Radicales Libres por Marta D. Riezu

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Photo credit: Patrice PICOT - Getty Images
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  • El breve matrimonio de Philippe Junot y Carolina de Mónaco fue un desastre (él era simpatiquísimo pero un poco calavera, y le sacaba veinte años), pero las mejores fiestas a las que fue la princesa son de esa época, con amigos tan variopintos como Björn Borg, Isabella Rossellini, Marc Bohan, Nureyev o estrellas musicales de serie B como Madleen Kane (en la foto), que sacó singles sospechosos producidos por Giorgio Moroder.

  • Todavía sigo aquella norma que me impuse de joven de sopesar cada compra (las de ropa, sobre todo) con un tribunal imaginario formado por mi abuelo y mi madre. ¿Aprobarían el dispendio? Un abrigo largo azul marino bueno: sí. Un top raro y con mangas asimétricas por un ojo de la cara: no. Un paraguas bueno con mango de palisandro: sí. Un pijama de dandy decadente de Desmond & Dempsey: no (me lo he comprado igual).

  • Septiembre remolón: hora de los chequeos. Acudimos al médico como a una cita con la propia vida.

  • Hace siglos los escritores lo eran porque sí. Bohemios, pobres como las ratas, desahuciados y errantes. O bien ricos, mustios y viciosos. Pero no tengo la sensación de que fueran —como son hoy— trabajadores bien limpitos con nociones de marketing, al servicio de una industria útil y ordenada. Ganamos en cantidad (se editan más libros que nunca) pero no sé si en calidad.

  • Estos días la cosa va de monarquías, y Jarrita Reina y Jarrito Ponmerrama me miran desde la mesa estoicamente, juzgando, que es como miran los buenos amigos. Están hechos a mano en el Centro Cerámico Talavera (Toledo).

  • Lo peor del éxito (y eso que nuestros éxitos son de escala pigmea): saber que siempre acaba pronto.

  • Yo ya amaba a la californiana Patagonia, pero ahora (han transferido sus acciones a una fundación conservacionista) todavía más. Se han adelantado treinta años a todos, es decir, comenzaron cuando aún no era tarde.

  • Las golondrinas se han ido ya, casi todas hacia África, 7.000 kilómetros de agilidad, instinto y elegancia voladora.

  • No podemos dejar de ser lo que somos, pero sí podemos —cielos, espero— descansar un ratito de serlo.

  • Cuando mi novio Ignacio aún no era novio (pero yo ya le tenía echado el ojo) tuvo un accidente. Leve, pero accidente. Estuvo meses fastidiado. Fui a mi iglesia preferida, Santa María del Mar —la más bonita de Barcelona— y me senté al lado de la escultura de Feliu Maspons dedicada a Sant Ignasi. Va descalzo, lleva un libro en la mano. Le pedí ayuda, de algún modo, y supe que esa visita marcaba un comienzo, como así fue. Ni whatsapps ni mensajes directos ni leches: el que te quiera caminará por ti.

  • Se puede ser moderno —contemporáneo, vivo, atento— sin caer en las trampas mutiladoras de la modernidad.