Disney intenta dar una lección pero cae en la contradicción

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Por Alberto Cano.- Si hay una cosa que Disney prioriza por encima del resto en una película esa es la venta de merchandising. A día de hoy, y con la sobresaliente imagen de compañía familiar repleta de franquicias y personajes icónicos que se han labrado a lo largo de los años, la venta de productos de sus licencias se erige como su principal línea de negocio, incluso por encima de las recaudaciones en taquilla. Bien lo hemos ido viendo con películas como Cars, que pese a tratarse de la saga menos taquillera de Pixar ha seguido lanzando entregas, cortometrajes y próximamente incluso una serie para Disney+ por los ingentes beneficios que aporta la venta de juguetes de los coches. De esta forma, antes de lanzarse a producir una película, la Casa Mouse suele enfocar sus películas a una potencial futura venta de merchandising de personajes, criaturas o diseños, incluso aunque estas acaben luciendo como un mero escaparate y la narrativa de la película llegue a palidecer. 

Y esto es lo que les ha ocurrido con Ron da error, su nueva producción bajo la marca de 20th Century Studios.

Fotograma de Ron da error (© 2021 20th Century Studios. All Rights Reserved)
Fotograma de Ron da error (© 2021 20th Century Studios. All Rights Reserved)

Y es que Ron da error nos lleva a un universo futurista donde todo niño dispone de un adorable robot con el que se pasan la vida conectados a la red, unas máquinas con un diseño muy simpático y repletas de funciones enfocadas a que los más pequeños salgan del cine queriendo tener una. Sin embargo, que uno termine de ver la película y quiera salir inmediatamente a comprar un muñeco de estos robots es una contradicción enorme al mensaje sobre la desconexión y la búsqueda de la amistad fuera de la tecnología que quiere transmitir Ron da error. Y a nivel argumental es un lastre muy grande que llegado el final de la película tira por la borda todo lo que se ha ido construyendo a lo largo de sus casi dos horas de metraje.

Para poner en contexto, Ron da error nos pone en la piel de Barney, un chico que se siente apartado de la sociedad porque es el único niño del colegio que no dispone de una unidad B-Bot, un robot inteligente a través del que todo el mundo socializa al replicar las funciones de un smartphone. Pese a la negativa de su familia a comprarle su tan ansiado robot, el padre de Barney finalmente cede a que su hijo disponga de un B-Bot, sin embargo, la máquina es una unidad defectuosa llamada Ron que no tiene acceso a las funciones del resto de robots.

Las peripecias que Barney y Ron viven a lo largo de la película conducen a un bonito mensaje sobre la importancia de la amistad fuera de la red, una enseñanza relevante en estos tiempos donde los dispositivos electrónicos se han apoderado de nuestras vidas. Pero llegado el tramo final, y una vez que los acontecimientos del argumento conducen a los niños a querer desconectar de ese mundo también oscuro y con muchos horrores que es Internet, vemos cómo todos ellos acaban sucumbiendo a un robot tan amigable como Ron, quien dispone de todos los valores de la auténtica amistad que le ha infundido Barney. Y de poco sirve resaltar estos valores si al final todos los personajes dejan de lado esa amistad real por querer tener otro robot en sus vidas.

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Y aquí es donde se encuentra esta incoherencia que comentaba sobre la venta de merchandising, puesto que al querer aludir a esa necesidad de tener un producto o muñeco del robot de Ron da error se desmerece la lección sobre el mundo tecnológico que pretende infundir. Reflexionando sobre este hecho, hasta se podría considerar que la película dispone de un final duro y dramático, porque accidentalmente acaba hablando de que vivimos tan inmersos en la tecnología que ni aún buscando una solución a la desconexión no es posible la no dependencia de dispositivos electrónicos. Pero desde luego que esa no es la intención de Disney, sino más bien una percepción que se puede obtener de la incoherencia entre sus objetivos argumentales y empresariales.

Por otro lado, en Ron da error también hay una intención muy reseñable de criticar las prácticas poco éticas que realizan las grandes empresas tecnológicas, sobre todo en lo referente a la recopilación y uso de los datos de los usuarios para sus intereses corporativos. Sin embargo, este argumento vuelve a palidecer por esa misma intención de hacer un producto familiar que actúe como mero marketing para la venta de productos. Y es que de poco sirve lanzar un mensaje contra el tecnocapitalismo cuando la propia película cae en la misma práctica de engatusar al público para que compre y consuma sus muñecos y juguetes cuando este tan solo quiere ver una película. Al fin y al cabo, Ron da error funciona más como un anuncio publicitario de casi dos horas que como una pelicula. Y no hay más que ver las referencias a otras licencias de Disney como Star Wars que se dejan ver en las pantallas de los robots. Y aparte, aunque sea una producción muy amena y entretenida de ver, no aporta nada nuevo a lo que ya hemos visto este año en películas similares (y superiores) como Los Mitchell contra las máquinas.

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