¿Has sentido una 'presencia' tras perder a una persona querida? La psicología lo explica

·9 min de lectura
Perder a una persona querida
No existe una forma correcta o incorrecta de atravesar el duelo. [Foto: Getty Images]

Perder a una persona querida es una de las experiencias más dolorosas que podemos atravesar en la vida. Nada nos prepara para ese sufrimiento. No sabemos cuánto durará ni cómo nos golpeará, por lo que a menudo nos encontramos navegando a tientas por un mar de angustia desconocido.

Las reacciones humanas ante la muerte pueden ser muy diferentes. No existe una forma correcta o incorrecta de atravesar el duelo. Sin embargo, una de las experiencias más comunes, que reporta más de la mitad de las personas en duelo, consiste en sentir una presencia que las acompaña y que generalmente se identifica con la persona que se ha ido.

¿Sentir la presencia de una persona querida que ya no está es una alucinación?

Sentir la presencia de la persona que nos ha abandonado es una experiencia transversal a todas las culturas. [Foto: Getty Images]
Sentir la presencia de la persona que nos ha abandonado es una experiencia transversal a todas las culturas. [Foto: Getty Images]

Cuando atravesamos el duelo, en especial durante las primeras semanas o meses, podemos sentir que esa persona no nos ha abandonado por completo sino que, de alguna manera, aún entre nosotros compartiendo la misma dimensión espacio-tiempo. Es lo que se conoce como un sentido de presencia.

Curiosamente, es una experiencia transversal a todas las culturas, como indicó un estudio realizado en la Universidad de Lancaster, aunque en algunas es más común que en otras. Se produce fundamentalmente tras la pérdida de una persona querida, generalmente una pareja, familiar o amigo cercano, aunque también podemos experimentarla por la muerte de una mascota.

Las experiencias de presencia suelen ser difícil de explicar porque no tenemos pruebas directas de los sentidos que las avalen, pero tenemos la certeza de que no estamos solos. Sentimos una proximidad física.

Hay quienes incluso pueden llegar a escuchar, ver o tocar a la persona que ha fallecido. De hecho, la Psicología ha estudiado ese tipo de vivencias catalogándolas como “experiencias alucinatorias post-duelo. Considera que se trata de experiencias ilusorias pasajeras que no vaticinan necesariamente un duelo más difícil y no guardan relación con los trastornos mentales.

En cambio, la sensación de presencia, en la que no están involucrados los sentidos del tacto, la vista o el oído, se puede considerar una “alucinación extracampina” ya que esta se experimenta fuera del campo sensorial plausible, como creer que hemos visto a alguien que no se encuentra en nuestro campo visual, a nuestras espaldas o del otro lado de un muro.

No obstante, aunque la Psicología las catalogue como “experiencias ilusorias” o “no verídicas”, lo cierto es que pueden llegar a ser muy reales para quien las vive. De hecho, para algunas personas esa sensación de presencia puede ser muy valiosa y útil ya que les facilita una transición más suave, les ayuda a gestionar sus emociones y les permite ir aceptando la pérdida.

La vuelta al pensamiento mágico para encontrar consuelo

“Ante una situación anormal, una reacción anormal constituye una conducta normal” - Viktor Frankl [Foto: Getty Images]
“Ante una situación anormal, una reacción anormal constituye una conducta normal” - Viktor Frankl [Foto: Getty Images]

Ante una situación anormal, una reacción anormal constituye una conducta normal”, escribió Viktor Frankl, psiquiatra sobreviviente de los campos de concentración nazis. Sin duda, perder a alguien cercano pone a dura prueba nuestras certezas y creencias. Cuando alguien muere, no lloramos únicamente por su pérdida sino también por el miedo que sentimos por nosotros mismos, por esa sensación de abandono y desamparo que se instala, por creer que nos hemos quedado solos en un mundo que se nos antoja extremadamente hostil.

La muerte de una persona querida a menudo nos enfrenta a nuestra propia vulnerabilidad. Zarandea nuestra confianza en la vida, hace que la sensación de control se desvanezca y nos enfrenta a la dura realidad. La pérdida de ese vínculo significativo nos arrebata la dosis de optimismo que nos permitía vivir tranquilamente y nos lanza a un mundo que no reconocemos y nos resulta vacío.

Ese derrumbe interior nos arrastra a una situación para la que no estábamos preparados y que nos resulta, de cierta forma, incomprensible, injusta e inaceptable. Entonces recurrimos al pensamiento lógico-racional para intentar encontrarle un sentido a la muerte. Pero no lo hallamos. La razón no nos suele ayudar a explicar esa nueva realidad tan dolorosa y tampoco nos permite calmar nuestra angustia.

Desposeídos de las herramientas de la lógica, el control y la positividad, miramos en otra dirección. Buscamos una manera alternativa de interpretar la realidad: el pensamiento mágico. El pensamiento mágico estuvo muy presente en los pueblos primitivos y en nuestra infancia, pero no se trata de un “retroceso”, como explica la psiquiatra Olmeda García, sino que en realidad todos tenemos un pensamiento lógico y otro mágico que se activan según las circunstancias.

Las situaciones de crisis, como puede ser un terremoto, una guerra o la muerte de un ser querido generan un tsunami emocional tan grande que necesitamos recurrir al pensamiento mágico para reubicarnos en el mundo y encontrar un nuevo significado a la muerte y el dolor.

Cuando el pensamiento racional no es suficiente para afrontar el duelo, podemos sumirnos en un mundo mágico. Al “apagar” el pensamiento crítico, nos volvemos más sensibles y abiertos a todas las posibilidades, incluso aquellas que en circunstancias normales habríamos calificado como descabelladas.

En ese estado, somos más propensos a interpretar señales del ambiente que en otro momento explicaríamos de manera racional o a las que ni siquiera le prestaríamos atención, como indicadores de una presencia. Y al no ser capaces de distinguir muy bien entre lo objetivo y lo subjetivo, es menos probable que dudemos de la realidad de lo que sentimos, sobre todo cuando esas sensaciones nos reconfortan y consuelan.

El vínculo emocional que sobrevive a la muerte

“El amor trasciende la persona física del ser amado” - Viktor Frankl [Foto: Getty Images]
“El amor trasciende la persona física del ser amado” - Viktor Frankl [Foto: Getty Images]

Viktor Frankl contó que la inquebrantable conexión con su esposa fue lo que le dio fuerzas para soportar las terribles experiencias que vivió en Auschwitz y Dachau. “Mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer”, aunque “ni siquiera sabía si ella vivía aún”, reconoció el psiquiatra. Comprendió que “el amor trasciende la persona física del ser amado” porque implica un sentido de “ser espiritual e íntimo.

“Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos, ese hombre puede realizarse en la amorosa contemplación del ser querido”. Que fuera “real o no, que estuviera o no presente”, “dejaba de ser de algún modo importante porque no podía alterar la fuerza de mi amor o de mis pensamientos”.

Esa y muchas otras experiencias similares han llevado al filósofo Matthew Ratcliffe a hipotetizar que la sensación de presencia es mucho más que una simple alucinación producida por nuestro pensamiento mágico. Su raíz se encuentra en la sensación de conexión que habíamos experimentado con esa persona, un vínculo que nos ayuda a soportar un presente extremadamente doloroso.

Cuando una persona muere, el mundo que habitaba suele permanecer prácticamente intacto durante un tiempo. No se trata únicamente del universo físico sino del universo relacional que compartíamos. Las cosas siguen siendo como antes. La persona no está físicamente, pero sigue estando presente en nuestra mente, en ese espacio relacional compartido.

Eso implica una presencia potencial o real, pero ahora de manera difusa y no localizada, una presencia que no tiene rasgos físicos que podamos percibir con los sentidos pero que tiene una existencia. “Puede interpretarse como una tensión continua entre dos mundos, un pasado que uno continúa habitando y un presente que está vacío de significado y parece curiosamente distante”, explicó Ratcliffe.

En práctica, seguimos experimentando esa conexión, ese universo relacional que no depende de contenidos sensoriales específicos o de sitios particulares sino de un sentimiento inequívoco de estar todavía con esa persona. Aunque esa experiencia pueda parecer extraña, lo cierto es que es muy común en nuestras relaciones, tanto con las personas vivas como con aquellas que han muerto.

Ratcliffe explica queel significado de las cosas, nuestra interacción con el entorno y las posibilidades que consideramos están influenciadas de manera sutil y pre reflexiva por la persona con quién estamos o con quién desearíamos estar. Comer en un restaurante, dar un paseo o ver una película pueden ser experiencias profundamente diferentes según la persona que nos acompañe porque dependen de esa conexión única que establecemos.

Ese vínculo se extiende más allá del mundo físico porque no lo catalogamos como presente o pasado, real o imaginado, simplemente existe. No es una experiencia atada a un contenido sensorial, sino que es más bien una forma de ser afectado. Por eso, según Ratcliffe, podemos sentir la presencia de una persona que ya no está físicamente, pero sigue existiendo en ese espacio compartido.

Lidiar con el duelo y la sensación de presencia

El duelo puede ser una experiencia abrumadora. No tienes que atravesarlo solo. [Foto: Getty Images]
El duelo puede ser una experiencia abrumadora. No tienes que atravesarlo solo. [Foto: Getty Images]

Ante todo, es importante tener en cuenta que las vivencias de presencia tras perder a una persona querida son normales. No significa que estés perdiendo la cabeza ni es un signo de trastorno mental, sino tan solo que estás viviendo una situación dolorosa. Es probable que necesites algún tiempo para procesar y aceptar lo ocurrido.

Sé paciente contigo y trátate con amabilidad. Intenta descansar y realizar actividades que te ayuden a relajarte. Recuerda que el estrés, la culpa, el remordimiento y la ira acrecientan el dolor y pueden favorecer un duelo patológico. Por tanto, intenta no aferrarte a esas emociones negativas y déjalas ir apenas puedas.

Si es posible, habla de lo que sientes y experimentas con alguien. En nuestra sociedad racional, muchas personas ocultan esas vivencias porque se avergüenzan o temen que les tomen por “locos”. Todavía nos movemos en el tabú de la muerte y rechazamos lo que no se pueda explicar racionalmente, de manera que todo lo que no corresponda con esa realidad lógica/idílica suele ser reprimido y negado. Sin embargo, las experiencias de presencia son mucho más comunes de lo que crees, de manera que hay que hablar de ellas. Conectar con una persona que pueda entender lo que sientes te ayudará a superar esa etapa tan difícil.

Si no te sientes cómodo hablando con alguien, puede ser útil escribir una carta a la persona que murió. Escribe las cosas que no le dijiste y cuéntale cómo te sientes. Escribir te permitirá organizar tus pensamientos, expresar las emociones que estás reprimiendo e ir aceptando tu nueva realidad. No olvides que la escritura tiene un enorme poder catártico y sanador.

¿Cuándo debes buscar ayuda psicológica? Deberías pedir ayuda cuando sientes que no puedes gestionar el dolor. Cuando pasan los meses y el sufrimiento no se atenúa. O cuando esas experiencias de presencia se convierten en un obstáculo para seguir adelante con tu vida. Recuerda que el duelo puede ser una experiencia abrumadora. No tienes que atravesarlo solo.

Más historias que te pueden interesar

Evitación experiencial, los riesgos de huir de lo que no nos gusta

Cuando al dolor por la pérdida de un ser querido se le suma la culpa

Miedo a la muerte: las claves psicológicas para lidiar con nuestro temor más profundo