La pulla de Alejandro Amenábar en 'La Fortuna' a la política española

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La cultura es el petróleo de España”. Esta es la astuta, preciosa y reivindicativa definición que uno de los personajes de La Fortuna repite en sus primeros episodios, ya disponibles en la plataforma de Movistar+. Y no un personaje cualquiera, sino el propio ministro de Cultura español, un personaje apasionado por las letras que se suma con todo su ahínco político en la batalla legal por recuperar el tesoro de una fragata española hundida en las costas de Gibraltar siglos atrás. Un motín recuperado por un cazatesoros (Stanley Tucci) que utiliza el descubrimiento para el enaltecimiento propio y subir en bolsa, en lugar de exponer la historia en un museo “como haría Indiana Jones”.

Con su primera serie, Alejandro Amenábar no solo empapa la historia de sentido patriótico, con reivindicación al héroe de a pie (funcionarios en este caso) con unos aires que transpiran influencias Spielberg por cada costado. No, el director de Mientras dure la guerra y Mar Adentro también aprovecha esta historia inspirada en un hecho real para lanzar un mensaje alto y claro a la política española. Uno que sirve de ejemplo convertido en héroe político inesperado.

Karra Elejalde en 'La Fortuna' (cortesía de Movistar+)
Karra Elejalde en 'La Fortuna' (cortesía de Movistar+)

La Fortuna es una producción de seis episodios -los dos primeros ya están disponibles y el resto llegarán semanalmente cada viernes- inspirada en el cómic El tesoro del Cisne Negro de Paco Roca y Guillermo Corral que narra el expolio y recuperación de un tesoro encontrado en el fondo del mar, muy similar al que cometió Odyssey Marine Exploration en 2007 cuando se llevó a Florida 600.000 monedas de un pecio español que derivó en juicio cuando España demandó para recuperar el tesoro nacional. España ganó y en 2012 recuperó el tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, hundida en las costas de Portugal en 1804. Los centenares de piezas fueron restauradas y una parte se expuso en el Museo Arqueológico Naval.

Ahora, Amenábar convierte esta historia en una serie que eleva la imagen del héroe mundano, el trabajador honesto y el apasionado por la cultura frente a la codicia del villano moderno, mirándose su ombligo por sobre todas las cosas. Stanley Tucci interpreta a un cazatesoros carismático, de esos que saben envolver y encandilar a sus presas con grandilocuencia y manipular a su antojo para conseguir su cometido. Se llama Frank Wild y es el millonario que encuentra el tesoro de la fragata ficticia La Fortuna, valorado en 500 millones de dólares. Mientras que en la otra cara de la moneda descubrimos a Álex Ventura (Álvaro Mel), un joven diplomático sin experiencia laboral, que comienza a trabajar en el Ministerio de Cultura con la pasión de un principiante, solo para toparse con la lentitud y desorganización de la burocracia funcionarial.

Pero entonces conoce a Lucía (Ana Polvorosa), una funcionaria menos diplomática pero igual de apasionada, amante de la cultura, embarcándose juntos en la misión de investigar si el tesoro descubierto por Frank Wild pertenece a España, o no. Desde este punto de partida, la serie nos hace testigos de una aventura donde hay lugar para al ritmo trepidante, la conspiración, el romance, una batalla de egos (entre Wild y el carismático abogado estadounidense que defiende a España) y la exaltación del héroe cotidiano: el funcionario, el trabajador, el apasionado por una causa noble.

Y entre todos ellos está ese ministro de Cultura, interpretado con carisma y candor por Karra Elejalde, que planta un ejemplo a seguir nunca visto previamente en una serie o película. Un ejemplo que Amenábar coloca en la historia para que la política española, y de todos los países que quieran, tomen nota.

Ana Polvorosa y Álvaro Mel en 'La Fortuna' (cortesía de Movistar+)
Ana Polvorosa y Álvaro Mel en 'La Fortuna' (cortesía de Movistar+)

Más allá del heroísmo cotidiano que representan Álex, Lucía y aquellos que les ayudan en la misión, así como el abogado Jonas Pierce (Clarke Peters), este ministro de Cultura pasa de ser una figura política, haciendo su labor como cualquier otro, a coronarse como el personaje que más riesgo toma por la causa. Es él quien, después de todo, se juega el puesto y su carrera aprobando la misión de enzarzarse en una batalla legal con EE.UU. a cambio de recuperar el patrimonio nacional.

Al principio tiene dudas, pide consejo y no se moja. A su alrededor vemos al funcionario que quiere sacarse el problema de encima, al que no le importa (haciendo dibujos en plena reunión), al que propone llegar a un acuerdo rápido que no genere mucho lío económico y diplomático para España. Pero entonces este ministro deja que su pasión por la cultura remueva sus entrañas y reconduzca su marcha.

En entonces cuando Amenábar lanza una pulla personal a la política española y mundial, dando una lección sobre la intrínseca relación que existe entre la cultura y la pasión. No entra en hacer grandes lecciones sobre presupuestos o ayudas, ni en pecar de sabelotodo con mensajes políticos innecesarios, sino en engrandecer el lugar que la cultura merece en la conversación política, como medio de evasión, como parte de nuestra historia. Y así convierte a este ministro en otro héroe cotidiano, derribando máscaras diplomáticas para desempolvar a un hombre de su época, uno que en pleno amanecer de Madrid enaltece lo mucho que el cine ayudó a España a evadirse en los 60s cuando todo era “gris, pequeño y transfóbico”.

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La dictatura hizo de nosotros grandes cinéfilos, ha pasado el tiempo y ahí siguen los mismos intentado meternos miedo” proclama para entonces convertirse en el héroe secreto de esta historia al lanzarse con toda su pasión a la batalla legal por el patrimonio de España. Y si fracasan, ya da lo mismo, “estoy mejor escribiendo” proclama como sentencia definitiva de su pasión por las letras. Un hombre de cine, de escritura… de cultura.

Como ministro de cultura y viejo amante del cine les aseguro que en esta película los piratas no pueden, no deben y no van a ganar” proclama en la rueda de prensa al final del segundo capítulo, con una declaración de intenciones jamás vista en un político que no esté en campaña. Simplemente anunciando una medida a favor de la cultura, a favor de la historia de España, no para su partido, no para marcarse un tanto profesional y personal. Por amor a la cultura y punto, haciendo su labor.

Y con este personaje parece que Amenábar lanza una pulla encubierta a la política española y mundial, a través de un personaje que demuestra la importancia de un ministro o un político que se atreva a plantar cara a la piratería, a la protección de la cultura nacional. Que no tenga miedo al qué dirán o al riesgo, a cambio de proteger el cine y el patrimonio. Toda una declaración de intenciones encubierta en un personaje inesperado.

Eso sí, no todo son lecciones para tomar en cuenta en esta guerra constante de la cultura con la política. También hay reconocimientos, como por ejemplo, cuando el mismo ministro comenta la necesidad de hablar con su homólogo en EE.UU. solo para descubrir que no existe un ministro de cultura en el país quedándose, literalmente, con la boca abierta.

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