¿Por qué España es (casi) el único país donde se comen pipas?

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Es fácil hacer la prueba del algodón: tan solo hay que sacar una bolsa de pipas de girasol y ponerse a comerlas delante de algún extranjero poco familiarizado con nuestro país para asistir a un momento de estupefacción: no tienen ni idea de lo que son. Nuestro snack más humilde, ese que se toma por igual (o se tomaba antes de la pandemia) en partidos de fútbol, espectáculos al aire libre o reuniones de amigos es un símbolo del entretenimiento español que permanece desconocido más allá de nuestras fronteras. De hecho, según explica un estudio realizado en 2018 por la compañía GfK para la empresa Pipas USA, el 64% de los españoles consume pipas de girasol.

Las bolsas de pipas, un aperitivo español. Foto: Getty Creative
Las bolsas de pipas, un aperitivo español. Foto: Getty Creative

En esto no estamos solos, pero casi. Nuestro amor de los pipas es compartido por los rusos. Pero antes, un poco de historia: el girasol llegó de América y se asentó como planta decorativa en Europa. Poco a poco, se fue comprobando que también podía extraerse aceite de él... y que sus semillas podían tener algún valor. Los libros de historia establecen que el consumo de pipas se popularizó entre los campesinos rusos como un aperitivo humilde que tenían a su disposición en los campos de girasoles. Cuando se produce la revolución bolchevique de 1917, lo de comer pipas se comienza a ver en las grandes ciudades y de ahí hasta la actualidad.

Esa conexión suele ser la que nos lleva a pensar que la costumbre de comer pipas la trajeron a España los brigadistas rusos que participaron en la Guerra Civil. Sin embargo, parece que es anterior. Si acudimos a la hemeroteca del diario ABC, vemos una noticia publicada el 9 de noviembre de 1934 (dos años antes del inicio de la contienda) en la que se habla de “una modesta industria agrícola que prospera” en la provincia de Cuenca. Efectivamente, se trata de nuestras amigas, las pipas de girasol.

El texto cuenta la historia de El Tío Vigüela, todo un pionero del cultivo del girasol y del comercio de sus semillas. Explica que “hace mucho tiempo” que se cultiva el girasol “en esas tierras” pero “sin concederle importancia”. Sin embargo, El Tío Vigüela tuvo la idea de vender las semillas a los vendedores de torraos de Madrid, que ofrecían diversos frutos secos tostados, “hasta que, tras no pocos esfuerzos y ofreciéndoles que nada les cobraría hasta después de vendidos, conseguí al fin colocar entre unos veinticinco vendedores todo el género”, explica. Este emprendendor cuenta que poco después consiguió “que se vendieran veinticinco o treinta kilos diarios. A alguien se le ocurrió tostar las semillas con sal, y la demanda creció de día en día”, cuenta al diario.

Los rusos también comen pipas. Foto: Getty Creative
Los rusos también comen pipas. Foto: Getty Creative

En época republicana, por tanto, parece que comenzó a comerse pipas de manera masiva en España. Sin duda, ayudó a que se populariza su consumo el precio económico, como podemos comprobar en un artículo aparecido también en ABC, ya con la Guerra Civil comenzada. En el artículo del 21 de diciembre de 1937 titulado “Las pipas, las hierbas aromáticas y otros excesos” se explica que “la falta de otras chucherías ha hecho que las pipas de girasol sean actualmente el sustitutivo del cacahuete, el chicle, el caramelo, el bombón, el pirulí, el altramuz, el regaliz, etc”. Podemos deducir entonces que las pipas fueron un snack adoptado en época de crisis como sustituto de otros de más fuste.

Además, el texto cuenta una problemática preocupante en opinión del diario: “Los teatros, los cines, aparecen alfombrados por espesas capas de cáscaras de pipas, y durante las representaciones puede oírse un extraño y constante ruido, intermedio entre el croar de una división de ranas y un órgano de catedral raído por la carcoma”. Además, señalan hipotéticos riesgos para la salud: “El abuso de las pipas ha traído una especie de epidemia que se manifiesta en anginas, inflamaciones e irritaciones de la garganta, toses convulsivas y congestiones de las mucosas. La enfermedad no es grave, pero sí molesta y siempre peligrosa”.

Sin embargo, hoy sabemos que esos intentos de dar mala fama a las pipas no lograron su objetivo. En España se siguen comiendo pipas, aunque las costumbres han cambiado y, en la mayor parte de las ocasiones, las cáscaras ya no acaban en el suelo de teatros y cines sino en una bolsa preparada a tal efecto. Con respecto a su incidencia en la salud, hemos aprendido que las pipas son fuente de minerales como zinc o magnesio y que hacen que el colesterol bueno suba. Eso sí, hay que tener en cuenta que son calóricas: 580 calorías contienen por cada 100 gramos. Por otro lado, aún falta mucho para que su consumo se generalice en el resto del mundo. Este vídeo, en el que una youtuber británica se las come con cáscara y todo al desconocer su forma de consumo, lo deja claro.

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