La secuela de ‘El mago de Oz’ con la que Disney aterrorizó a los niños de los 80

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Cuando pensamos en Disney, nos acordamos inmediatamente de clásicos animados como La Sirenita o El Rey León, de sus cuentos de hadas musicales, sus princesas y príncipes, sus animales parlanchines o sus personajes icónicos como Mickey Mouse o Donald Duck. Lo último que nos viene a la cabeza es… terror. Pero lo cierto es que, si fuiste niño en los 80 es más que probable que, aunque sea de manera subconsciente, asocies a Disney, y al cine infantil en general, con algunos de los momentos más terroríficos de tu infancia.

Hace treinta años, el cine para toda la familia era muy diferente al de ahora. Son muchos los clásicos del género fantástico de aquella década que dejaron huella en toda una generación de niños con imágenes siniestras y momentos oscuros que hoy en día serían impensables. Films como Cristal Oscuro, Dentro del Laberinto, La historia interminable, El secreto de la pirámide o la película que hoy nos ocupa, Oz, un mundo fantástico (Return to Oz), la extraña secuela de El mago de Oz con la que Disney traumatizó a más de un niño en los 80 y que, tristemente, hoy en día está casi olvidada.

Cartel de Oz, un mundo fantástico (Disney)
Cartel de Oz, un mundo fantástico (Disney)

Los 80 fueron una etapa difícil para Disney. La compañía atravesaba una de sus peores crisis económicas y creativas, herencia que dejó la muerte de Walt Disney en 1966, y de la cual al estudio le costó mucho tiempo reponerse. Sin su patriarca, la compañía perdió el rumbo y como resultado, se sumergió en una era experimental que resultó en varios fracasos comerciales, pero también dio lugar a alguna que otra joya de culto. Títulos revolucionarios como Tron, aventuras de carne y hueso como 1, 2, 3... Splash o Cariño, he encogido a los niños o cuentos animados como la deprimente Tod y Toby, la terrorífica Taron y el caldero mágico o la moderna Oliver y su pandilla, definieron una fase caracterizada por el riesgo en la que ninguna idea era demasiado loca.

Ni siquiera una secuela de El mago de Oz en acción real enfocada desde el drama y el terror con Dorothy siendo tratada de enferma mental por las increíbles historias sobre el mundo de Oz que no puede parar de contar.

Porque aunque la premisa suene descabellada, Oz, un mundo fantástico es real, muy real. La película tiene su origen en 1980, cuando su director, Walter Murch, sugirió a Disney una nueva historia ambientada en el mundo de Oz sin saber que el estudio poseía los derechos de los libros de L. Frank Baum. De hecho, Disney llevaba tiempo queriendo hacer algo con ellos, ya que el copyright estaba a punto de caducar y necesitaba sacarle partido. El proyecto salió adelante y fue concebido como una secuela (no oficial) de El mago de Oz, basada en La maravillosa tierra de Oz (1904) y Ozma de Oz (1907), el segundo y tercer libro en la saga escrita por Baum.

Desde el inicio, la producción se vio empañada por problemas tras las cámaras y diferencias creativas que llevaron a que Murch fuera despedido por Disney después de cinco semanas de rodaje. Al parecer, los ejecutivos del estudio odiaron el metraje que vieron y decidieron prescindir del director. No obstante, el creador de Star Wars e Indiana Jones, George Lucas, hizo de intermediario y convenció a Disney de que lo volvieran a contratar, prometiendo que él mismo lo reemplazaría si los problemas continuaban. Así, Murch regresó a su puesto y terminó la película, que después del sudor y lágrimas, acabó siendo un importante fracaso de taquilla, recaudando solo $11 millones (€9 millones; Box Office Mojo) de casi 30 que costó.

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Y lo cierto es que si Disney se preocupó por lo que vio en ese metraje inicial, es totalmente comprensible, ya que Murch convirtió El mago de Oz en una película de terror psicológico para niños. Quizá de forma orgánica, ya que la historia original así lo propicia. De esta manera, la secuela se distanciaba considerablemente del imperecedero clásico de 1939 protagonizado por Judy Garland cambiando el Technicolor por una factura visual más gris y tenebrosa, para explorar las traumáticas consecuencias de la primera aventura de Dorothy Gale en su vida. Como curiosidad, ya que Oz, un mundo fantástico no es una secuela directa de El mago de Oz, Disney tuvo que pagar a su propietaria, MGM, una cantidad -se dice que bastante alta- para poder usar los icónicos zapatos rojo rubí de Dorothy, que en los libros no eran de este color, sino plateados.

Pero más allá de los chapines de Dorothy, poco de resplandeciente y luminoso tiene Oz, un mundo fantástico, que en su lugar, acentúa los elementos más oscuros y enrevesados de la obra de Baum en una relectura que la acerca al cine de suspense y terror. Si ya resultaba perturbadora en los 80, puedo confirmar después de revisitarla en preparación para este texto, que la película sigue conservando intacta su naturaleza inquietante y que algunos de sus pasajes continúan provocando escalofríos. Recuerdo vivir esta película con intensidad cuando era pequeño (no podía dejar de verla aunque me diera miedo), pero es que como adulto me ha seguido pareciendo (relativamente, claro) una película de terror con todas las de la ley, sobre todo comparada con el cine familiar que se hace hoy en día.

Pero, ¿qué ocurre en la película como para que Disney se llevara las manos a la cabeza al ver lo que Murch estaba haciendo y miles de niños de los 80 quedaran marcados por ella?

DOROTHY Y LA TERAPIA DE ELECTROSHOCK

Oz, un mundo fantástico nos lleva de regreso a Kansas, donde volvemos a encontrarnos con Dorothy, Toto y los tíos Em y Henry seis meses después del tornado que arrastró a la pequeña al mundo de Oz. Fairuza Balk debutó en el cine interpretando a Dorothy con apenas 10 años (recordemos que Judy Garland tenía 17 cuando encarnó al personaje), y visto ahora, incluso su elección se antoja acorde al tono de la película, ya que en los 90 sería recordada por papeles atormentados y perversos como el de Jóvenes y brujas (1996). Es decir, ya desde niña, su imagen sería asociada a personajes extraños y diferentes, incluida la pequeña Dorothy de Disney.

El primer acto es el más sorprendente del film. Los tíos de Dorothy creen que su sobrina está loca porque no puede parar de contar historias sobre sus aventuras en Oz. La niña tiene problemas para dormir (las ojeras de Balk añaden mucho realismo) y su supuesto trastorno le impide ayudar a sus egoístas guardianes a arreglar los destrozos causados por el tornado, así que por esta razón deciden internarla en un hospital psiquiátrico en contra de su voluntad para tratarla… ¡con terapia de electroshock! Juro que no me lo estoy inventando.

Dorothy ingresa en el centro, un lugar que parece pertenecer más a la saga Pesadilla en Elm Street o a un giallo italiano que a una película de Disney, con pasillos sombríos, ruedas oxidadas que chirrían, doctores sádicos, pacientes encerrados en el sótano y alaridos espeluznantes en mitad de la noche. La introducción del electroshock obedece al hecho de que la película se ambienta en 1899, a dos meses del siglo XX, el siglo de la electricidad. Así vemos a Dorothy atada a la camilla a punto de recibir las descargas eléctricas (una imagen que, cuando eres niño, se queda grabada a fuego para siempre) cuando, afortunadamente, una tormenta corta la electricidad del hospital y la salva.

Pero eso es solo el principio. La niña consigue escapar del centro y acaba en el agua, donde es arrastrada por la corriente hasta llegar a Oz. Allí, las cosas no son como ella o nosotros recordábamos. El camino de baldosas amarillas está destruido, la ciudad Esmeralda está en ruinas y todos los habitantes de Oz han sido convertidos en piedra por el malvado Rey Nomo. Es entonces cuando Dorothy debe emprender un viaje por la otrora mágica tierra que creía conocer para salvar a sus amigos (el Hombre de Hojalata, el León Cobarde y el Espantapájaros) del malvado rey y devolver Oz a su luz y color de antaño. Para ello contará con la ayuda de varios amigos que nos remiten al trío original de El mago de Oz, el robot prototipo Tik-Tok, Jack Pumpkinhead, un hombre hecho de ramas con cabeza de calabaza -que es uno de los precursores del Jack Skellington de Pesadilla antes de Navidad-, y Gump, un sofá volador con cabeza de alce creado por la propia Dorothy; además de la gallina parlante Billina, que viaja con ella desde su granja en Kansas. Todos estos personajes, por muy aleatorios que parezcan, surgen de la fértil imaginación de Baum.

A pesar de sus momentos mágicos y del alivio cómico que tratan de imprimir con los personajes secundarios, lo que prevalece en todo momento es el peligro, el desasosiego y la oscuridad. El colorido y engañoso póster de la película nada tiene que ver con el acabado gris y sucio de sus imágenes, a lo que se añade una banda sonora más propia de un film de suspense y horror, con grandes golpes dramáticos y un diseño de sonido hueco y opresor en los diálogos que parece amplificar la sensación de que estamos asistiendo a un sueño -o una pesadilla- de Dorothy.

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EL DESIERTO DE LA MUERTE Y LA GALERÍA DE LAS CABEZAS

Ver a Dorothy en el psiquiátrico es impactante, pero sus aventuras de vuelta en Oz no se quedan cortas en cuanto a emociones fuertes. De hecho, el arranque de la película no es nada comparado con algunas de las escenas que vienen a continuación. Una vez en Oz, Dorothy aparece en los confines del Desierto de la Muerte, donde cualquiera que lo pise se convierte en arena. Allí se enfrenta a los Rodadores, unos siniestros seres que se desplazan a cuatro patas y tienen ruedas en lugar de manos y pies. Estas criaturas van con máscaras monstruosas, bajo las que se ocultan rostros maquillados, su estridente risa está hecha del material de las parálisis del sueño y persiguen a Dorothy amenazándola con partirla en pedazos. Todo muy entrañable.

Pero los Rodadores no son más que secuaces, al igual que los monos voladores en la película original. En Oz, un mundo fantástico hay dos villanos principales, a cada cual más terrorífico. Por un lado tenemos a la Princesa Mombi y por otro al Rey Nomo, interpretados por los mismos actores que hacen de la enfermera y el doctor en el psiquiátrico, Jean Marsh y Nicol Williamson, como manda la tradición. Ambos ocupan simbólicamente el lugar de la Malvada Bruja del Este y el propio Mago de Oz en la secuela. Mientras Nomo maneja los hilos a distancia, Dorothy se topa primero con la Princesa Mombi, y aquí es donde llega la secuencia que, vista hoy en día, me parece increíble que Disney no la eliminase del montaje final, ya que es de lo más aterrador que he visto jamás en una película para niños.

Mombi se presenta a Dorothy como una princesa joven y bella, pero no tarda en desvelar su verdadera identidad. En realidad es una bruja que puede cambiarse la cabeza a su antojo. En su palacio de espejos tiene una galería llena de cabezas vivas expuestas en vitrinas, como su fuera una colección de zapatos. Mombi se quita la cabeza y la cambia por otra ante los atónitos ojos de Dorothy. La bruja se acerca a la niña y le dice que aunque no sea bella, algún día será atractiva, por lo que decide añadirla a su colección de cabezas, para lo que la encierra en el palacio hasta que crezca y su cabeza encaje con su cuerpo adulto (en serio). Para escapar de sus garras, Dorothy debe encontrar una pócima que convierte los objetos inanimados en seres con vida, que está escondida en el armario donde Mombi guarda su cabeza original. Cuando la niña encuentra la pócima, la cabeza de Mombi despierta. Y con ella, todas sus cabezas de repuesto, que estallan en una sinfonía de gritos infernales desde sus vitrinas, mientras el cuerpo decapitado de la bruja la persigue con los brazos en alto y esta grita su nombre: "¡¡Dorothy Gale!!". Esta secuencia tan expresionista pone los vellos de punta hasta viéndola de adulto, así que es fácil imaginar lo que podría provocar en un niño viéndola en los 80.

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Pero no he acabado. Hay más. Aunque no llega al nivel del inolvidable encuentro con Mombi, el enfrentamiento de Dorothy con el Rey Nomo tampoco tiene desperdicio. A medida que convierte a los amigos de la niña en piedra uno a uno, el villano va adquiriendo forma humana, pasando de una masa amorfa de rocas a un rey casi humano sentado en su trono. Pero los mejor de todo es que bajo sus ropajes grises, Nomo lleva puestos… ¡los zapatos rojos! Una imagen cuanto menos chocante y llamativa. El encuentro entre Dorothy y Nomo da lugar a un clímax en el que el rey se convierte en un monstruo gigante que intenta comerse a los personajes mientras sus secuaces se transforman en visiones pesadillescas de roca similares a gárgolas que los persiguen mientras huyen de él. Finalmente, Dorothy y sus amigos consiguen derrocar al villano y restaurar la magia en Oz.

Para cuando llega la luz y el color a la película, esta ya casi ha terminado, pero no pasa nada, por fin podemos respirar tranquilos. Aunque pueda quedar la duda de si todo está en la imaginación de Dorothy, al menos su pesadilla ha acabado.

Y EN EL FONDO, UNA JOYA DE LA FANTASÍA

Oz, un mundo fantástico se aleja de los cuentos de hadas tradicionales de Disney y del espectáculo Technicolor y musical de El mago de Oz para darnos un reflejo más aberrante y surrealista del mundo de fantasía creado por Baum, dejando muy atrás el esplendor de la edad dorada de Hollywood para sumergirse de lleno en la era oscura de Disney en los 80. Murch envolvió la película en un halo onírico que, inconscientemente o no, sitúa un pie, y en alguna escenas el cuerpo entero, en el cine de terror. De hecho, si lo pensamos bien, en realidad estamos ante una película de Halloween (la historia transcurre cerca de esta festividad y el personaje de Jack nos lo recuerda constantemente con su cabeza de calabaza), pero nunca ha sido reconocida como tal.

Y es que tras su fracaso en taquilla, la película prácticamente cayó en el olvido y no atravesó el mismo proceso que otros films fantásticos de los 80 y 90 que, tras ser un fiasco comercial, se convirtieron en clásicos de culto, como Dentro del Laberinto (que por cierto bebe mucho de Oz y tiene mucho en común con la de Disney) o Pesadilla antes de Navidad en la propia Casa del Ratón unos años más tarde. El batacazo fue tan grande que Walter Murch, que debutaba con ella, no volvió a dirigir otra película en su vida. Lo que hizo fue volcarse de nuevo en su trabajo como especialista en montaje y sonido. Y dudo que se arrepienta de su decisión, ya que le deportó dos premios Óscar por El paciente inglés (mejor montaje y mejor sonido), que se sumaron al que ya tenía por el sonido de Apocalypse Now, amasando un total de nueve nominaciones en su carrera. Murch seguramente prefiera olvidar que en los 80 dirigió una película para Disney.

Pero los amantes del cine fantástico de los 80 no podemos decir lo mismo. Oz, un mundo fantástico estaba en mi lista de películas que no podía dejar de ver en VHS. Había algo en ella que me atraía una y otra vez a pesar de provocarme escalofríos y obligarme a dormir con la luz encendida. Pensándolo bien, incluso puede que mi amor por el cine de terror encuentre su origen en este tipo de películas, y en la secuela de Oz en concreto. Sus imágenes se quedaron en mi retina para siempre y cuando las vuelvo a ver, recuerdo una época en la que el cine para niños no era tan sofisticado, pero sí mucho más arriesgado y experimental. Por eso seguimos regresando a estas películas como adultos, aunque esto suponga revivir más de un trauma generacional, como la muerte de Ártax en La historia interminable, la visión demoníaca del Señor de la Oscuridad en Legend o los monstruosos Skeksis en Cristal Oscuro.

Pero es que después de volver a ver Oz, un mundo fantástico en 2021, he comprobado que no solo no es una mala película, sino que es un auténtico tesoro del cine fantástico y un film mucho mejor de lo que recordaba. Su relectura de la obra de Baum es un reflejo de su época, del tipo de cine familiar que se hacía en los 80, mucho menos sobreprotector que el de ahora. Es curioso lo cercano que es a veces el cine infantil del terror y lo que tienen en común a la hora de explorar los miedos y plasmar en pantalla las pesadillas. De ahí que haya tantas versiones terroríficas de los cuentos de hadas más conocidos, que desde siempre han tenido un lado oscuro y perturbador que ha atraído a los adultos.

A pesar del fracaso de la película, Disney regresó en 2013 al mundo creado por Baum con una nueva película ambientada en Oz, que curiosamente en España recibió un título casi idéntico al de los 80, Oz: Un mundo de fantasía. Esta nueva reinterprtación hiperdigital nos contaba los orígenes del Mago (en la piel de James Franco) y las brujas de Oz y estaba realizada por Sam Raimi, que casualmente es uno de los directores y productores de terror más populares del cine. La película, sin embargo, se acercaba más al Tim Burton tardío y, pese a funcionar mucho mejor en taquilla que su predecesora, se quedó muy lejos de convertirse en un clásico de Disney.

Por eso algunos nos quedamos con la secuela de los 80. Oz, un mundo fantástico rebosa imaginación y tiene sus momentos de dulzura, magia y asombro (recibió una nominación al Óscar a mejores efectos visuales), pero lo que prevalece, lo que más llama la atención son las estremecedoras escenas que he descrito aquí en detalle, las que la convierten en una película infantil de terror.

Aunque fue un fracaso en su día -seguramente por ese enfoque arriesgado y subversivo- y ha caído prácticamente en el olvido, ahora podemos (re)descubrirla en Disney+, donde se encuentra disponible en su catálogo. Mientras espero a que Disney me pague la terapia por la película, no me queda otra más que recomendarla y reivindicarla como el clásico fantástico de culto que debería ser, una película que nos recuerda que la oscuridad y las pesadillas también pueden ser mágicas a su manera.

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