Quiero creer en la inocencia de Pablo Ibar pero, tras ver la serie de HBO, tengo mis dudas

Valeria Martínez
·12 min de lectura

El caso de Pablo Ibar lleva 26 años conmoviendo a la opinión pública a los dos lados del charco, pero de manera muy diferente. Por un lado, en EEUU es visto como un hispano-estadounidense que a los 22 años pasó de ser sospechoso de triple asesinato a ser declarado culpable y pasar 16 años en el corredor de la muerte, hasta que logró un tercer juicio que volvió a encontrarlo culpable pero conmutó la condena a cadena perpetua. Sin embargo, en España su imagen siempre ha sido distinta. Siendo hijo del pelotari puntista Cándido Ibar y sobrino del boxeador Urtain, y el único español condenado a la pena de muerte en EEUU (nació en dicho país pero tiene doble ciudadanía), recibió miles de euros del gobierno para su defensa, rellenó titulares y reportajes televisivos que apelaron a su declaración de inocencia. Y, a este lado del océano, muchos hemos querido creer su versión de los hechos.

Pero un nuevo true crime de HBO derriba por completo ese muro creado por la geografía, las dudas, las contradicciones y tres juicios plagados de irregularidades. Porque El estado contra Pablo Ibar nos muestra el caso de forma neutral. Tan neutral que confieso que si tuviera que formar parte del jurado, tendría muy difícil alcanzar un veredicto.

Imagen de 'El estado contra Pablo Ibar', cortesía de HBO
Imagen de 'El estado contra Pablo Ibar', cortesía de HBO

Para comprender la historia debemos remontarnos al 27 de junio de 1994 cuando fueron encontrados sin vida los cuerpos de Casimir Sucharski, de 48 años, y dos chicas de 25 llamadas Sharon Anderson y Marie Rogers. Habían sido acribillados a tiros en la propia casa del hombre, dueño del club nocturno Casey’s Nickelodeon en Florida. Según el testimonio de sus allegados y su propio hijo, Casimir era un tipo desconfiado que llevaba un tiempo temiendo por su seguridad, llevaba miles de dólares dentro de sus botas y había instalado cámaras dentro de su casa. Y una de esas cámaras, escondida en una esquina del salón, captó el asesinato al completo: dos hombres, uno con gorro y gafas, y otro con una camiseta cubriéndole la cabeza, entraban y aterrorizaban a las tres víctimas durante más de 20 minutos -de 7:18 a 7:40- asesinándolos a sangre fría.

En un momento uno de ellos se quita la camiseta y deja al descubierto su rostro delante de la cámara, dejando una imagen borrosa y en blanco y negro que la policía utilizó como retrato para la búsqueda de los culpables. Poco tiempo después Pablo Ibar era arrestado por allanamiento de morada en otro distrito y un agente detectó el parecido entre la foto y el ladrón apresado. El caso enseguida se centró en culpar a Ibar y su compañero en el robo, Seth Peñalver, eliminando otras posibles líneas de investigación. Poco después apareció un testigo, un vecino que dijo reconocer a Ibar en el coche Mercedes descapotable de Casimir Sucharski en la madrugada del crimen -que más tarde apareció quemado- y que lo señaló como culpable en una rueda de reconocimiento un tanto extraña donde de los seis sospechosos presentados en fotografías, solo dos tenían la descripción que él había dado del criminal (siendo Ibar uno de ellos); y en la rueda presencial, Ibar era el único que coincidía con la rueda fotográfica.

Es decir, una imagen borrosa y un testigo que dijo reconocer a Ibar en un reconocimiento cuestionable era todo lo que tenía la investigación para culparle. El primer juicio se declaró nulo ante la falta de pruebas pero el segundo lo terminó declarando culpable y condenándolo a la pena de muerte. Finalmente, tras muchos años de intentos y luchas incansables, sus abogados lograron la anulación de la condena y un tercer juicio. Pablo había pasado 16 años en el corredor de la muerte y se enfrentaba a la nueva oportunidad de demostrar su inocencia con un equipo de varios abogados y la esperanza a flor de piel dado que su amigo Seth Peñalver, también condenado por el mismo crimen y a la pena capital, había conseguido en 2012 un segundo juicio que recovó su condena y lo dejó libre. Sin embargo, el tercer juicio sufrió varios reveses inesperados como la muerte del abogado principal, errores de una defensa aparentemente mal preparada, un juez más inclinado en favorecer a la fiscalía, testigos que cambiaron de testimonio incriminándolo directamente y una prueba de ADN que, de repente, lo situó en la escena del crimen más de veinte años después.

El 22 de mayo de 2019, Pablo Ibar era declarado culpable de nuevo y condenado a cadena perpetua.

Como seguidora del género true crime, esta nueva apuesta de HBO estaba entre mis imprescindibles del primer fin de semana de diciembre. Un fin de semana movidito como sabrán los usuarios del streaming si contamos con que también se estrenaba Mank, Selena, Ava y el episodio especial de Euphoria. Tuve que hacerme un croquis para organizarme los visionados (después de todo me apasiona mi trabajo) y logré llegar con todo (sí, tengo los ojos como platos en este momento, aunque confieso que abandoné Selena rápidamente ante la decepción de toparme con una versión telenovelera de desarrollo dramático mediocre -sin dudas, prefiero la película-). Sin embargo, los seis episodios que componen El estado contra Pablo Ibar me dejaron con hormigas en el cuerpo.

Vamos, que no consigo sacudirme las dudas de la cabeza. Quiero creer en su inocencia pero me está costando más de lo que habría imaginado al comenzar la miniserie.

El director Olmo Figueredo hace un trabajo documentalista medido y cuidado, manteniendo una neutralidad pasmosa a la hora de exponer cada versión de los hechos, incluso al retratar el dolor de los familiares de las víctimas y los de Pablo. La serie consigue transmitirnos esa herida punzante que jamás terminará de sanar para ninguno de los bandos y, en el medio, un Pablo que 26 años después sigue manteniendo su inocencia. Entonces ¿a quién creemos? Pues la serie no lo deja claro.

A lo largo de seis episodios, Figueredo nos presenta uno de los casos criminales más confusos de la historia reciente estructurando la narración de forma cronológica; recurriendo a flashbacks y haciendo un resumen bastante acertado de lo sucedido hasta ahora. El director pasó seis años rodando y entrevistando a familiares de Pablo y de las víctimas, abogados, jueces y policías, accediendo a material de archivo como las declaraciones de testigos, el famoso vídeo que captó el asesinato al completo (confieso que resulta muy difícil de ver) y la grabación del juicio. Es total, más de 2.000 horas de rodaje, cientos de horas de archivos de video, audio y fotografías y miles de páginas de sumario judicial que componen una serie que denota un cuidado máximo a la hora de mantener parcialidad y neutralidad.

En resumen, el primer capítulo nos presenta el crimen, el segundo expone un resumen de lo sucedido hasta llegar al tercer juicio para así adentrarnos en cuatro episodios que lo desarrollan de principio a fin. Y no lo niego, surgen muchas dudas.

Por un lado tenemos el dolor de los familiares de las víctimas que transmiten una rabia que traspasa la pantalla; pero también el sufrimiento de los familiares de Pablo, con una sed de justicia incansable y unos ojos agotados de tantos años de lucha. Pero más allá del drama emocional de cada uno de ellos, tenemos ante nosotros un caso que se antoja injusto desde el punto de vista de la falta de pruebas concluyentes, las dudas que provoca una fiscalía que podría haber ayudado a los testigos a declarar a su favor y un juez evidentemente inclinado a favor del estado que no permitió que el jurado conociera ciertos detalles, como que el compañero de Pablo que fue culpado junto a él en el segundo juicio, Seth Peñalver, había sido declarado no culpable y puesto en libertad en un segundo juicio tras demostrar que las pruebas no eran concluyentes.

Tanya Ibar en 'El estado contra Pablo Ibar' (HBO)
Tanya Ibar en 'El estado contra Pablo Ibar' (HBO)

Y si bien no podemos evitar detectar la falta de competencia entre los abogados que llevaban la defensa de Pablo, no podemos obviar algunos detalles que disparan la alarma. Por ejemplo, la aparición de una muestra de ADN que coloca a Pablo Ibar en la escena del crimen.

De todas las evidencias recabadas había huellas dactilares, cabellos, una marca de pisada en la sangre, una máscara y una camiseta usada en la entrada de la vivienda. Dicha camiseta contenía ADN de las víctimas, un “sospechoso desconocido” y una pequeña mancha que en el tercer juicio se descubrió que concordaba con el ADN de Pablo Ibar. Esto fue una sorpresa para la defensa que había depositado sus esperanzas en las pruebas genéticas para, quizás, poder encaminar la duda hacia otros sospechosos. En pleno juicio tuvieron que cambiar su argumento intentando explicar cómo la muestra podía haber estado contaminada por la mala manipulación forense. Pero la duda queda sembrada… ¿qué hace el ADN de Pablo en la escena del crimen?

Otro detalle que despierta el gusanillo de la duda es que el propio Ibar y sus abogados se negaron a presentar su coartada delante del jurado. En el segundo juicio, su esposa Tanya Ibar -se casaron y tuvieron dos hijos estando él en prisión- testificó que estaba con él cuando tuvo lugar el crimen. El problema es que la joven no reveló dicha información hasta el año 2000, seis años después del arresto y evidentemente despertó muchas sospechas. Sobre todo porque su coartada aseguraba que ella estaba en la casa de sus padres con Pablo cuando su familia estaba de viaje en Irlanda y que esa misma noche la llamó su hermana descubriendo que Pablo estaba con ella. Hay que destacar que Tanya tenía 16 años por entonces y la presencia del chico a solas con ella habría causado revuelo en su familia. Pero en el segundo juicio se demostró que las tarjetas de llamadas que habrían utilizado para llamar a Tanya desde Irlanda no permitían llamadas internacionales. La coartada quedó tan desacreditada que optaron por no recurrir a ella en el tercer juicio.

Sin embargo, lo que más llama la atención es conocer en detalle el arresto que llevó a que su rostro llegara a la policía en el momento de la investigación de Los crímenes de Miramar. Mucho se dijo de aquel arresto, como que había sido detenido al acompañar a unos amigos a robar o comprar drogas (Wikipedia), pero en El estado contra Pablo Ibar se detalla que el arresto tuvo lugar durante un robo en donde él y Seth Peñalver habían entrado a una vivienda, atado a la familia, amenazado con un cuchillo a una mujer embarazada y matado al perro a balazos. La mujer declaró en el tercer juicio, describiendo que Pablo Ibar habría dicho “terminemos con ellos” antes de que llegara la policía. Unos detalles que pintan una realidad muy diferente y que despiertan dudas y sospechas difíciles de no tener en cuenta.

'El estado contra Pablo Ibar' (HBO)
'El estado contra Pablo Ibar' (HBO)

Pero sobre todo, el mayor problema de El estado contra Pablo Ibar a la hora de apoyar al español de forma contundente es que nos falta escuchar su versión. Las únicas declaraciones que oímos suyas es a través de los susurros que se graban en el juicio durante las charlas con sus abogados o algunas de las conversaciones telefónicas que mantienen; en ningún momento vemos a Pablo contar su versión de los hechos, explicar su coartada o cómo vivió la incriminación cuando él asegura ser inocente. Esto se debe al tipo de condena que pesaba sobre él, que no le permitía contacto con el mundo exterior y es en el capítulo final que la miniserie nos muestra a Pablo por fin sentándose delante de una cámara, pero en ese momento termina. Supuestamente porque la grabación tuvo lugar en febrero y la pandemia habría frustrado la continuación de las grabaciones. De momento desconozco si HBO tiene previsto añadir uno o varios episodios más con su declaración ante el público.

Pero eso es lo que nos falta. Con el furor del true crime que vive el streaming son muchas las miniseries que retratan diferentes casos, desde personajes culpables a inocentes erróneamente condenados, y en su gran mayoría podemos sacar nuestro propio veredicto al oír lo sucedido de boca de sus protagonistas. Hasta en Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy es el propio asesino el que relata sus casos a través de unas grabaciones. O en casos de otros largos procesos judiciales o historias criminales donde también existieron dudas tenemos el testimonio de los condenados, como fueron The Staircase, Fabricando un asesino, The confession killer, El caso Watts: el padre homicida, Amanda Knox, hasta Tiger King y Wild Wild Country.

Nos falta oír a Pablo para cerrar el circulo y terminar de sacar nuestras propias conclusiones, y tras seis horas de visionado resulta un tanto exasperante terminar la miniserie sin poder llegar a un veredicto propio. Sobre todo cuando hubo tanta implicación española en su defensa. No solo a través de una cobertura periodística que cubrió el caso con todos los medios posibles, sino también a través de la aportación de miles de euros para ayudar en su lucha por librarse de la pena de muerte (algo que ni España ni la Unión Europa acepta legalmente). Hasta el año 2016, Exteriores aportó 290.000 euros, el gobierno vasco entregó ayudas de 700.000 euros y la Diputación Foral de Guipúzcoa entregó entre 8.000 y 10.000, según publicó The Diplomat in Spain.

La verdad puede tener tantos matices que todo depende de quién lo mire y cómo lo mire. Y mientras cada lado tiene su versión de los hechos, El estado contra Pablo Ibar nos deja con más dudas que antes. ¿Culpable o inocente? La justicia estadounidense declaró lo primero, pero tantos años después, todavía no queda tan claro. El caso completo parece formado por una maraña de falsos testimonios (en la serie muestran cómo se confirma que dos testigos habían mentido bajo juramento), pruebas forenses dudosas, una defensa que no parece haber estado a la altura y un juicio carente de imparcialidad. Sin embargo, 26 años después la maraña no termina por desenredarse.

Más historias que te pueden interesar: