La explicación psicológica al por qué no podemos escuchar las opiniones diferentes

Jennifer Delgado
·8 min de lectura
Lo que reducimos, nos reduce. [Foto: Getty Creative]
Lo que reducimos, nos reduce. [Foto: Getty Creative]

De la polarización a la crispación solo hay un paso, y ya lo hemos dado. De la crispación al extremismo violento hay otro paso, y estamos a punto de darlo. De repente el mundo se ha vuelto blanco y negro. Han desaparecido los colores. Estás conmigo o estás contra mí. Los enriquecedores términos medios se han desvanecido en un clima de intolerancia. Es la expulsión de lo distinto que vaticinó el filósofo Byung-Chul Han.

En ese clima las razones dejan paso a los insultos. El diálogo se rompe. La comunicación transmuta en contienda. Nadie escucha al otro. Todos se aferran a su verdad. Una verdad con mayúsculas que sienta sus raíces en el repudio a la disensión. Una verdad excluyente que nos impide ver que existen personas buenas, inteligentes y valiosas que no están de acuerdo con nuestras ideas.

Sesgo de confirmación, volvernos ciegos y sordos a las discrepancias

Cuando confiamos excesivamente en nuestras decisiones nuestro cerebro se vuelve ciego a las pruebas contarrias. [Foto: Getty Creative]
Cuando confiamos excesivamente en nuestras decisiones nuestro cerebro se vuelve ciego a las pruebas contarrias. [Foto: Getty Creative]

En 1979 psicólogos de la Universidad de Stanford pidieron a un grupo de personas que estaban a favor o en contra de la pena capital que leyeran estudios en los que se comparaban las estadísticas de delitos en los estados con y sin pena de muerte, así como los datos antes y después de introducir esta medida. La trampa radicaba en que un informa apoyaba la pena capital y el otro la desacreditaba.

Lo curioso fue que, tras leer los informes, tanto los defensores como los detractores retomaron con más fuerza sus creencias originales. Ignoraron o minimizaron sistemáticamente las pruebas contrarias y resaltaron los detalles que apoyaban su punto de vista. Finalmente, las personas concluyeron que los estudios que apoyaban sus convicciones eran mejores y más fiables que aquellos que las contradecían.

Aquel experimento demostró que solemos establecer estándares muy altos o casi imposibles de cumplir para las pruebas que refutan nuestras hipótesis mientras prestamos atención, favorecemos y recordamos la información que confirma nuestras creencias. Es lo que en Psicología se conoce como sesgo de confirmación.

Ese fenómeno se intensifica cuando median las emociones o tenemos creencias firmemente enraizadas. Neurocientíficos del University College de Londres comprobaron que cuando confiamos excesivamente en nuestras decisiones somos sensibles a la información que las confirma, pero nuestro cerebro se vuelve prácticamente ciego a los detalles que las contradicen. Y eso no es una buena noticia.

Cuanto más nos intenten convencer, más reafirmamos nuestras convicciones

Cuanto más nos intenten convencer, más intolerantes nos volveremos. [Foto: Getty Creative]
Cuanto más nos intenten convencer, más intolerantes nos volveremos. [Foto: Getty Creative]

Todos, en mayor o menos medida, somos víctimas del sesgo de confirmación. No nos sentimos particularmente cómodos con la disonancia cognitiva, de manera que preferimos seguir creyendo en lo que siempre hemos creído e intentamos encajar la información nueva en los esquemas mentales que ya tenemos. Es más fácil.

No obstante, si tenemos un mínimo de flexibilidad mental seremos capaces de cambiar esos esquemas mentales al darnos cuenta de que se sustentan en creencias erróneas, parciales o sesgadas. El problema es que a veces percibimos los argumentos contrarios como un ataque a nuestra identidad. Entonces la flexibilidad y la razón desaparecen para dejar paso a la rigidez y la intolerancia.

Neurocientíficos de la Universidad del Sur de California comprobaron que cuando nos exponemos a evidencias contrarias a nuestras creencias políticas en nuestro cerebro se producen cambios que activan las áreas vinculadas a la autorepresentación mientras nos desconectamos del mundo exterior. Eso significa que nos sentimos atacados y reaccionamos replegándonos, cerrando la puerta a los argumentos contrarios.

En ese momento se desencadena lo que se conoce como polarización de las actitudes o creencias. Nuestra diferencia de opinión con el otro se vuelve más extrema a medida que recibimos más pruebas contrarias a nuestro punto de vista. Así, cuanto más nos intente convencer, más reafirmaremos nuestra opinión. Y más honda será la brecha que nos separa.

Polarización grupal, convertir al otro en el enemigo

La polarización grupal es una pantalla a prueba de hechos entre los miembros del grupo y las realidades del mundo. [Foto: Getty Creative]
La polarización grupal es una pantalla a prueba de hechos entre los miembros del grupo y las realidades del mundo. [Foto: Getty Creative]

Estamos viviendo tiempos turbulentos, complejos e inciertos; tiempos en los que sentimos la necesidad de reconectar con el grupo para encontrar el respaldo y la seguridad perdidas. Esa necesidad de conexión y pertenencia, sin embargo, puede convertirse en un arma de doble filo y ser el caldo de cultivo ideal para que se produzca una gran polarización a nivel social.

Cuando queremos pertenecer a un grupo no solo necesitamos que nos acepten, también queremos que nos perciban de manera positiva. Para lograrlo tendremos la tendencia a asumir una postura similar a la del grupo pero ligeramente más extrema. Dado que los otros miembros del grupo también quieren ser aceptados y percibidos positivamente, reaccionarán desarrollando una postura aún más extrema, lo cual puede terminar generando una idiosincrasia grupal que colinda con el extremismo, fanatismo y/o sectarismo.

Cada miembro del grupo pone su grano de arena. Cuando se debate sobre un tema, cada argumento nuevo a favor de la opinión compartida termina reforzándola. Un experimento desarrollado en el Hope College de Michigan comprobó que cuando discutimos sobre temas raciales con otras personas que comparten nuestros puntos de vista, nuestras actitudes se vuelven más extremas.

Lo mismo ocurre con las opiniones políticas. Psicólogos de la Universidad de California constataron que nuestras ideas políticas se vuelven más extremas después de hablar con quienes pensaban igual que nosotros. “La deliberación también aumentó el consenso y redujo significativamente la diversidad de opiniones dentro de los dos grupos. Incluso las declaraciones anónimas de opinión personal se volvieron más extremas y homogéneas después de la deliberación”, apuntaron.

Esto se debe a que el otro refuerza nuestras creencias con nuevas razones, nos brinda nuevos datos y/o nos ofrece perspectivas diferentes para defender nuestra postura. Así se termina creando una opinión que se autoalimenta en un circuito cerrado. Se instala una pantalla a prueba de hechos entre los miembros del grupo y las realidades del mundo, como dijera el filósofo Eric Hoffer.

El resultado de esa identificación extrema con ciertas creencias y con el grupo al que pertenecemos es que empezamos a rechazar automáticamente cualquier idea diferente y catalogamos a todos aquellos que no pertenezcan a nuestro grupo y no piensen como nosotros como el “enemigo”.

Esto se convierte en un círculo vicioso porque cuanto más nos desagrade determinado grupo, más negativamente juzgaremos sus argumentos, más nos cerraremos al diálogo y más polarizados estaremos como sociedad. Cada grupo se atrinchera en su postura, no escucha al otro y se siente incomprendido.

Las diferencias se acentúan cada vez más porque llegados a ese punto a nadie le interesa la realidad en su complejidad sino tan solo la parte de los hechos que puede confirmar su postura. No se produce un verdadero diálogo sino un cruce de argumentos e insultos. En este punto el objetivo ya no es incluir ni persuadir sino noquear al adversario.

Flexibilidad y apertura mental, el antídoto contra la polarización

Hay más cosas que nos unen que las que nos separan. [Foto: Getty Creative]
Hay más cosas que nos unen que las que nos separan. [Foto: Getty Creative]

Cuando sumergimos un bastón en el agua, parece roto, y si lo movemos en diferentes posiciones tendremos perspectivas distintas. Este fenómeno se conoce como paralaje y se refiere a las diferencias provocadas por los distintos ángulos según la posición de un objeto y el punto de vista desde el que lo observemos.

Muchas veces vemos la vida y la realidad como a ese “bastón roto”. Estamos tan seguros de nuestras creencias y convicciones que no nos damos cuenta de que son tan solo una perspectiva dentro de las múltiples posibles. Otras personas pueden ver ese “bastón roto” desde otra perspectiva y tener tanta razón como nosotros. O quizá todos nos equivocamos y finalmente lleguemos a la conclusión de que el bastón no estaba roto, sino que era tan solo una ilusión.

Por eso es importante dejar de creer que tenemos la verdad absoluta. Dejar de pensar que las cosas son en blanco o negro. Que existe el bien absoluto o el mal absoluto. La vida es mucho más compleja que eso. Las personas son mucho más complejas. Colocarles etiquetas implica reducir su riqueza y a la vez negarnos la posibilidad de comprender esa riqueza. Lo que reducimos, nos reduce.

Siempre hay puntos de encuentro. Pero para hallarlos primero necesitamos aceptar las diferencias. Aceptar que toda moneda siempre tiene dos caras. Y que toda historia puede tener diferentes versiones. También necesitamos aceptar la ambivalencia y aprender a sentirnos más cómodos con la incertidumbre. Así no caeremos en los brazos del extremismo cuando una crisis toque a nuestra puerta.

Pero, sobre todo, necesitamos mirar dentro. Hacer un ejercicio de introspección. Poner a prueba nuestro proceso de pensamiento. Rebatir nuestros argumentos haciendo de abogado del diablo. Intentar ponernos en el lugar del otro. Comprender que el “enemigo” en realidad puede sentirse tan incomprendido, atacado y solo como nosotros. Y que derribar los puentes no es la solución.

La polarización nunca ha producido ganadores. No hay ganador cuando nuestro pensamiento se restringe. Cuando solo vemos un pedazo de la realidad. Y cuando nos volvemos tan intransigentes e intolerantes que creemos que en el mundo solo hay espacio para quienes piensen como nosotros.

Por eso, y por muchas razones más, puede que no esté contigo pero tampoco estoy contra ti.

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