Lo que esperan los hombres cuando piropean a una mujer

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La mayoría de las mujeres han comenzado a catalogar los piropos como acoso callejero. [Foto: Getty Images]
La mayoría de las mujeres han comenzado a catalogar los piropos como acoso callejero. [Foto: Getty Images]

 

Una cabeza que se vuelve a nuestro paso. Una mirada que parece desnudarnos. Un silbido que pretende ser admirativo. Unas palabras soeces que supuestamente deberían halagarnos… Los piropos y sus mil desviaciones han formado parte del paisaje urbano desde hace años – quizá demasiados. Los hemos aceptado como aceptamos los baches, el tráfico o la contaminación, asumiendo que son un mal endémico.

Sin embargo, algo está cambiando. La mayoría de las mujeres han comenzado a catalogar los piropos como acoso callejero. Una encuesta realizada en 2019 en España reveló que el 63% de las mujeres que han recibido miradas fijas o lascivas, gestos inapropiados e indeseados, así como insinuaciones sexuales o burlas sobre su cuerpo catalogaron esos comportamientos como acoso sexual.

La concepción que tienen muchos hombres sobre los piropos es bastante diferente.

¿Cómo esperan los hombres que reaccionen las mujeres ante un piropo?

El 85% de los hombres espera que una mujer sonría con un piropo. [Foto: Getty Images]
El 85% de los hombres espera que una mujer sonría con un piropo. [Foto: Getty Images]

Un estudio realizado en Canadá reveló que el 33% de los hombres piropean a las mujeres. Sin embargo, no tienen la intención de hacerles daño. El 85% dijo que solo lo hacía para demostrar a la mujer le agradaba, el 83% quería dejar patente su interés sexual y el 73% confesó que era su manera habitual de flirtear.

Lo curioso es que los hombres creían agradar a las mujeres con sus piropos. El 85% esperaba que la mujer les sonriera y el 81% que flirteara con ellos. El 78% de los hombres esperaba que la mujer entablara una conversación y el 73% creía que se sentiría halagada por su interés.

En realidad, solo el 9% de los hombres encuestados contempló la posibilidad de que la mujer se sintiera intimidada, el 5% previó que pudiera enojarse y otro 5% reconoció que podría sentirse atemorizada.

Eso significa que la mayoría de los hombres no intenta dañar ni degradar a las mujeres con sus piropos, sino que esperan que se sientan halagadas y atraídas. Consideran que los piropos son una forma de flirteo inocente y no se dan cuenta de que muchas mujeres pueden sentirse incómodas o incluso francamente mal.

La fina línea que divide el halago de la intimidación

Cuando el piropo se despoja de su carácter amable, se convierte en acoso callejero. [Foto: Getty Images]
Cuando el piropo se despoja de su carácter amable, se convierte en acoso callejero. [Foto: Getty Images]

Los piropos - más allá de cuanto nos gusten o no – son una herramienta social que usamos desde hace mucho tiempo. Forman parte del arsenal de técnicas de la etapa exploratoria, cuando el futuro de la relación todavía es un signo de interrogación. El piropo sirve como estrategia para romper el hielo y permite establecer una conexión mínima que ayuda a evaluar el interés de la mujer por corresponder a esa conexión.

Por supuesto, todos los piropos no se lanzan con el objetivo de establecer un vínculo romántico o sexual, pero son una herramienta para determinar el potencial que podría tener el acercamiento. A fin de cuentas, no podemos olvidar que las relaciones sociales con desconocidos o personas a las que apenas conocemos suelen estar envueltas en un elevado grado de incertidumbre.

De cierta forma, el piropo ayuda a proteger la “reputación” del hombre si no detecta interés en la mujer ya que añade un toque más lúdico al acercamiento – al menos desde la perspectiva masculina. En otras palabras, le brinda una puerta de salida “digna” para salvar su ego en caso de que la mujer le rechace.

Sin embargo, independientemente de la función social que desempeñan los piropos, no es menos cierto que muchas veces se cruza la línea y se convierten en micromachismos indirectos envueltos en papel celofán que parecen inofensivos pero que pueden llegar a ser muy invasivos y desestabilizadores para las mujeres.

Cuando el piropo se despoja de su carácter amable, se convierte en acoso callejero, intimidación y violencia sexual. Si la mujer se siente intimidada y humillada con el comportamiento masculino, llamarlo piropo es un eufemismo. En la base de esos comportamientos denigrantes se encuentra la creencia de que el hombre tiene derecho a molestar a la mujer, de manera que esta debe aceptar sus piropos – por muy desacertados que sean - e incluso sentirse halagada.

De hecho, el citado estudio canadiense también descubrió que los hombres que piropeaban a las mujeres mostraban niveles más elevados de sexismo hostil, lo cual esconde un prejuicio hacia las mujeres envuelto en un marco de aversión y hostilidad. También eran personas más tolerantes ante el acoso sexual, mostraban más estereotipos sobre la masculinidad y le daban más importancia al dominio social.

Sin embargo, el acoso callejero no puede seguir disfrazándose de piropo. Ese tipo de intimidación hace que las mujeres se sientan inseguras o incluso lleguen a temer por su seguridad física. Como resultado, la ansiedad y la evitación plantan bandera. De hecho, muchas mujeres hemos tenido que evitar ciertos lugares, hemos cruzado de acera para esquivar a un grupo de hombres o hemos evitado salir solas en ciertos momentos del día para no exponernos al acoso callejero.

En este sentido, una investigación realizada en el Manhattan College Parkway concluyó que “el acoso cotidiano de los extraños y la objetivación de las mujeres puede tener efectos negativos directos e indirectos en la vida de las mismas”.

Aunque los hombres piropeen a las mujeres para que se sientan halagadas, un piropo desafortunado puede tener el efecto contrario. Sentirse cosificada y experimentar miedo, ansiedad, impotencia, frustración o incluso vergüenza no catapulta precisamente la autoestima femenina, sino que la hunde a niveles inimaginables.

¿Existe alguna manera de piropear aceptable?

¿Recuperamos el halago que esboce una sonrisa, tienda puentes y alegre el día en vez de enturbiarlo? [Foto: Getty Images]
¿Recuperamos el halago que esboce una sonrisa, tienda puentes y alegre el día en vez de enturbiarlo? [Foto: Getty Images]

El piropo aceptable es aquel que te gustaría que te hicieran a ti, a tu hermana o a tu madre. Decirle a una mujer que le queda bien ese nuevo corte de pelo no es acoso - y probablemente apreciará tu observación. Decirle a una amiga que es maravillosa y que te gusta pasar tiempo con ella no es acoso, es ser agradable. Decirle a una mujer que te resulta atractiva, en un contexto en el que ambos estéis coqueteando abiertamente, tampoco es acoso, es ser honesto.

Silbar por la calle a las mujeres, realizar gestos obscenos, mirar lascivamente, gritar groserías, hablar de nuestros cuerpos como si fueran un objeto, realizar piropos de mal gusto o impedirnos el paso no es agradable. Es acoso sexual. Y en algunos países - muy pronto también en España - está penado por ley.

El objetivo no es criminalizar los piropos. De hecho, los cumplidos son otra cosa. Y todos deberíamos tener clara la diferencia, que estriba en el respeto, la empatía y el sentido común.

Recuerda que tus palabras no solo te definen reflejando quién eres y cómo piensas, sino que también tienen un impacto sobre los demás. No tenemos que desterrar los piropos sino la agresividad latente, la insolencia, las actitudes desconsideradas y las palabras soeces que generan malestar e inseguridad en las mujeres.

En cambio, podemos recuperar el halago amable. El elogio que nace del corazón. Sin malas intenciones. Sin expectativas. Sin jerarquías. Sin prejuicios. Sin el deseo de someter. Sin la necesidad de demostrar nada. Podemos recuperar el halago que esboce una sonrisa, que tienda puentes y que alegre el día en vez de enturbiarlo. El halago que te gustaría que te hicieran a ti.

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