Ronnie Wood: "Nunca olvidaré nuestro primer concierto en el Calderón. ¿Vamos a tocar allí esta vez?"

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Photo credit: Chalie Gray
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¿Qué se le pregunta a un Rolling Stone? El servicio de taxis desde Heathrow hasta la casa de Ronnie Wood, en plena campiña británica, a 40 kilómetros de Londres, oculta en un bosque de castaños, ha sido lo suficientemente eficaz como para llegar con media hora de antelación. Y en ese lapso de espera todas las dudas asaltan. Quedamos en el edificio adyacente a la mansión que Wood utiliza como estudio de pintura. Esa mujer es su esposa, Sally, y esas niñas sus gemelas del alma, Alice y Gracie. Y ese hombre que desbroza el parterre, el jardinero de la finca; y aquella otra señora, ¿quién sabe...? Ronnie abre las puertas de su casa y de su vida así, como si nada. Entras de repente en su revoloteo de gente querida y feliz en medio de Inglaterra. Él todavía no ha llegado.

¿Qué se le pregunta a un Rolling Stone? Huele a madera y a pintura. Sobre todo a pintura. Toneladas de pintura porque Wood dedica media vida (quizás más) a pintar. La casa es un desordenado museo de obras alucinantes. Hay una versión del Guernica en la que las espadas se tornan guitarras. Keith Richards protagoniza un apabullante estudio anatómico davinciano... Ronnie estudia piezas antiguas y las recrea a su manera, un glorioso cóctel de expresionismo, clasicismo y pop-art con el que ha roto los esquemas de la crítica. De repente aflora entre caballetes un inmenso Mick Jagger (al que también entrevistamos... ¡hace 54 años!) reencarnado en Inmaculada Concepción de El Greco. Lo escoltan como ángeles celestiales los retratos de Keith Richards, Charlie Watts y el propio Ronnie. Los Rolling Stones suben al cielo impulsados por una legión de músicos estilizados igual que las figuras del pintor cretense. Se titula The Show y no puedes dejar de mirarlo.

¿Qué se le pregunta a un Rolling Stone? El pórtico está adornado con un dintel de madera retorcida como el que te imaginas a la entrada de la casa de una bruja. Sobre la chimenea, dos espadas de pirata. Aquí y allá, discos, portadas, retratos. Preside la sala una copia de su Tribute to Chuck Berry, el disco homenaje que Wood editó con los Wild Five. Hay que tener cuidado para no pisar un carboncillo de Billie Holiday, una peana de guitarra, un tubo de témpera amarillo. Motas de pintura en el suelo, en las paredes, en los muebles, en el césped. Sobre el camino solado, pétalos de magnolia entregados por el invierno y que al pisarlos adquieren la forma de la lengua del mítico logo de la banda. Alguien ha enganchado su móvil al sistema de sonido de la casa y suena, cómo no, blues: Lightnin’ Hopkins para recibir a Ron.

¿Qué se le pregunta a un Rolling Stone? ¡Qué demonios, lo que sea! Cuando entra con esa sonrisa que regala como si fueras uno más de la familia entiendes que uno de los músicos más influyentes de la historia está dispuesto a contártelo todo.

Te hemos sacado de los ensayos de la nueva gira de los Stones por Europa que empieza el 1 de junio.
Es un día importante: cumplo justo 75 años.

E imagino que una gira importante. La primera vez que tocáis en Europa tras la muerte de Charlie Watts.
Sí. Tuvimos la suerte de contar con su bendición para iniciar los ensayos sin él, con Steve Jordan, y lo hicimos con una sensación muy extraña. ¿Qué iba a pasar cuando Charlie no estuviera? Pero a pesar de la incertidumbre y la tristeza seguimos adelante, con toda la energía del mundo. Es lo que él hubiera querido, los Rolling no paran. Y aunque parezca mentira, aunque resulte casi magia, puedo decirte que la banda tiene ahora un impulso extra. Es la energía de Charlie... Charlie vive.

En cierto sentido, la gira se ha convertido en un homenaje a él.
¿Y qué otra cosa es la música sino un homenaje constante?

Comienza en España el día de tu cumpleaños... 46 años después de vuestro primer concierto en Barcelona. ¿Tienes algún recuerdo de ese día?
Sí, ¡cómo lo voy a olvidar! Fue en una plaza de toros, ¿no? Sí, sí aquella imagen aún la tengo grabada: ese polvo naranja flotando. Era difícil ver al público. Cuando acabó el concierto me quede viendo a la gente marcharse entre la nube de arena... increíble.

De alguna manera, cuando tocáis en España pasan cosas raras... Como la inmensa tormenta que casi arruina vuestro concierto en Madrid en 1982. Casi os jugáis la vida tocando en medio del huracán.
Aquello fue en..., ¿cómo se llama?, ¡el Calderón! ¿Vamos a tocar también en el Calderón ahora?

Bueno, más bien en su heredero.
Siempre es muy especial tocar en España.

¡60 años juntos! Una gira de aniversario de un grupo con seis décadas a sus espaldas no es muy habitual.
A veces ni los propios Stones se creen que lleven 60 años dando guerra. Es increíble que siga todo esto en pie con tanta energía, y que el público siga llenando los estadios, gritando y bailando y pidiendo más a esta panda de casi octogenarios.

Photo credit: CHARLIE GRAY
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El casi octogenario Wood ha vuelto a nacer. Le rodea un indescriptible halo de felicidad. Superó por dos veces un cáncer. El primero de pulmón en 2017 y más recientemente un tumor de células pequeñas contra el que tuvo que luchar durante la pandemia. Antes había renacido también de la mano de Sally Humphreys, la mujer que le ayudó a sentar la cabeza, olvidar las adicciones y volver a ser padre. Hay un nuevo Wood sobre los escenarios.

¿Te sientes renacido?
Sin lugar a dudas. Tengo una nueva vida privada, una salud recuperada, nuevas inspiraciones. Ya has podido verlo con tus propios ojos: la energía que corre por esta casa está profundamente renovada. Y ahora necesito más que nada esa energía. ¡Al fin y al cabo nos enfrentamos a la última gira!

‘Última’ es una palabra polisémica en español. Según la RAE es “aquello que en una sucesión ocupa el lugar posterior a todos los demás elementos”. Nada grave. Pero resulta imposible descifrar (y casi da miedo hacerlo) qué ha querido decir Ron Wood con ese “última”.

¿Última?
Bueno, todas las giras son la última. Nunca se sabe qué va a pasar después. Todas las giras son un misterio. Pero no cabe duda de que esta lo es especialmente.

¿De dónde has sacado la energía para afrontarla?
De todas partes. De las nubes, de la música, está en el aire. De los amigos de la banda, de Mick, de Keith... cada uno aportando su parte, su impulso en los ensayos.

Dicen que también recargas pilas en el Mediterráneo... (Ron y Sally tienen un espectacular piso en Barcelona donde pasan buena parte del año).
Síííí. España es muy especial para mí. Tenéis esa luz increíble y ese clima... Me da igual que sea invierno o verano, me encanta. Y la gente, y la inspiración artística. Tenéis a Picasso y a Miró. Cuando voy a Barcelona me parece increíble estar pisando el mismo suelo que pisaron ellos. Y, claro, la cultura gitana.

Wood es hijo de una familia de gitanos que vivió décadas en barcazas surcando el Támesis. Dicen que fue el primero que nació en tierra firme. Que su padre por las noches tocaba la armónica, que sus hermanos al principio no le dejaban coger las guitarras, que él mismo va diciendo por ahí que ese pelo negro duro de pelar es el resto de sus genes quién sabe si españoles.

¿Cultura gitana, España...? ¿Qué mezcla puede haber más coherente?
Estamos profundamente conectados. El mundo romaní, los orígenes del arte y la música en España... Adoro el flamenco. Me habría gustado dialogar con las guitarras de gente como Paco de Lucía. Tengo impresa en la sangre la forma de vivir gitana. Aún conservo en casa un carromato, no olvido mis orígenes. De España hay muchas cosas que admiro. Pero siendo artista me quedo con la luz. Y con El Prado, sobre todo con Goya.

Viendo tu casa, escuchándote hablar, se hace difícil decidir si eres más un artista o un músico.
Soy ambas cosas al cincuenta por ciento. La culpa la tienen mis hermanos mayores. Me han influido mucho en la vida. Unos eran artistas y diseñadores gráficos, otros tocaban instrumentos. Y yo les veía hacer. Si uno pintaba, yo pintaba; si uno tocaba, yo tocaba... Y mira, aquí me tienes.

Photo credit: CHARLIE GRAY
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¿Cómo definirías tu arte?
Es una propuesta ecléctica. Tomo diferentes inspiraciones de aquí y de allá. Es como mi música, un cóctel de fuentes de todo tipo. He ido evolucionando con el tiempo. Pero lo curioso es que empecé estudiando a Rembrandt y lo último que he hecho es una interpretación de Rembrandt. Me he dejado impactar por el expresionismo, por la abstracción, por el Renacimiento. He mirado a Da Vinci, he estudiado la pintura de caballos desde Miguel Ángel. Me encanta pintar caballos. Y montarlos.

¿Y has explorado el arte digital?
¿Los NFT y todo eso? Lo voy a probar. Para ser sincero no creo que todavía nadie tenga muy claro hasta dónde vamos a llegar con esta tendencia, pero quiero experimentar con ello. Algún proyecto futuro habrá.

¿Usas el arte para escapar de la música? ¿La música para escapar del arte? ¿El arte y la música para escapar de algo?
Quizás use ambas cosas para escapar de todo. Son mi fuerza motriz. La verdad es que creo que uso la música para escapar del mundo. O, mejor, para ayudar a alguien a escapar del mundo. Este mundo a veces apesta, con todo esto que está pasando... Me gustaría pensar que iniciamos esta gira para lograr que la gente durante un par de horas se olvide de los problemas que tanto nos agobian. Pero, íntimamente, utilizo la pintura como una terapia personal. Es buena para mi mente.

Creo que llevamos un buen rato sin hablar de música... Con la guitarra también eres tan ecléctico como con el pincel.
Sí, claro. Y también aprendo de los clásicos... Un día, charlando con Chuck Berry (no te pierdas nuestra selección de sus mejores canciones), me miró y me dijo: “¿Sabes? Todo lo que estamos haciendo, todo esto que tocamos y que tocaremos... ya lo había inventado Mozart”. Nosotros nos dedicamos a hacer versiones de lo que él ya imaginó.

¿Con el paso del tiempo se toca distinto? ¿Se afrontan los acordes, los sonidos, de una manera diferente? Algunos directores de orquesta te dicen que según se hacen viejos Mozart o Brahms les suenan diferente. ¿Le ocurre lo mismo a un viejo rockero?
Totalmente. La música va cambiando contigo, va evolucionando. Por ella también pasan los años. No siempre para mal. He editado últimamente un par de álbumes de homenaje. Uno sobre Chuck Berry [Mad Ladd, Live Tribute] y otro sobre Jimmy Reed en directo en el Royal Albert Hall. Rock and roll y blues. Y he tratado de recrear el sentimiento que imprimieron en sus álbumes originales. Cosa que es imposible, claro. El sentimiento es magia, y solo se produce una vez. Pero me gusta la idea de ver cómo ha cambiado el sonido con el paso del tiempo. Qué habíamos visto en aquellas obras cuando éramos jóvenes y qué vemos en ellas hoy. Y quizás conseguir que nuevas generaciones experimenten ahora cosas parecidas a las que nosotros vivimos. Es un camino hacia el pasado, un hilo que une a Chuck y a Jimmy con los músicos de hoy. Imagina que logramos que un jovencito llegue a encontrar una grabación original de Johnny B. Goode o de Shame, shame, shame y diga: “¡Cielo santo, esto era bueno!”. Cuando yo crecía, Shame, shame, shame, de Reed lo era todo para mí. De alguna manera hay que conservar ese sentimiento y reencarnarlo. Tenía que hacer un homenaje así precisamente por lo que dices: porque el tiempo también pasa para la música.

Y también pasa para tus propias canciones... ¿Qué sientes cuando escuchas grabaciones de los Rolling Stones de hace 30 o 40 años?
Horrible. Pones una de esas tomas y dices: “Pero ¿cómo pudimos grabar algo así? Córtalo, por favor”. Somos muy críticos con nuestra propia música. Estamos orgullosos de ella, por supuesto... Pero ha pasado tanto tiempo. El mundo ahora es completamente distinto.

Photo credit: CHARLIE GRAY
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¿Revisas a menudo tus grabaciones antiguas?
Quizás no demasiado. Pero de vez en cuando me sumerjo en ellas. En los últimos tiempos he disfrutado de una rareza que va a salir pronto a la luz. Algo que hice en los años 80, con una banda pequeña, en directo en un estudio de Nueva York. Era una jornada tocando Slide on this, mi quinto disco en solitario. Ahora lo reeditaremos como Slide on live. De vez en cuando volver a la música del pasado es reconfortante.

Y hablando de música y de pasado, la conversación entra en un extraño túnel del tiempo. A través de la ventana asoma un león de yeso de tamaño casi natural pintarrajeado como si lo hubieran decorado las gemelas. Hay cierta vocación genética de chamarilero en este músico gigante empeñado en guardar recuerdos. Quién sabe quién habrá tocado esa púa, dónde se hizo la foto con Mick que nos mira desde un rincón, en qué concierto usó esa chupa. Entra y sale gente de la casa, como una gran familia de un circo o de una feria o simplemente de un hogar feliz. Y los recuerdos del pasado de uno de los guitarristas más grandes de la historia brotan.

RW: Menuda noche aquella con Muddy Waters. Estábamos en Chicago y nos enteramos de que Muddy tocaría en el legendario Chekerboard Lounge de Buddy Guy. Así que nos presentamos allí. Tuvimos casi que saltar por encima de las cabezas del público hasta llegar a una mesa vacía. Repartieron bourbon y bebimos y fumamos. Muddy estaba tocando Baby please don’t go. De repente oímos su vozarrón: “¡Mik Yaaaagar!”, invitándonos a subir al escenario. Primero Mick, luego Keith, luego me llama a mí. Y nos plantamos a tocar a un palmo del público.

El túnel del tiempo es caprichoso. Ron recuerda con detalle la noche de 1981 con su ídolo Waters. Qué importa si realmente fue un encuentro espontáneo o hubo un buen trabajo de los representantes para lograr una de las escenas más míticas de la reciente historia del blues y el rock. Qué importa que hubiera una mesa sospechosamente vacía frente al escenario, delante de Muddy, con espacio exacto para los Stones y que las guitarras sonaran afinadas como si llevaran siglos esperando a Wood y Richards. Jam session espontánea o cita concertada, el encuentro único entre aquellos monstruos de la música quedará grabado para siempre en la memoria de los aficionados y en la de Mr. Ron Wood.

RW: Muddy era el padrino del blues... No lo olvidaré. Tampoco olvidaré otro encuentro con otro gigante, Bob Marley, en 1979. Me invitó a tocar con él y los Wailers. ¡Inolvidable!



La historia es más larga de lo que alcanza Ronnie a recordar. Pero aquella noche en el Coliseum de Oakland un joven guitarrista de los Stones saltó a tocar con uno de los mayores ídolos de la música global al que acababa de conocer. Wood había volado desde San Francisco para llevar una guitarra a su amigo Al Anderson, guitarrista de The Wailers, al que acababan de robar su material de trabajo. Al le presentó a Marley y le invitó a tocar algún tema con ellos. Bob no dijo gran cosa (dicen que hablaba más bien poco), pero tras unos cuantos acordes Ronnie notó la mirada del maestro agradecido: “Puedes tocar conmigo”. Ron Wood se convirtió en el único de los Stones que ha tocado en directo con el rey de reggae, probablemente para envidia de Keith Richards, el que ha vivido en Malibú, el que adora el riff de guitarra reggae, el que ha versionado como nadie Get up, stand up. Y viajando en el tiempo vuelve a salir España.

RW: Créeme si te digo que entre todos los conciertos que he dado en mi vida, aquel del Calderón en medio de la tormenta lo considero una auténtica bendición. Volver a Madrid después de tantos años es increíble. Creo que estamos unidos por un hilo en el tiempo y tenemos que aprovechar esta oportunidad.

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¿Qué esperas del público de Madrid? Habrá envejecido un poco...
Sí, claro. Los que nos vieron hace 40 años serán tan mayores como nosotros, pero espero que vengan con sus hijos y con sus nietos y que flipen con el rock and roll y el blues tanto como hicieron sus viejos. Y espero que fluya eso que los Stones podemos ofrecer. Una apuesta sólida, veterana, respetuosa con las raíces de la música que ojalá inspire a nuevas generaciones.

¿Los Rolling Stones habrían podido nacer en el siglo XXI?
Hay que reconocer que en su momento rompimos moldes, ¿eh? No sé si hoy sería tan fácil con todas esas reglas y normas y tanta corrección política... Creo que lo tuvimos más fácil de lo que ahora lo tienen las nuevas bandas. Vivíamos en un mundo lleno de referencias musicales, de gente joven deseando provocar y romper lo establecido. Había una sana competencia entre miles de bandas. Teníamos programas de música en directo en la radio y en la tele. Ahora un grupo nuevo lo tiene complicado. O consigues millones de seguidores en una plataforma o no tienes un lugar donde alguien te vea.

¿Qué es para ti la familia?
Lo es todo. La vida me ha dado la oportunidad de volver a criar unas niñas a esta edad. Mis hijos mayores han crecido, ahora corretean dos crías por casa de nuevo. Alice y Gracie y su madre son una bendición. Me gusta tenerlas siempre cerca. Y ellas se vienen conmigo a todas partes. Son unas trotamundos... ¡Recuerda que somos una familia de gitanos!

Photo credit: CHARLIE GRAY
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¿Qué supone para ti envejecer?
Estamos realmente obsesionados con la edad, con la juventud. Pero no es más que un número. De verdad me siento como si tuviera 29 años.

¿Te preocupa tener que dejar un legado?
La verdad, no pienso mucho en ello. Pero, para ser honestos, creo que he dejado mi huella en el mundo, ¿no?

Y, después de la gira, ¿qué?
Ya veremos. Tengo algún proyecto para hacer más música. Estoy trabajando con Faces [una de sus primera bandas, junto a Rod Stewart], excavando en el repertorio y rescatando grabaciones de los 60 y 70 que no vieron la luz. Quizás hagamos algo con ellas Rod y Kenny Jones. ¡Quién sabe, a lo mejor vemos a Rod Stewart y Ron Wood juntos de nuevo! Eso, y pintar... siempre pintar

¿Cuál es tu canción preferida de los Rolling?
[Lo piensa un rato.] Midnigth rambler.

¿Cuál es tu canción preferida de los Beatles?
[Lo piensa un poco más.] I want to hold your hand.

¿Cuál es tu canción preferida de todos los tiempos?
[Lo piensa mucho, mucho más.] Smokestack lightning, de Howlin’ Wolf.

El sol se ha desvanecido, en la casa ya no hay niñas, ni jardineros, ni amigos de visita, pero continua sonando blues. Ron tiene que prepararse para seguir los ensayos de la “última” gira. Fuera, me espera el pulcro taxi para volver a Heathrow, donde será inevitable dudar otra vez: ¿qué coño se le pregunta a un Rolling Stone?

*Este artículo aparece publicado en el número de junio de 2022 de la revista Esquire

Photo credit: Esquire
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