El síndrome de "la persona empresa"

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El síndrome de "la persona empresa"HBO Max

Cuando Inés Hernand le pregunta a Íñigo Errejón qué propuestas tiene para tener una vida menos precaria, su respuesta es tan sorprendente como contundente: “Hay que trabajar menos, pero drásticamente. Cada vez que digo esto, alguien me dice que lo que quiero es trabajar menos y cobrar lo mismo. Sí, ¿y tú no? Cada vez que le preguntamos a alguien cómo va, responde que fatal, como si tuviera un prestigio estar agobiado. Se te va la vida sin que te des cuenta”, asegura el líder de Más País, que señala que estamos más agobiados que nunca.

Ese prestigio que nace del desbordamiento, del “no me da la vida”, sin duda es fruto de una sociedad opresora, pero también de nosotros mismos. Así lo asegura Byung-Chul Han en ‘La sociedad del cansancio’ (Herder), donde explica que la sociedad vive anclada en la angustia de no estar haciendo todo lo que puede, por lo que en el caso de que el éxito no llame a su puerta, se culpa a sí misma. Por eso, los seres humanos nos sometemos a una autoexplotación que maquillamos como una actividad empoderadora con la que sentirnos realizados, una fórmula que deviene en el síndrome del trabajador cansado. Por lo tanto, lo realmente alarmante es que en la actualidad, somos nosotros mismos los que nos sometemos voluntariamente a la autoexplotación. Esa es la principal tesis del libro del filósofo: la sociedad del rendimiento se autoexplota por deseo propio sin que sea necesaria una dominación que propulse la explotación.

Remedios Zafra habla en ‘El entusiasmo’ (Anagrama) de “sujetos envueltos en precariedad y travestidos de un entusiasmo fingido, usado para aumentar su productividad a cambio de pagos simbólicos o de esperanza de vida pospuesta”. Por supuesto, es el perverso sistema el que se lucra de una situación que merma la salud mental y la calidad de vida de los trabajadores, mientras que las empresas se aprovechan del incesante trabajo que realizan. La sociedad actual mide sus triunfos y su existencia en conseguir cosas y se compone de individuos que son empresarios de sí mismos. “El explotador es a su vez el explotado. La explotación ahora ocurre sin dominación. Eso es lo que hace la autoexplotación tan eficiente”, explica Byung-Chul Han.

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Imagen de ’Girlboss’Karen Ballard/Netflix

¿La insospechada aliada de este sistema? La pasión. Así lo asegura Erin Cech en ‘El peligro de la pasión’, donde compara la devoción laboral que se espera de los trabajadores con una creencia cultural emergente que defiende y aspira a la autorrealización. La autora nos invita a reflexionar acerca de cómo la sociedad nos hace creer que hemos de amar nuestra profesión, pues si seguimos el lema “ama lo que haces y así no tendrás que llamarlo trabajo”, las empresas verán cómo son los propios trabajadores los que empujados por esa "pasión", aceptan sueldos paupérrimos y horarios de trabajos interminables en aras de esa supuesta autorrealización. De ello advierte también Zafra, que explica que el entusiasmo nos puede salvar y condenar al mismo tiempo. Hacer visible el júbilo por el trabajo puede ayudar a conseguir un puesto con la promesa de un futuro mejor… Ese que quizás, jamás llegue.

Mientras tanto, el estudio Cigna 360 Wellbeing muestra que el 98% de los trabajadores considera importante disponer de tiempo para cuidar y disfrutar de su familia. Uno de los motivos por los que los empleados sufren niveles de estrés más altos es porque la vida laboral y personal ya no están separadas, por lo que recalcan la importancia de amortiguar el efecto “always on”. El aumento de la carga de trabajo y la interrupción del tiempo de descanso, debilitan la salud mental de muchos trabajadores, generando altos niveles de estrés y baja productividad.

Hemos de reflexionar acerca de por qué no aplicamos esa mentalidad de la productividad laboral a nuestra vida personal. “Lo que hoy se necesita no es la desaceleración, sino una revolución temporal que haga que comience un tiempo completamente distinto. El tiempo que se puede acelerar es un tiempo del yo. Es el tiempo que me tomo. Pero hay otro tiempo, el tiempo del prójimo, el tiempo que le doy. El tiempo del otro como don no se puede acelerar. Es también inasequible al rendimiento y a la eficacia”, escribe Byung-Chul Han… ¿Por qué no aprendemos a apreciar nuestro propio espacio, nuestras horas, y dejamos de autoexigirnos una productividad incesante y voraz que no solo no nos confiere los beneficios deseados, sino que merma nuestra calidad de vida?