Qué hay de cierto en la relación entre el aluminio y la aparición del Alzheimer

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Durante años, se ha sospechado que el aluminio puede desempeñar un papel en el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer y otras demencias, pero ha sido difícil encontrar pruebas concluyentes.(Foto: Getty)
Durante años, se ha sospechado que el aluminio puede desempeñar un papel en el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer y otras demencias, pero ha sido difícil encontrar pruebas concluyentes.(Foto: Getty)

A pesar de la prevalencia de la enfermedad de Alzheimer (EA), existen muchos conceptos erróneos sobre la enfermedad y sus orígenes. El más escuchado es que el Alzheimer está relacionado con el aluminio, uno de los metales más distribuidos en el medio ambiente, que además está presente en muchos objetos cotidianos. En dosis muy altas, puede volverse tóxico; de ahí la preocupación por si puede tener un efecto negativo en el cerebro.

Desde hace décadas se sospecha que el aluminio puede ejercer como precursor del Alzheimer. En concreto, se ha sugerido una asociación entre el aluminio y la proteína beta amiloide, que conduce a la aparición temprana de la enfermedad.

Esto ha ido aumentado la preocupación sobre la exposición diaria al aluminio a través de fuentes tales como las ollas, sartenes y otros utensilios de cocina, el papel aluminio, las bebidas enlatadas, los antiácidos y los desodorantes antitranspirantes. Sin embargo, muchos estudios a pequeña y gran escala no han logrado encontrar una asociación causal convincente entre la exposición al aluminio en humanos y la enfermedad de Alzheimer.

Más que un mito, la conexión entre el aluminio y la enfermedad de Alzheimer es una controversia científica de larga duración. Comenzó en 1965, cuando se descubrió que una inyección de aluminio en el cerebro de los conejos les hacía desarrollar ovillos neurofibrilares, otras proteínas 'retorcidas' que se conocen como proteínas Tau y que se encuentran en las células cerebrales de pacientes con enfermedad de Alzheimer, un trastorno cerebral degenerativo que destruye la memoria y la cognición. 

Este hallazgo provocó una avalancha de nuevas investigaciones, algunas de las cuales hallaron una asociación entre la exposición al aluminio y un mayor riesgo de Alzheimer. Pero son trabajos con bastantes limitaciones y con resultados cuestionables.

Parte del problema era que las técnicas científicas eran, y siguen siendo, demasiado imperfectas para dar una respuesta. Ya sea que estuvieran estudiando células cerebrales o realizando estudios epidemiológicos de toda la población que rastrearon la exposición al aluminio y el riesgo de Alzheimer, los investigadores carecían de las herramientas para obtener resultados muy precisos o concluyentes.

Ahora un nuevo estudio publicado en el 'Journal of Alzheimer's Disease', ha tratado de averiguar más al respecto. Llevada a cabo por científicos de la Universidad de Keele (Reino Unido), la investigación encontró rastros de aluminio en los cerebros de tres adultos de mediana edad fallecidos, cada uno de los cuales había dado positivo por una mutación genética asociada con la enfermedad de Alzheimer, pero ninguno había sido diagnosticado en el momento de su muerte. 

Además, los investigadores descubrieron (utilizando imágenes de diagnóstico) que el aluminio se 'instalaba' en los mismos lugares del cerebro donde se observan los primeros signos de la enfermedad de Alzheimer. Pero los expertos consideran que la muestra participativa es tan reducida que no puede considerarse significativa y "que se haya encontrado aluminio 'en la escena' donde se suele producir el daño cerebral no prueba que el aluminio haya causado o sea capaz de causar, tal daño".

En concreto, se identificó la proteína tau fosforilada presente en ovillos con aluminio en el tejido cerebral del mismo grupo de participantes colombianos del estudio con la enfermedad del Alzheimer de origen familiar o hereditario. Y es que aunque el depósito de cantidades excesivas de beta amiloide constituye una de las primeras causas de la enfermedad, la única correlación establecida entre la intensidad de la enfermedad y las lesiones patológicas se da con los ovillos neurofibrilares; y la proteína Tau es el principal constituyente de los ovillos neurofibrilares, cuyo número está directamente relacionado con la intensidad de la demencia. Es decir que hay muchos aspectos implicados en la patogenia de la enfermedad.

Por otro lado, existe otro matiz muy importante: este estudio se realizó solo en pacientes con alzhéimer familiar o hereditario donde existe un gen implicado, que representa solo del 1 al 5 por ciento de los casos de este tipo de demencia. Con lo cual no se puede decir que los resultados sean válidos en los casos de Alzheimer esporádico, aquel cuyas causas se desconocen.

En realidad, ningún estudio ha logrado confirmar el rol del aluminio como causante del Alzheimer, una enfermedad compleja y multifactorial que conlleva interacciones genéticas, epigenéticas y ambientales, y cuyos factores de riesgo más importantes (la edad, los antecedentes familiares y la herencia) no se pueden cambiar. 

Es importante tener esto claro porque es la predisposición genética la que aumenta la proteína beta amiloide en el tejido cerebral. De ella depende correcto funcionamiento del cerebro, y si se elimina del cerebro podría causar problemas en la capacidad de aprendizaje y memorización, así como una mayor y más rápida acumulación de placas en la enfermedad de Alzheimer.

Aunque el aluminio está presente en el cerebro de muchas personas con Alzheimer, los datos indican que probablemente no cause la enfermedad. Precisamente los científicos consideran que al ser tan un elemento tan común y prevalente en el medio ambiente es muy difícil estudiarlo.

"Solo una mota de polvo puede contaminar su muestra, porque está en todas partes", señala John Savory, profesor emérito de patología en la Universidad de Virginia, quien ayudó a descubrir que la exposición al aluminio puede causar síntomas neurológicos y similares a la demencia en pacientes en diálisis.

Los estudios de personas que fueron tratadas con diálisis contaminada han mostrado un aumento en la cantidad de aluminio en el cerebro. Se creía que esto era el resultado de una diálisis monitoreada de manera inadecuada que luego conducía a una demencia relacionada con la encefalopatía. Desde entonces, se han mejorado los métodos de diálisis y los médicos pueden predecir y prevenir mejor esta forma de demencia.

"Es prácticamente imposible precisar la frecuencia, la duración y la dosis de exposición a nivel individual, y mucho menos establecer un vínculo de causa y efecto entre este elemento y una enfermedad tan compleja", tal y como apuntó en Quora la inmunóloga Tirumalai Kamala, Ph.D., Micobacteriología, en declaraciones recogidas por Forbes.

Los científicos, en su mayoría, consideran que el apoyo epidemiológico de los vínculos entre la exposición acumulada al aluminio y el riesgo correlativo de desarrollar EA es "confuso y no concluyente". Por ejemplo, mientras que algunos estudios encontraron una asociación positiva entre la incidencia de la enfermedad de Alzheimer y su exposición estimada al aluminio a través del agua potable, otros dictaminaron que no era así y otros encontraron poca asociación.

"En la actualidad, no hay pruebas sólidas que respalden los temores de que entrar en contacto con metales mediante el uso de equipos, alimentos o agua aumente el riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, hay muchos otros metales que están presentes de forma natural en el cerebro", afirman desde la Alzheimer's Society.

Algo similar ocurrió con los utensilios de cocina y los antitranspirantes, los resultados son poco claros debido a las dificultades inherentes a los estudios epidemiológicos, que requieren que los investigadores se basen en registros potencialmente inexactos y sigan a las personas durante períodos de tiempo muy prolongados.

En cuanto a los alimentos y bebidas, el aluminio se encuentra en una forma que el cuerpo no absorbe fácilmente, y de producirse, la cantidad absorbida es inferior al 1 por ciento. Y en general, la mayor parte del aluminio que ingresa al cuerpo es eliminado por los riñones.

Otra aclaración: el aluminio de los utensilios de cocina no se traspasa a los alimentos y además, el cuerpo tampoco absorbe bien el aluminio que se encuentra naturalmente en algunos alimentos, como las patatas. Si bien los investigadores sospecharon que podría haber tal vínculo, nunca se ha desarrollado evidencia que demuestre que el aluminio tiene efectos negativos en el cuerpo.

En lo que sí hay consenso es en que el aluminio no es una causa directa de Alzheimer y pocos expertos creen que las fuentes de aluminio a la que nos exponemos a diario sean peligrosas. Sin embargo, probablemente no sea una mala idea limitar la exposición al aluminio, igual que a cualquier otra toxina potencial en el medio ambiente. 

En general, los médicos de familia aconsejan evitar la mayor cantidad posible de productos químicos, tanto en términos de cosméticos como de productos alimenticios. Entonces, aunque se cree que es poco probable que la exposición a niveles bajos de aluminio provenientes de alimentos y agua potable, utensilios de cocina o cosméticos aumenten el riesgo de Alzheimer, el objetivo de eliminar los químicos innecesarios de tu vida no puede hacerte daño. Prueba con esta regla: cuando no puedas pronunciar un ingrediente en los alimentos o productos cosméticos, probablemente no deberías comprarlo ni ponerlo en su cuerpo.

Quizás el enfoque más razonable sea tratar de limitar los factores de riesgo conocidos sobre los que podemos tener cierto control en lugar de volverte un paranoico y empezar a tirar todas las ollas de aluminio o dejar de usar desodorante.

La edad y la genética son los dos factores más importantes para que una persona desarrolle Alzheimer y, lamentablemente, no hay nada que podamos hacer al respecto. Pero sí podemos mejorar ciertos factores de estilo de vida, como dormir mejor , comer bien y movernos más; tres medidas que se han asociado con un menor riesgo no solo de Alzheimer, sino de otras enfermedades como cáncer, diabetes y enfermedades cardíacas. ¿A qué esperas?

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