¿Es bueno ser proactivos y autodidactas en el trabajo?

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Un truco para empezar septiembre con buen pie y evitar síndromes posvacacionales y de cualquier otra índole es ver El Becario. Es un recurso muy versátil, en realidad rescatable en cualquier época laboral densa. Ben (Robert de Niro) es un jubilado que, aburrido y con ganas de sentirse útil, entra a trabajar en un programa de becarios senior a una startup de venta de moda online fundada por Jules (Anne Hathaway). El ritmo es frenético, unos y otros andan de aquí para allá y enfrentan ‘crisis’ como pollos sin cabeza. Unos y otros, pero no Ben. Él tampoco tiene la menor idea de lo que allí se cuece, apenas unas nociones básicas de Internet, pero aún así se mueve sereno, parece dominar el tiempo. Cada tarea es un desafío a una estructura mental desarrollada en un mundo muy diferente, y Ben responde con un modus operandi que puede resultar obsoleto, chocante, osado: cuando no sabe, pregunta; antes de hacer, pregunta.

Siempre he pensado que es un poco leyenda urbana, pero quizás no lo sea. Eso de que en los procesos de selección de las grandes empresas usan un filtro que descarta automáticamente currículums que no incluyen palabras clave como ‘proactividad’ en la lista de soft skills. Cuando apenas tenemos experiencia y queremos un trabajo, nos apuntamos este tanto. Decimos: «soy proactiva y autodidacta». Queremos que escuchen: «te quitaré trabajo de encima sin robarte mucho tiempo». Todo el mundo anda ocupadísimo. Ocupadísimo es un estilo de vida. Jules en El Becario también está siempre ocupadísima y sus empleados tienen ráfagas de apenas 10 segundos –mientras ella se mueve por la oficina en bicicleta– para consultar un próximo paso o debatir un objetivo.

Esta actitud en un trabajador casi siempre con poca experiencia se ha normalizado hasta el punto de ser la línea argumental de comedias hollywoodienses y tenernos a todos fardando de lo bien que se nos da no molestar y buscarnos las castañas. Como a trabajar solo se aprende trabajando y además cada maestrillo tiene su librillo, esos soft skills suelen conducir a situaciones en las que finges entender el objetivo de tu tarea –y la tarea en sí– y por debajo de la mesas googleas tres términos de cada cinco y buscas un tutorial en YouTube.

«El del autodidacta y autosuficiente puede ser un camino solitario e incierto», apunta Elisa Sánchez, profesora de Psicología Laboral en la UDIMA y directora de la consultora laboral Idein. «El problema aparece cuando –por los roles establecidos– necesitas ayuda y no la tienes; cuando el jefe y el resto de compañeros se acostumbran a esta dinámica, la exigencia y la responsabilidad aumentan, y aparecen el cansancio y la incertidumbre».

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Si la relación con los superiores está basada en la confianza mutua (véase: intentar no acudir a ellos con cada mínima duda, pero saber que podemos hacerlo si de verdad necesitamos aprender algo), la proactividad tiene su lado bueno. «Si expresas criterio propio, creatividad y liderazgo, es más probable que puedas enfocarte en lo más te gusta y mejor se te da», explica Sánchez. «Además, tendrás más confianza en ti mismo y darás una mejor imagen profesional».

Cuando no lo está (véase: cuando los empleados son una mera herramienta de ejecución), por el camino se quedan los factores que suman la parte buena de un trabajo: entender el oficio, sentir que formas parte de un proyecto, saber la repercusión de lo que haces durante al menos ocho horas cada día. Tener a tus superiores como referentes, aprender de ellos y, así, esculpir a base de experiencias una personalidad laboral que no se base solo en ejecutar. Si entiendes lo que haces, si lo has interiorizado, la cabeza puede ponerse a trabajar y mezclar lo aprendido con tu bagaje, con tus referencias, y de ahí es de donde salen las ideas frescas. Se pierde mucho por el camino no solo para quien no aprende, también para quien no da la oportunidad de que la ayuda que le brindan crezca en calidad.

«El ‘aparenta hasta que lo seas’ puede desencadenar el conocido síndrome del impostor o incluso conductas poco éticas», remarca Sánchez. En un mundo laboral sano, más humano, aparentar no debería ser un requisito. Nadie debería quedar descartado por un algoritmo que considera que robará tiempo a su jefe si no es autodidacta. Para que la productividad fluya de abajo a arriba, primero debe fluir de arriba a abajo. Un flujo continuo que se alimenta de la inspiración de unos y las ganas de inspirar de otros, de donde brotan las ganas, la innovación, la frescura. ¿Les parece una pérdida de tiempo?