Esta serie es como 'The Office' pero con vampiros

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Photo credit: FX
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Lo bueno de las sitcoms, las que perduran en el tiempo, es que se convierten en una especie de hogar para el espectador. Da igual que un episodio sea mejor que otro, que una trama sea más interesante que otra, o que algún que otro gag no funcione: uno se pone un episodio de ‘Los Simpson’, ’Friends’, ‘The Office’ o ‘Aquí no hay quien viva’ para vivir ahí dentro durante un rato. Sus personajes nos acompañan cuando estamos aburridos, cansados o tristes, y nos reconfortan.

‘Lo que hacemos en las sombras’ tiene ese poder. Esa es una de las (muchas) cosas graciosas que tiene esta serie, disponible en HBO Max: los afables y ligeramente ridículos personajes de esta sit-com son un puñado de vampiros, asesinos chupasangre que pasan su inmortal existencia tirados en los ajados sofás de una mansión en ruinas en un aburrido barrio residencial de una ciudad de Nueva York. Es a la vez la historia de un puñado de compañeros de piso que se soportan día tras día (más bien, noche tras noche) después de siglos de convivencia, la de una familia disfuncional que, a pesar de todo, se mantiene unida, y la de un grupo de criaturas sobrenaturales que nos enseñan un mundo asombroso y terrorífico con cierta desgana y desinterés.

Esa es otra de las claves: ‘Lo que hacemos en las sombras’ es un falso documental. A lo largo de sus cuatro temporadas (de momento, está renovada por dos más), los vampiros Nandor, Nadja y Laszlo, su familiar (es decir, esclavo humano) Guillermo y el vampiro energético Colin Robinson hacen sus vidas delante de las cámaras, como en una mezcla de ‘Las Karadshian’, ‘Mujeres ricas de Beverly Hills’ y ‘El castillo de las mentes prodigiosas’. Es todo muy cutre y un poco triste, como lo era ‘The Office’, y ahí está la gracia: la serie se nutre de los tópicos del género vampírico (se alimentan de sangre, no les puede dar el sol, se convierten en murciélagos) para hablar de un puñado de individuos mediocres un poco hastiados de la rutina de ser ellos mismos, pero esclavos de ella. Y eso es muy humano. Así lo ve Taika Waititi: “Los humanos somos tan estúpidos y aburridos y vagos que si nos dieran el don de la inmortalidad, acabaríamos no haciendo nada con ella. Iríamos posponiéndolo todo”.

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Waititi produce la serie, creada por Jemaine Clement (uno de ‘Los Conchords’) a partir de la película del mismo título que ambos escribieron y protagonizaron. ‘Lo que hacemos en las sombras’, falso documental sobre la vida de unos vampiros en la Nueva Zelanda actual, se convirtió en un título de culto y tuvo un spin-off televisivo en la serie neozelandesa, ‘Wellington Paranormal’. Después el productor Scott Rudin le vio potencial para hacer una versión estadounidense y convenció a Taika Waititi y a la cadena FX. Así nació la serie, que desde 2019 y a lo largo de cuatro temporadas ha ido agrandando su universo, ahondando en sus personajes y afinando sus destrezas. Las críticas son cada año mejor: la primera temporada tuvo un 94 % de críticas positivas en Rotten Tomatoes, 98 % la segunda, y de ahí han pasado a un pleno del 100 % en la tercera y la cuarta.

Todo en ella está en estado de gracia, desde los guiones (que Clement firma junto a otros guionistas como los actuales showrunners, Paul Simms y Stefani Robinson) al equipo de dirección y cámaras, que tiene que perseguir a los actores mientras interpretan, e improvisan, sus interacciones entre ellos y con el equipo de grabación. Las intervenciones a cámara son estúpidas y descacharrantes como las de ‘Paquita Salas’ o Valerie Cherish de ‘The Comeback’. Las míticas miradas cómplices de John Krasinski en ‘The Office’ tienen aquí herederos en la fantástica Natasia Demetriou o el sufridor Harvey Guillén.

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Porque no hay comedia que consiga entrar en la historia de la televisión sin un puñado de interpretaciones inolvidables. ‘Lo que hacemos en las sombras’ está protagonizada por cinco actores increíbles: Kavyan Novak como el ridículo cabecilla Nandor, Matt Berry como el hedonista pansexual Laszlo (en un papel clavado al que hizo en ‘Los informáticos’), Demetriou como la sádica y egoísta Nadja, Guillén como Guillermo, el familiar que está ligeramente enamorado de Nandor, y Mark Proksch como el vampiro energético Colin Robinson, uno de los mejores personajes de la televisión reciente. Su poder es el de chupar la energía de las personas a base de aburrirles, y sus divertidísimas escenas alimentándose de sus compañeros de oficina podrían ser una especie de spin-off de ‘The Office’.

Lo mejor de la serie es su capacidad para subvertir los tópicos vampíricos, y para generar humor a partir del choque entre opuestos (ficción y realidad, violencia e ingenuidad). La casa en la que viven y las ropas que llevan son de aspecto gótico y antiguo, pero están polvorientas y descuidadas. Son vampiros crepusculares moviéndose en un mundo gris, visitando plenos del ayuntamiento, yendo a comprar al supermercado que abre las 24 horas, intentando ocultarles a los vecinos su naturaleza (o hipnotizándoles para que no la recuerden). Llevan siglos en este mundo pero se comportan como un grupo de universitarios vagos e irresponsables. Se dejan cadáveres tirados por la casa, y Guillermo tiene que ir recogiéndolos y enterrándolos. También luchan contra hombres lobo y brujas, o intentan ascender en una jerarquía vampírica compuesta de clubs nocturnos y consejos milenarios.

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Es igualmente subversiva como sit-com. Nacida en los Estados Unidos de Trump, está protagonizada por un grupo de inmigrantes. La típica relación de tensión sexual no resuelta, como las de Ross y Rachel y Jim y Pam, aquí es entre dos hombres. Más bien, entre un vampiro y su familiar: Nandor y Guillermo. Y los personajes secundarios recurrentes son todo tipo de criaturas, desde una muñeca poseída a una gárgola viviente o un vampiro carbonizado del que solo queda una cabeza y medio torso.

En 2020 ’The Office’ fue la serie más vista en streaming en Estados Unidos, entrando en la lista de sitcoms que se niegan a morir más allá de su final. Preveo que ‘Lo que hacemos en las sombras’ se unirá a ese grupo a lo largo de los años, pero yo aconsejo al espectador ávido de buena comedia que se enganche ya a ella, mientras se emite. Es una fuente de alegría y buen humor, y no hay muchas de esas hoy en día.