescentes de ahora tengan referentes mucho más evolucionados y actuales, que series como Euphoria, Sex Education o Genera+ion alberguen un fresco humano mucho más amplio y diverso en el que cada vez más personas se sientan validadas en su identidad y la normalidad quede sobrevalorada.

Para mí, ver todas estas series ahora es como vivir una tercera o cuarta adolescencia a través de ellas, o mejor dicho, como imaginar lo que habría sido la primera para mí de haberlas tenido como referente. Pero lo mejor de todo es saber que cada vez más, las nuevas generaciones no se la tienen que imaginar como yo, sino que pueden vivirla en primera persona y, además, verla en pantalla.

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