Scorsese nos habla de su película favorita de Coppola, y Coppola sobre su favorita de Scorsese

·4 min de lectura
Photo credit: United Artists/Kobal/Shutterstock - Shutterstock
Photo credit: United Artists/Kobal/Shutterstock - Shutterstock

Este artículo apareció originalmente en el número de junio de 1996 de Esquire.

Martin Scorsese: Mi película favorita de Coppola

Hay ciertas películas en la historia del cine que parecen capturar el imaginario colectivo en todo el mundo. Se convierten en hitos, en puntos de referencia para todas las demás obras anteriores y posteriores. Sus virtudes se basan tanto en la maestría de la narración como en la escala épica de su temática. La saga de El padrino, en sus tres partes, es una de estas creaciones, una obra monumental que me ha perseguido durante años. Construida como una sinfonía y dirigida por un maestro como un gran director de orquesta, alcanza sus puntos más altos de lirismo, para mí, en El padrino, Parte II, mi película favorita de Francis Ford Coppola.

Admiro la ambición del proyecto, su amplitud shakespeariana, su trágica melancolía en el retrato de la disolución del sueño americano. Admiro su uso del montaje paralelo para acentuar las paradojas del análisis histórico, la fotografía de tonos oscuros de Gordon Willis, las interpretaciones de los actores, la precisión de su reconstrucción de época. Es sobre todo la película dentro de la película, la historia del joven Vito Corleone y su viaje desde Sicilia hasta el Lower East Side, lo que me tocó de manera profunda y personal.

Quizás vi un poco de mis abuelos en ese viaje; quizás reconocí mi antiguo barrio; quizás compartí la tristeza del sueño que se convierte en pesadilla, del espectáculo de la antigua unidad familiar patriarcal que intenta sobrevivir a su propia destrucción desde dentro. Tal vez todo esto y más -los rituales, las fiestas, la música, los personajes menores- tocaron una fibra íntima dentro de mí.

Photo credit: Paramount/Kobal/Shutterstock - Shutterstock
Photo credit: Paramount/Kobal/Shutterstock - Shutterstock

Su uso del lenguaje es extraordinario. El dialecto siciliano se convierte en algo más que un código secreto para los iniciados; es un cordón umbilical conectado a una sociedad arcaica que lleva sus antiguas reglas al Nuevo Mundo. Al definirnos a nosotros y a ellos, garantizamos nuestra supervivencia.

Por eso encuentro tan especial a Frank Pentangeli -el personaje interpretado por Michael V. Gazzo- en El padrino, Parte II. La forma en que se desenvuelve, su tono, su lenguaje, revelan a alguien antiguo, alguien que conoce el Viejo Mundo y es testigo, con tristeza, de cómo ha cambiado. Ya nadie sabe tocar la tarantela, se queja. La mera presencia de su hermano en las audiencias del Congreso es suficiente para que se retracte como testigo del gobierno. Es el Viejo Mundo, con sus viejos e inamovibles valores, el que ha reaparecido de repente para recordarle un atávico código de honor.

Photo credit: Paramount/Kobal/Shutterstock - Shutterstock
Photo credit: Paramount/Kobal/Shutterstock - Shutterstock

En El padrino, Parte II, también asistimos a un mundo diferente al del viejo y abarrotado barrio. Michael Corleone gobierna su imperio desde su finca del lago Tahoe, que parece una fortaleza. Se ocupa de la Cuba de Batista y de Las Vegas. Ha viajado mucho. Su acumulación de riqueza y poder le ha costado todos los lazos humanos: esposa, hijos, hermano, socios. De hecho, ha perdido a su familia, su principal razón para acumular riqueza y poder para empezar. A diferencia de los gánsteres de las películas de Hollywood de los años treinta, no muere, sino que sigue viviendo, lo que parece ser un castigo aún mayor.

Francis Ford Coppola: Mi película favorita de Scorsese

Tengo varias películas favoritas de Martin Scorsese, me encantan Malas calles, El rey de la comedia, ¿Quién llama a mi puerta? Pero creo que Toro salvaje es la película donde orquesta todos los elementos -la concepción, la actuación, las imágenes, el estilo- en algo que cuenta una historia particular (la de Jake LaMotta) y luego va más allá. En última instancia, el propósito del arte es iluminar nuestro tiempo y las cosas que son importantes para nosotros, y Toro salvaje lo hace, aparentemente sin esfuerzo, como pocas películas lo intentan, y mucho menos lo consiguen. La dolce vita y Fellini, ocho y medio (8½) tienen ese tipo de proporciones, y también lo hace Toro salvaje. Todas las interpretaciones son excelentes gracias al uso que hace Marty de la improvisación dentro de una estructura dramática, en la que, por un lado, deja que los actores sientan la libertad de la vida, para que puedan decir lo que quieran, pero, por otro, los controla para que todo lo que digan y hagan contribuya al conjunto de la película. Tiene unos efectos visuales espectaculares, un uso maravilloso de la música y el ritmo, un bello montaje y, además, esos enormes temas humanos universales.

Photo credit: United Artists/Kobal/Shutterstock - Shutterstock
Photo credit: United Artists/Kobal/Shutterstock - Shutterstock

Todos los que hacemos películas en este país estamos tratando de averiguar cómo nadar con las mareas que hacen posible ser un director viable sin dejar de abordar los sentimientos personales en nuestro trabajo. Ser director es como ser Christo, el artista: Parte de su arte está en el edificio envuelto, pero otra parte está en todo lo que tuvo que pasar para sacarlo adelante. Incluso después de Toro salvaje, nadie le dijo a Marty: "Oye, aquí tienes el dinero para hacer las películas que te apasionen". Si hubiera nacido en una familia que tuviera 500 millones de dólares por ahí, podría hacer una película de ese nivel cada año.

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios puedan establecer conexiones en función de sus intereses y pasiones. A fin de mejorar la experiencia de nuestra comunidad, hemos suspendido los comentarios en artículos temporalmente