'¿Quién mató a Sara?' se pasa tres pueblos con su representación de las enfermedades mentales

ATENCIÓN: este artículo contiene spoilers del final de ¿Quién mató a Sara?

Por Miguel Ángel Pizarro.- La tercera temporada y última de ¿Quién mató a Sara? estrenada en Netflix el pasado 18 de mayo ha vuelto a demostrar lo mucho que esta ficción mexicana ha conquistado a los usuarios de la plataforma. Y es que no solo es una de las series más vistas de la última semana en España, Argentina, Colombia, México o EE.UU., sino también de las más populares, tal y como demuestra el ranking del mismo servicio (a la hora de escribir este artículo ocupa la plaza número seis en España).

Sin embargo, como ha pasado con otras producciones exitosas que llegan a su desenlace, a muchos nos ha provocado sensaciones contradictorias debido a la manera de resolver la pregunta que da título a la ficción creada por José Ignacio Valenzuela.

Ximena Lamadird como Sara en '¿Quién Mató a Sara?' Cr. Paulina Campos/Netflix © 2022.
Ximena Lamadird como Sara en '¿Quién Mató a Sara?' Cr. Paulina Campos/Netflix © 2022.

Era evidente que la conclusión de la serie protagonizada por Manolo Cardona iba a tener un final rocambolesco. Las dos anteriores temporadas tuvieron los giros suficientes como para esperar algo así. Incluso lo esperábamos, ya que el desenlace de la tanda anterior dejaba bien claro que ese accidente que tuvo Sara (Ximena Lamadrid) no fue el causante de su muerte. Es más, los avances de los episodios finales daban a entender que Sara podría estar viva.

De todos modos, que la serie se titule ¿Quién mató a Sara? ya nos daba la pauta de que el personaje acabaría muerto sin más remedio, guiándonos poco a poco hacia la revelación que daría respuesta a la pregunta. Sin embargo, no creo que sea el único que se ha quedado a cuadros con la causa de su muerte pero, sobre todo, con la forma en cómo la ficción ha representado la salud mental para llegar a ella.

Para empezar, recapitulemos. En el final de la segunda temporada quedaba claro que Sara había terminado dentro de un extraño proyecto científico, cosa que se confirmaba en la tercera temporada. La joven fue captada por el doctor Reinaldo Gómez de la Cortina (Jean Reno), quien vio en ella a la cobaya ideal para su experimento llamado Proyecto Medusa, con el cual buscaba crear una pastilla para combatir la esquizofrenia… pero también otra cosa que nada tiene que ver con enfermedades mentales: la homosexualidad de su hija Daniela (Gabriela de la Garza).

Es ahí donde es imposible no alzar la ceja, básicamente porque es un proyecto que Reinaldo aún no ha dado por terminado. Y es ahí donde surgen los sentimientos encontrados. ¿Por qué equiparar la homosexualidad con una enfermedad mental? Es cierto que el mensaje final es mostrar lo monstruoso del Proyecto Medusa y de cómo la intolerancia del doctor Reinaldo es una especie de crítica a las pseudoterapias de conversión, que tanto daño han hecho al colectivo LGBTI. No obstante, a esta ficción le pierden las formas.

¿Quién mató a Sara? nunca destacó por su coherencia narrativa y su premisa, en realidad, se ha alargado como un chicle. Sin embargo, eso no quita que sus supuestas buenas intenciones hayan provocado cierto efecto adverso, pues el hecho de poner al mismo nivel la orientación sexual con un trastorno mental provoca un rechazo que no venía a cuento. De hecho, su manera de representarlo puede considerar que hasta banaliza con una problemática que afecta a muchos países donde todavía se vive un rechazo social a la homosexualidad que azota a la comunidad desde diferentes ángulos opresivos. Además, estamos hablando de una producción ambientada en el presente y no en los años 50 o 60, cuando a enfermedades como a la esquizofrenia, el trastorno de personalidad múltiple o los trastornos de ansiedad son tratados de manera tremendamente pedestre y prejuiciosa.

Jean Reno como Reinaldo en '¿Quién Mató a Sara?' Cr. Paulina Campos/Netflix © 2022.
Jean Reno como Reinaldo en '¿Quién Mató a Sara?' Cr. Paulina Campos/Netflix © 2022.

Por otro lado, está la manera en la que trata a las enfermedades mentales, entremezclando el trastorno de personalidad múltiple con la esquizofrenia, mostrando un nulo interés en representar de forma digna una realidad que está tremendamente estigmatizada por la sociedad. Aquí, surgía la oportunidad de aprovechar una producción comercial de éxito para tratar un tema social, que es la ignorancia que existe alrededor de la esquizofrenia y de cómo es importante derrumbar prejuicios para normalizarla, con un personaje que hubiera podido controlarla con medicación, como hizo la serie procedimental francesa Profilagecuando tocó el tema con su protagonista, encarnada por Odile Vuillemin.

Pero no, las enfermedades mentales son utilizadas como mero trámite para ajusticiar al malo y deshacerse de la gran incógnita de la serie, que quien fue el asesino de Sara fue la propia Sara, quien opta por acabar con su vida para evitar seguir siendo utilizada por el Proyecto Medusa.

Incluso con su mirada trágica, la ficción no se toma el tiempo para reflexionar sobre la manera en que la joven ha terminado siendo prisionera de sí misma. La queja no es solo que no haya esperanza para aquel que padezca una enfermedad mental, sino que esta es tratada como mera excusa para zanjar el final de manera abrupta.

Quizás las intenciones eran buenas, pero como le sucedió a Manolo Caro con La casa de las flores, falta mucho tacto y sensibilidad a la hora de adentrarse en temas tan delicados como la salud mental o cómo el colectivo LGBTI se enfrenta la lacra de las pseudoterapias reparativas. Puede que cierre la trama, pero, dada la realidad actual que vivimos, se podría haber planteado algo más de compromiso real.

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