Qué pasaría si Trump quisiera posponer las elecciones presidenciales de 2020 (y por qué no le conviene)

La pregunta es punzante y se formula en Estados Unidos con creciente intensidad: si para el 3 de noviembre el país enfrentara una nueva crisis de covid-19, con focos rojos en múltiples estados y cantidades sustantivas de casos y fallecimientos, ¿podrían ser pospuestas las elecciones presidenciales?

Esa interrogante se ha planteado incluso con mayor filo: ¿podría el presidente Donald Trump decidir aplazar los comicios en los que busca su reelección y en los que, de acuerdo a encuestas presentes, estaría hoy en desventaja?

Aunque no se sabe con certeza si se dará una gran segunda oleada de covid-19, ni en su caso cuál será su intensidad y los tiempos y lugares en los que se desataría, científicos han señalado que el probable que el coronavirus vuelva a afectar de modo importante a EEUU, y otros lugares del mundo, hacia finales de 2020.

Una crisis severa de Covid-19 en noviembre podría complicar la jornada de la elección presidencial de EEUU. (Photo by Steve Pope/Getty Images)

Por ello, no es descartable que para el 3 de noviembre, el día de las elecciones presidenciales, se registre en partes sustantivas del país una crisis de covid-19 similar a la presente, y que por ello la asistencia de la población a los sitios de votación podría no ser recomendable o, incluso, ser restringida con órdenes de confinamiento para las personas.

Y, con todo lo rudo en términos políticos que eso sería, esa restricción a la votación en persona sería posiblemente una medida apropiada si se encarase en ese momento una crisis de salud pública, si bien se trataría, al parecer, de determinaciones que habrían de se tomadas estado por estado, e incluso al nivel del condado o ciudad.

Pero, también se afirma, ¿podría la pandemia ser usada como un pretexto, o una útil coincidencia, para que Trump pospusiese unas elecciones en las que el resultado podría serle adverso? Actualmente, aunque aún es muy temprano en el proceso, Trump está detrás de Joe Biden, el virtual candidato presidencial demócrata, por 4.5 puntos a escala nacional y también por varios puntos en estados clave como Florida, Pennsylvania y Wisconsin, de acuerdo a los promedios de encuestas de RealClearPolitics.

El terrible saldo de la pandemia, en muertos y sufrimiento y en pérdida de empleos y de actividad económica, es una severa losa sobre las aspiraciones de reelección de Trump.

Las especulaciones al respecto arrecian, y a ello contribuyeron las declaraciones que Jared Kushner, yerno y asesor de Trump, a la revista Time. Kushner dijo que, aunque una posposición de los comicios de noviembre en caso de que entonces se viva una grave crisis de covid-19 no sería su decisión, “no estoy seguro de que yo puedo comprometerme de una u otra forma, pero ahora ese es el plan”.

Esa ambigua respuesta hizo que muchos leyeran entre líneas que la Casa Blanca podría tener un plan para  posponer las elecciones presidenciales. Algo que en el presente entorno de polarización política es interpretado por algunos como la ominosa posibilidad de que la epidemia fuese utilizada para truncar la voluntad ciudadana. Es decir, aclarando que todo es especulación, para evitar una derrota de Trump.

Donald Trump ha satanizado el voto por correo, que considera una modalidad cargada de fraude. En realidad es una modalidad usada con niveles de irregularidades mínimos. (Photo by Drew Angerer/Getty Images)

Aunque esas nociones cunden entre la opinión pública, la realidad es que las encuestas actuales podrían no ser indicativas de lo que sucederá en noviembre y con o sin pandemia Trump podría ganar. Posponer la elección, si fuese el caso, también podría así resultar no en prevenir la derrota sino en evitar el triunfo del presidente.

Una prerrogativa del Congreso

Con todo, aunque Trump podría tener la tentación de posponer las elecciones si el escenario le resultase adverso y una crisis de covid-19 en ese momento sería una justificación para hacerlo, en realidad la decisión sobre el aplazamiento de las elecciones presidenciales no es de la Casa Blanca sino del Congreso. Y en ese sentido resulta improbable que la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes avalara una posposición de los comicios que fuese patentemente motivada por cuestiones partidistas, es decir por una motivación de evitar la derrota de Trump.

Por otro lado, si una crisis de coronavirus impusiera un nuevo confinamiento, eso no sería en sí mismo una razón que obligara a posponer la elección presidencial, pues hay opciones como el voto por correo, que son cotidianamente utilizadas por los ciudadanos en los comicios estadounidenses, y podrían escalarse para compensar la reducción o cancelación de la votación en persona.

Trump ha satanizado esa forma de votación, que considera corrupta y plagada de fraude, nociones que en realidad son equívocas pues las irregularidades en ese tipo de votación son muy pequeñas y no serían más grandes que las que, también en muy reducida cantidad, llegan a darse en las votaciones en persona. El propio Trump optó por votar por correo cuando eso le resultó conveniente.

El voto por correo, ¿una opción viable?

En realidad, el rechazo de Trump y republicanos en el Congreso a ampliar el voto por correo se fundaría en que sus posibilidades de triunfo serían mayores si menos personas acuden a votar, pues una participación electoral de gran calado, sobre todo en estados clave, pondría las tendencias en su contra.

Y ciertamente para realizar una elección presidencial con un componente mayúsculo de voto por correo son necesarias logística, personal e infraestructura que no están actualmente disponibles y requieren dinero y tiempo para su establecimiento. Diversas voces llaman a que el país comience ya a avanzar en ello.

Incluso, como algunos han especulado, el escenario de que algunas zonas del país fueran sometidas a confinamiento y otras no, con justificaciones sanitarias pero con sesgo político y sin ofrecer alternativas al voto presencial, en aras de inhibir la votación en áreas que pudieran inclinarse mayoritariamente por uno u otro candidato, generaría un escenario perturbador, indeseable y antidemocrático.

Todo ello, cabe reiterar, es especulación, tanto en el aspecto de salud pública como en lo electoral. Y, en el fondo, es posible que ninguno de esos escenarios realmente le resultaría favorable a un Trump inquieto por la posibilidad de dejar el poder.

El fantasma de un caos político

Como explica en The Hill, Alan Dershowitz, notorio jurista que recientemente participó en la defensa de Trump en su juicio de destitución en el Senado, si no se llevaran a cabo las elecciones antes de que termine el periodo de Trump, el 20 de enero de 2021, eso no sería realmente beneficioso para Trump, al menos en el corto plazo.

Si se diese el caso de que culminase su periodo sin que se hubiesen celebrado elecciones, de todos modos Trump (y el vicepresidente Mike Pence) tendrían que abandonar sus cargos por mandato constitucional y se llegaría a una suerte de limbo jurídico, pues la ley especifica qué hacer si un presidente fallece o es destituido o incluso si el presidente electo no pudiese asumir el poder.

No hay con todo disposiciones en caso de que no hubiese una elección para decidir quién ha de asumir la presidencia a partir del 20 de enero de 2021, pero en todo caso no sería Trump.

Dershowitz indica que, en términos generales, si no hay presidente ni vicepresidente la línea de sucesión indica que la presidencia correspondería a quien encabeza la Cámara de Representantes, actualmente la presidenta Nancy Pelosi, pero si no hubiera elecciones no habría Cámara de Representantes ni líder de ésta, al estar sujetos todos sus escaños a renovación en esos comicios no se realizaron. Por ello sería el presidente pro tempore del Senado quien asumiría el poder ejecutivo.

El detalle es que, sin la elección, un tercio de los escaños del Senado quedarían vacantes y con ello serían los demócratas y no los republicanos quienes tendrían una mayoría mínima y podrían elegir como su presidente pro tempore al senador que deseen. Usualmente el decano de los senadores es designado para ese puesto, pero en realidad la mayoría, que en ese caso sería tentativamente demócrata, podría nombrar a cualquier otro senador de su bancada.

Eso conduciría, salvo en el escenario aún más complejo de que los gobernadores de cada estado con escaños senatoriales vacantes los designaran directamente en los estados donde ese es el proceso legal, a que un demócrata acabara siendo el sucesor de Trump.

Así, posponer las elecciones no es garantía de nada para nadie y puede inducir problemas de legitimidad y credibilidad agudos. El caos político, dadas las lagunas constitucionales en la materia, sería el resultado.

Por ello lo más probable y deseable es que las elecciones se realicen, de modo legal, limpio y conforme a la voluntad popular, y que con o sin pandemia el voto sea respetado y propiciado a la máxima escala. Y si se diese en noviembre una crisis severa de salud pública que afectase gravemente al país, restringir la ampliación del voto por correo y confinar de modo selectivo áreas políticamente punzantes serían, en ese escenario, formas de supresión de voto inaceptables y amenazas muy graves a la institucionalidad democrática.

Es por ello que ese tema comenzará presumiblemente a cobrar intensidad en el debate político.