¿Tiene sentido seguir buscando el amor?

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Photo credit: dr
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El otro día vi La peor persona del mundo y me pareció un título brillante porque su efecto es totalmente opuesto: me sentí mucho menos mala persona. Julia está a punto de cumplir 30 años y no está segura de nada, todo se lo replantea. Sus objetivos vitales, su identidad, su carrera profesional, su relación con familiares complicados. Todo lo somete a una revisión constante, en especial su vida amorosa.

Sus relaciones nunca acaban de funcionar del todo bien, no se intuyen por ahí eternidades, y Julia dice adiós sin un motivo ‘de peso’ porque casi nunca hace falta, porque casi siempre la ausencia de motivos ya pesa lo suficiente. Entonces la neurona a cargo de procesar escenas de comedias románticas durante tantos años se activa e, indignada, nos dice que encadena fracasos, que peca de cinismo, de inconformismo, que el amor aparece a base de sacrificio, pero seamos sinceros: no estamos ya como para pensar en esos términos.

A pesar de que una parte de nuestra mentalidad colectiva siga alojada en El diario de Noah, la realidad –dicotómica y contradictoria– se parece mucho más a la de Julia. El sociólogo de la Universidad de Málaga, Luis Manuel Ayuso, uno de los editores del primer estudio sobre la evolución de la pareja en España, lo explica así: «aunque sigue existiendo como utopía, el ideal de amor romántico contrasta con la realidad, pues convive con otros tipos de amor más rápidos, más individualistas». Un contraste complejo y algo frustrante: en la eterna y explotada búsqueda de la media naranja aparecen más y más obstáculos.

El primero: la renuncia que conlleva toda decisión

«Cuanta más gente conocemos, más difícil es encontrar pareja porque estar con alguien supone renunciar a estar con otra persona», explica Ayuso. Lo que los economistas llaman coste de oportunidad no ha hecho más que crecer con Internet y con la facilidad para moverse, mudarse, ir de aquí para allá. Además de renunciar a todos los posibles amores de nuestra vida que nos esperan en cualquier rincón del mundo real o virtual, comprometerse con alguien da miedo porque supone también ceder en algo que llevamos intrínseco como habitantes de nuestro tiempo: el individualismo. Mi vida conmigo y la comodidad que ello supone.

También hay obstáculos dentro: ahora tomamos nuestras necesidades y expectativas como base antes de iniciar una relación

Las conocemos porque nos conocemos mejor, porque somos más conscientes, y buscamos también que la otra persona lo sea. No lo digo yo, lo dice Tinder. En 2021, los usuarios de la app de citas por excelencia incluyeron el acudir a terapia en sus biografías un 21% más que el año anterior. Con la cabeza amueblada es el nuevo sex appeal. Cojamos este tema con pinzas, partamos de que no es algo accesible para todo el mundo –otro tema para otro día–, pero analicemos lo que nos dice: «La terapia influye en cómo nos relacionamos con los demás; que acudamos a ella puede hablar de nuestra capacidad para comunicarnos y gestionar las dificultades del día a día. También de la valentía para afrontarlas y de que estamos dispuestos a buscar un bienestar emocional», explica Ana Pousa, psicóloga y sexóloga del centro TAP.

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Obstáculos a favor del amor

Lejos de actuar en su contra, creo que estos obstáculos favorecen al amor. No me creo a los agoreros, a los que dicen que no hay cabida para las relaciones en un presente tan loco e individual. La idea de amor ha evolucionado al adaptarse a cada presente desde que el mundo existe y todas las canciones y los libros y las películas siguen y seguirán hablando de ello. Es gracias a los obstáculos que curvamos el camino y exploramos otras rutas que se adaptan mejor a lo que somos. En ese estudio sobre la evolución de la pareja se detectaron hasta 20 tipos y Luis Manuel Ayuso cree que hay muchos más. Los obstáculos abren debate interno, nos obligan a parar y a replantearnos. Construimos así otro relato para el amor, con un lenguaje más rico, más capaz de englobar las diferentes realidades dentro de una pareja, un pacto privado en el que todo es legítimo mientras las dos partes lo aprueben.

En el presente que nos ha tocado cada uno se lo guisa y se lo come, y cede y pide y construye y eso mucho más difícil que meterse en un molde, pero también más satisfactorio. Vivir siendo conscientes de que lo hacemos trae muchos quebraderos de cabeza, pero es realmente la única forma de vivir. 'La peor persona del mundo' es solo una persona como cualquiera de nosotros, con ganas de querer y de ser querida, pero también fiel a sí misma, que vive como mejor puede un presente que es complejo no porque estemos inventándonos complejidades, sino porque hemos dejado de ignorarlas.