Los Refugios de la Guerra Civil de Almería: lo que nunca hubieras imaginado

Por Elena Ruiz
Photo credit: JORGE GUERRERO - Getty Images

From Harper's BAZAAR

Bajo las zancadas de los habitantes y turistas que recorren Almería con la tranquilidad que caracteriza a quienes pasan sus días por la soleada capital, se encuentra una de las obras arquitectónicas y de ingeniería más importantes de todas las que se hicieron en la Almería del siglo XX. Especialmente, si tenemos en cuenta la dificultad, los escasos medios con los que contaban y la premura de su construcción. Muchos almerienses desconocen que mientras pasean por las calles de su ciudad, también lo hacen sobre los refugios antiaéreos más grande de toda España y Europa. A ocho y doce metros de profundidad, casi 4’5 kilómetros de galerías subterráneas distribuidas por toda la ciudad sirvieron para salvar la vida de casi 40.000 personas durante la Guerra Civil. Una obra que fue levantada por y para el pueblo.

Durante el Franquismo, al acabar la guerra, estos túneles fueron clausurados y cayeron en el olvido. Los que los habían vivido apenas querían recordarlos y las generaciones posteriores ignoraban su existencia. De hecho, su propio hallazgo fue accidental. En el año 2001, a raíz de unas obras para la realización de un parking subterráneo muy cerca de allí se toparon con los pasadizos. Actualmente, y tras una tremenda recuperación que se llevó a cabo entre los años 2001 y 2006, estas galerías han pasado de refugio subterráneo a ser una de las atracciones turísticas más demandadas en la ciudad.

Construidos entre 1937 y 1939 siguiendo el proyecto del arquitecto Guillermo Langle, el objetivo de los refugios era proteger de los bombardeos a los casi 40.000 ciudadanos que, durante la guerra, vivían en la aún republicana ciudad de Almería. Las profundas galerías coincidían, generalmente, con los ejes de las calles, siendo la que discurre bajo el Paseo de Almería, su calle principal, la más larga y de la que, a día de hoy, son visitables más de 900 metros.

No es raro encontrarse, en ocasiones, con supervivientes o con sus descendiente en alguna visita guiada. Como tampoco es extraño que, a lo largo del recorrido, sugestionados por el relato del guía y sintiéndose reconfortados por el calor del grupo, se atrevan a compartir con el resto de visitantes sus vivencias. Aunque a algunos nos suene lejano, no hace tanto de aquellos años en los que pasar la noche bajo tierra, a oscuras, casi hacinados y en silencio, era la manera más segura de sobrevivir a las 754 bombas que, franquistas y nazis, lanzaron sobre la ciudad en 52 bombardeos. Las historias que relatan suelen estar plagadas de pesadumbre, hambre y espanto.

La entrada a los refugios se realizaba a través de dos tipos de accesos: públicos y privados. Los públicos estaban a pie de calle, situados en las propias aceras y mediante escaleras, se descendía hasta las galerías. Los de carácter privado pertenecían a viviendas particulares generalmente de familias adineradas, edificios públicos e, incluso, a las distintas parroquias de la ciudad. Según los planos originales, 101 accesos públicos fueron construidos por toda la ciudad; de los privados no se sabe tanto, ya que muchos están tapiados o, simplemente, se desconoce la existencia de algunos de ellos. Lo que sí se sabe es que algunos de los propietarios de estos accesos y refugios privados, durante los ataques, dejaban las puertas de sus casas abiertas con una bandera negra y letreros con la palabra “REFUGIOS” facilitando, así, la entrada a toda la población posible.

Cuando terminó la guerra y los bombardeos dejaron en paz a los extasiados habitantes de la ciudad, se usaron, hasta la década de los 60, algunos de los accesos como baños públicos y otros se tapiaron para siempre. El resto fueron cubiertos por kioscos de estilo racionalista, también proyectados por Guillermo Langle. Por eso, no es extraño pasear por el centro de Almería y observar una gran cantidad de kioscos, aunque quedan pocos con el diseño original. Para ver cómo eran aquellos primeros kioscos, los que se encuentran en las plazas Urrutia y Marqués de Heredia -esta última muy cerca de la actual salida de los refugios-, se han mantenido fieles al proyecto original.

La bajada a estos pasadizos resulta imponente, da la sensación de haberse adentrado en lo más profundo de una mina, y casi podría ser así. Huele a humedad y la ventilación es casi imperceptible, aunque cuentan con galerías de ventilación natural. Sobrecoge estar allí, a pesar de la iluminación y de que cada visita guiada no contempla más de treinta personas. El visitante no puede mantenerse impávido en un lugar así. Menos aún al conocer que, cuando sonaban las alarmas, las de verdad, las que avisaban del peligro real que suponía estar en la calle, las luces del refugio se apagaban y que los que conseguían entrar en ellos se quedaban allí, sentados a oscuras y en silencio, esperando el siguiente pitido que avisaría de que la amenaza había acabado. Por ahora.

Al ser un espacio de convivencia y de supervivencia, existía un código de conducta para todos. No estaba permitido fumar, para que no se llenara de humo; tampoco llevar armas, ni hablar de política o religión, para evitar cualquier enfrentamiento dentro.

Durante la visita se pueden conocer tres espacios musealizados: una alacena, un refugio privado y un improvisado quirófano. Es este último el que suscita más interés al visitante; en parte, debido a la musealización del espacio, en el que se ha utilizado material quirúrgico original de la época que fue donado, aunque no es el que había allí realmente. No fue construido hasta 1938, poco después de que llegasen los supervivientes de la masacre de la carretera de Málaga.

Pero antes, mucho antes, de que se convirtiera en una parada obligatoria para quienes quieran acercarse de manera voluntaria a este cruento capítulo de la historia de la ciudad y de la España del siglo XX; antes de que los visitantes comenzasen a hacer cola a diario para emprender su bajada, sin prisas, al subsuelo almeriense y conocer de la mano de los guías los testimonios y datos sobre estos túneles; antes de que el sonido de una alarma sirva, tan sólo, para indicar el comienzo de una visita guiada; los refugios estuvieron llenos de dolor, de angustia y de desconsuelo. Y hoy quedan como una cicatriz casi oculta de lo que nunca debería de haber sido.