Es hora de que empecemos a pedir perdón a Sergio Busquets

Guillermo Ortiz
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SAN SEBASTIAN, SPAIN - MARCH 21: Sergio Busquets of FC Barcelona battles for possession with Robin Le Normand of Real Sociedad during the La Liga Santander match between Real Sociedad and FC Barcelona at Estadio Anoeta on March 21, 2021 in San Sebastian, Spain. Sporting stadiums around Spain remain under strict restrictions due to the Coronavirus Pandemic as Government social distancing laws prohibit fans inside venues resulting in games being played behind closed doors.  (Photo by Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images)
Photo by Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images

Sergio Busquets es un "jugador síntoma". Ese es su papel en el Barcelona, algo así como el pájaro en la jaula que se bajaba a las minas para ver si había alguna fuga de gas. Si uno no ve a Busquets, si no se da cuenta de que está jugando, es que todo va bien en el equipo. Todo funciona como debe ser. Si uno empieza a ver a Busquets, es que hay problemas. Es que hay superioridades del equipo contrario que no puede compensar él solo, es que no hay salida del balón ni compañeros que se ofrezcan y es que la desubicación del equipo hace que todos lleguen medio segundo tarde a cada cruce... y más que nadie el que más veces hace por llegar, claro.

La posición de Busquets es muy poco agradecida. No se desengancha como De Jong para pisar área. No hace carreras brutales hacia atrás para rectificar errores como hacían Mascherano o Puyol. Busquets es el metrónomo, el que marca el ritmo, el que hace de su colocación su principal arma. No, Busquets no es rápido y no, no tiene gol. Tampoco es un portento físico como se supone que es Arturo Vidal. Su condición de pivote en el medio del campo ha estado discutida desde sus inicios, cuando gran parte de la afición no conseguía entender que jugara más que Yayá Touré. Nadie entiende el orden porque el orden no se ve, porque el orden no se comenta. Pero es la clave para que el Barcelona juegue bien al fútbol.

Durante años, el Barça ha sido un equipo desordenado. Bastantes años, casi desde el final de la era Luis Enrique, en la que esto se convirtió en un "sálvese quien pueda", un arriba y abajo en el que la calidad de los delanteros y la contundencia de Ter Stegen lo aliviaba todo. En ese contexto, en ese desorden continuo, Busquets era siempre el señalado. La santísima trinidad de los palos de la afición barcelonista durante estos años y más aún durante los meses de plomo y goleadas en contra han sido Sergi Roberto, Sergio Busquets y Jordi Alba, sin acabar de entender que esto no es un deporte individual, que no es cuestión de quién juegue sino dónde, cómo y rodeado por qué compañeros y en qué posiciones.

Si uno plantea -o se deja arrastrar- a un partido de toma y daca, de presión desbocada, cada uno a por la suya y que gane el que más corre, gente como Busquets te sobra, claro. Va a estar continuamente expuesto incluso aunque coquetees con un doble pivote, como hizo Koeman al principio de la temporada. Busquets no es eso. Busquets es el tío que da dos pasos y roba, da dos pasos y corta, da dos pasos y hace una falta táctica. Por supuesto que no es una garantía de éxito. No hay por qué jugar así y el ejemplo está en el Real Madrid. Con Casemiro como pivote, un jugador fuerte, con llegada, contundente... el equipo ganó cuatro Copas de Europa. Ahora bien, a Casemiro no se le puede reprochar que no sea Busquets... ni a Busquets que no sea Casemiro.

Si el equipo está bien colocado, si defiende arriba, si presiona con orden tras pérdida de balón y, sobre todo, si entiende por qué se dan tantos pases que en principio no sirven para nada, Busquets es una joya, más allá de que dé asistencias de gol o no. Como decía Guardiola: "Cuanto más rápido va la pelota a la portería contraria, más rápido vuelve". Eso, de por sí, no es un problema si uno se siente cómodo en ese registro. Si uno quiere convertir el partido en un arriba y abajo, le conviene hacer eso. Si no quiere, si juega ante uno de esos equipos rápidos, "físicos", que aprovechan los espacios para hacer sangre y pretende evitar ese contexto, lo ideal es que se agrupe, se ordene, no obligue a sus jugadores a correr mucho sino a correr bien, se pase el balón para cansar al contrario y para descolocarlo. Lo ideal, en definitiva, es contar con once Busquets o con once tíos que entiendan el fútbol como lo entiende Busi.

En eso parece que vuelve a estar el Barça después de años de olvido. Si el equipo está ordenado y se ordena a través de la posesión del balón, recuperará antes y volverá a empezar. Eso, por cierto, es mérito de Koeman y no me cansaré de decirlo. ¿Quién recuperará? Casi siempre Busquets. ¿Quién será el vértice de cada triángulo para marear al contrario y calmarlo como se calma a un toro demasiado bravo? Casi siempre Busquets. Eso es lo que vimos el domingo en Anoeta: si Jordi Alba puede subir sin miedo por la banda izquierda y ser diferencial es porque sabe que juega con red. Si Messi no tiene que bajar al medio centro a iniciar la jugada es porque sabe que otro puede hacerlo por él. Si Dembélé puede parecer un jugador omnipresente es porque se le busca y se le encuentra. Los compañeros saben dónde está.

Durante años, insisto, el Barcelona ha sido un equipazo lleno de grandes nombres y que ganó un montón de títulos. Pero era un equipo que ganaba por aplastamiento. 40 o 50 goles de Messi por año, unos diez menos de Suárez y a tirar. Ahora bien, era un equipo desordenado, individualista, que no hacía pie y al que bastaba con soplarle para tumbarlo. Así, París, Turín, Roma, Liverpool, Lisboa o la ida de este año con el PSG. El asunto no es a quién vas a traer ni por cuánto sino dónde lo vas a colocar. Más importante que ganar la liga o la copa ha sido recuperar algo que no es el "juego de posición" en un sentido literal pero que es un gusto por ubicarse a través del balón y no sortearlo. Ahí, necesitas a Busquets más que a nadie en el mundo. Doce años y medio después, tras mundiales, eurocopas, champions y dos tripletes, quizá deberíamos habernos dado cuenta y no darle por acabado cada vez que tiene que hacer algo para lo que no sirve.

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