Que no te de vergüenza llorar con ‘El Rey León’: sufrir con películas de animales es más normal de lo que crees

Confieso que soy capaz de ver todo tipo de cine. Mi repertorio de gustos así como obligaciones laborales me han llevado a ver de todo. A estas alturas, soy capaz de ver una película de terror a solas y no se me mueve un pelo. De ver docuseries sobre asesinos en serie y analizarlas para una crítica sin permitir que me afecten cuando veo una sombra en la oscuridad. Pero hay un tipo de películas que no consigo superar, por muchos años de experiencia que tenga escribiendo y hablando de cine. Y son las películas de animales.

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Lo reconozco, Disney me traumó con Bambi y Dumbo de niña. La escena de la muerte de la madre del ciervo o la secuencia de Dumbo visitando a su madre entre rejas todavía me llenan los ojos de lágrimas. Y eso que me digo y me repito que son dibujos animados. Ni decirles lo que lloré con la escena de las morsas cayendo al vacío en el capítulo Mundos de hielo del documental de Netflix, Our Planet. Lloré incluso sin poder mirar la pantalla. Lo que sufrí con ¡Liberad a Willy! (1993, conocida como Liberen a Willy en Hispanoamérica), pensando que la pobre orca saltaba a la libertad con la aleta ya doblada como sucede cuando pasan tiempo en cautiverio. Lo que sufrí con Siempre a tu lado, Hachiko (2009) y lo difícil que me resultó tenerle paciencia a John Wick (2014) tras el asesinato del perro en la primera entrega. Tuve que hacer grandes esfuerzos para no apagarla y darle una oportunidad a la trama.

Tras sentir un nudo en el estómago de nuevo con Dumbo, el remake, a más de 30 años de sufrir mi primera experiencia de tristeza animal cinematográfica con la cinta animada; cuando me tocó ver El Rey León en el estreno londinense hice todo lo posible para prepararme. De camino a la proyección me repetí varias veces “los animales no son reales”, “están creados por realidad virtual”, “ya sabes lo que va a pasar, ya la viste hace 25 años y al final todo sale bien”. ¿Y qué pasó? No sirvió de nada. De momento que suena el grito africano con la salida del sol al comienzo del El ciclo de la vida de Elton John y Tim Rice, los animales corren a La Roca del Rey y aparece en escena un Simba cachorro, se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿La muerte de Mufasa? No la pude ver. Yo, periodista de cine que es capaz de ver Verónica o El Exorcista a solas y no se le mueve un pelo, lloré de nuevo con El Rey León.

No lo puedo evitar. No puedo ver documentales de animales sin llorar o cerrar los ojos. No puedo ver momentos de animales cazando a otros en National Geographic. Pero sé que no soy la única. A mi madre le pasa lo mismo y a mucha gente a la que he preguntado también, aunque con más o menos nivel de sufrimiento. Y tras ver que ya siendo adulta y tras tanto cine acumulado en mis retinas, me pasó de nuevo con el reboot de El Rey León, analicé la naturaleza detrás de esta tendencia. ¿Lo aprendí del amor animal que existe en mi familia? ¿Es empatía natural al tener conciencia ecológica desde pequeña? ¿Es una característica humana? ¿Somos carne de cañón para Disney y las historias de animales? ¿Nos pasa a la mayoría?

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Y así me puse a investigar, leyendo estudios de psicología humana y animal, y foros en donde encontré muchos usuarios haciéndose la misma pregunta. ¿Por qué tendemos a llorar más cuando un animal sufre o muere en una historia de ficción que cuando sucede con un humano en otra trama?

Uno de los comentarios que encontré y que me hicieron sentir identificada es que puede tratarse de la noción de que los animales, sobre todo domésticos, son inocentes, ignorantes de la maldad humana, gentiles y leales; y por ende el sufrimiento que viven es aún más injusto y doloroso. E incluso cuando un animal es “villano” en una historia de ficción, suele actuar por instinto o naturaleza animal, mientras que un antagonista humano tiende a actuar por pura maldad, despertando sentimientos de injusticia y venganza. Hay quienes apuntan que los animales están conectados a nuestra infancia, por su vulnerabilidad e inocencia y que, aquellos que hemos tenido perros en nuestras vidas, comprendemos la conexión que existe entre el humano y su mejor amigo de cuatro patas y, por ello conectamos más con el sufrimiento de separación, sacrificio o muerte del personaje animal.

Pero vayamos más lejos que la ciencia también tiene algo que decir al respecto. Dos sociólogos de la Universidad de Northeastern hicieron un experimento para comprobar si el público suele entristecerse más con historias de abuso animal en la prensa que con aquellas relacionadas con ataques dirigidos a otros seres humanos. Arnold Arluke, un especialista en relaciones entre humanos y animales, y Jack Kevin, un experto en análisis de asesinos en serie, hicieron que 240 estudiantes de entre 18 y 25 años leyeran artículos falsos sobre el aumento de los crímenes en Boston. Había 4 artículos con víctimas diferentes: un cachorro, un perro adulto, un bebé humano y un adulto.

Los estudiantes, que no sabían que estaban leyendo artículos falsos, analizaron los niveles de empatía y dolor emocional que sintieron por cada víctima. El humano adulto fue el que menos empatía provocó. Primero fue el bebé humano, seguido muy cerca por el cachorro y luego el perro adulto.

Los investigadores concluyeron que si bien la especie es importante a la hora de generar empatía, añadieron que la diferencia entre las respuestas a las historias está más relacionada con nuestra preocupación por criaturas que son inocentes e indefensas.

Por otro lado, investigadores del California Institute of Technology y UCLA descubrieron que neuronas en la amígdala, el centro del cerebro responsable de procesar reacciones emotivas, responde preferencialmente a imágenes de animales. Los resultados fueron publicados en Nature Neuroscience, afirmando que de los 41 pacientes del estudio detectaron que había más actividad en células cuando veían imágenes de gatos o serpientes que edificios o personas. Aseguran que “en la evolución del cerebro, la amígdala es una estructura muy antigua, y a lo largo de nuestra historia biológica, los animales -que fueron representados como predadores o presas- fueron un estímulo altamente relevante”.

Nadie habría imaginado que las células en la amígdala resuenan más a animales que a rostros humanos, y que en particular responden a todo tipo de animales, no solo los peligrosos” dijo uno de los investigadores, Florian Mormann.

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Es decir, si el centro de nuestro cerebro responsable de procesar nuestras reacciones emocionales responde a las imágenes animales más que a humanas, quizás esté conectado con esta tendencia que padecemos muchos espectadores de sufrir, llorar y emocionarnos con películas que nos muestran una historia animal. A veces mucho más que con una humana. Claro que no me refiero a La lista de Schindler, La vida es bella, Million Dollar Baby o El niño con el pijama de rayas. Esas sí que nos manipulan en lo más profundo y no hay lagrimal que se resista.

Confieso que, en mi caso, mi empatía hacia los animales llega hasta el punto de que lloré el día que vi animales enjaulados en la parte trasera de un circo cuando era muy pequeña, y no pude evitar llorar desconsoladamente el día que mi colegio me llevó por primera vez a un zoológico a los 10 años. Desde entonces no puedo ir a ninguno. Jamás he entrado (ni entraré) a un acuario con espectáculos de delfines o ballenas. Como le pasará a muchos de ustedes, mi reacción a las películas de animales también está relacionada con mi empatía hacia la naturaleza, pero al menos es interesante descubrir que la ciencia también puede explicarnos que lo que sentimos es natural y, en definitiva, Hollywood nos manipula entre personajes adorables (¿han visto la carita del nuevo Simba?), historia, drama y música para conseguir el deseo esperado. Y, ya lo sabemos, Disney es experto en provocarnos.

El Rey León se estrena el 19 de julio. ¿Conseguirás contener las lágrimas?

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